un Ícono de la plástica, frente al lente de uno de la fotografía

Matiz, en la intimidad de Frida

Video. En ´Las flores de Frida´, el fotógrafo colombiano Leo Matiz revela a la artista mexicana, desde su entorno, esencia y belleza, hasta sus tristezas.

Mirar una fotografía es espabilarse tempestuosamente de un estado aletargado. Pero tomarla es perpetuar el pretexto de tal estremecimiento.

La primera vez que la llegada del aquel entonces caricaturista colombiano Leo Matiz fue registrada por los medios panameños fue el 27 de agosto de 1940. De hecho, el acontecimiento fue considerado en dos primeras planas nacionales.

“Está en Panamá el caricaturista Leo Matiz”, tituló La Estrella de Panamá, mientras que seis días antes, el desaparecido Prensa Libre lo hizo con “Leo Matiz, un gran caricaturista”, sobre la presencia de quien vuelve solamente en un legado fotográfico.

Muchos soles y lunas trotaron por el cielo para que Leo Matiz sea observado otra vez en Panamá.

En su colección “Las flores de Frida”, Leo Matiz capturó a la pintora Frida Kahlo con el accesorio que tanto le encantaba; con esa palpable e irrebatible feminidad y delicadeza, aunque contrastada por la iracunda e intensa personalidad de la artista que, en lugar de resignarse al dolor, lo describía en sus autorretratos.

La serie “Las flores de Frida” conforma “Fotoseptiembre”, circuito de fotografías que se presentará en distintos espacios de cultura en la capital. La esencia de Leo Matiz y Frida Kahlo -con la presencia de Diego Rivera en algunas de las imágenes- estará en la nueva sede de la galería Arteconsult, a partir del miércoles 17 de septiembre hasta el 18 de octubre.

“Creo que Leo Matiz fue el fotógrafo que más retratos hizo de Frida”, asegura la curadora y restauradora de arte Alejandra Matiz, hija del fotógrafo, que custodia 900 mil negativos que dejó el artista al morir en 1998. “Tenemos más de 200 fotos de ella; muchas inéditas que presentaremos aquí”.

La vida de Leonel Matiz se asemeja a una de esas películas de situaciones, por momentos, insólita; con un costeño de Aracataca como protagonista que logra encontrarse en su camino con personajes extraordinarios -como María Félix, Agustín Lara, Clemente Orozco o Fernando Botero- que no solo le sonríen a la Rolleiflex que sostiene, sino que dejan señas de amistades -e incluso, romances- que trascienden el revelado.

Pero, como en toda historia, existe un clímax que se intensifica con escenas dramáticas, en la de Leo Matiz ruedan cuadros en monocromático de él, con seis cámaras rodeando su torso, cintura y espalda, en la entrada de los Aliados a París durante la Segunda Guerra Mundial, en 1944; en el “bogotazo” en Colombia y en la conformación del Estado de Israel, en 1948, y en la caída de Marcos Pérez Jiménez, en Venezuela, hecho que cubrió junto a un Gabriel García Márquez reportero, en 1958; al igual que un conflicto por plagio con el muralista David Alfaro Siqueiros y la pérdida de un ojo, tras un asalto, aún en su plenitud creativa.

“Leo Matiz rompió barreras”, afirma Alejandra Matiz, sobre el fotoperiodista que también fundó la primera galería de arte en Colombia -con la primera muestra de Fernando Botero- y el primer medio colombiano en inglés, el Colombian News Letter, consolidando el eslogan que hizo de sí mismo: ´Leo Matiz no espera, va´.

La historia de su vida se inició con una secuencia cuando menos “macondeana”, como describe su hija, en la Aracataca de 1917.

Su madre, Eva, una campesina que vendía jamones en la zona bananera, lo tuvo a la edad de 13 años sobre la yegua que la transportaba hacia la matrona, en medio de la labor de parto. Su padre, Tulio, un ingeniero de clase media que rondaría los 25 años, trabajaba en el mismo escenario donde se desarrolla Cien años de soledad, incluso, bajo las mismas circunstancias: entre las matanzas.

¿Cómo considera que ese entorno influyó en la fotografía de su padre?

Su nacimiento en un Aracataca sin luz ni acueductos; aprender a dibujar y pintar sin ir al colegio hasta los 12 años y que su mamá le enseñara a leer y observar la naturaleza alimentaron al artista que ya había dentro de él.

¿Y cómo llegó a la fotografía?

Al principio, él no deseaba ser fotógrafo. Pero para el año de 1935, no habían muchos fotógrafos en Colombia. Mi padre era caricaturista y Enrique Santos Molano, apodado Calibán -abuelo de Juan Manuel Santos, actual presidente de Colombia- , quien era el director del diario El Tiempo, le exigió que se volviera fotógrafo, regalándole una cámara Roylander, que podía costar 20 pesos, unos 10 dólares en esa época, para que saliera a la calle y trajera reportajes.

Al principio, ¿cómo eran esas caricaturas?

Humorísticas y políticas. Con sus caricaturas hizo dinero para comprarse los pasajes para recorrer por mar toda Centroamérica hasta llegar a México, en 1940. Su primera parada fue, justamente, en Panamá.

¿Qué pasó en el trayecto hasta llegar a México?

De todo. Desde exposiciones hasta batirse a duelo con el pretendiente de quien se convirtió en su primera esposa, una nicaragüense llamada Celia Nicols, quien le regaló su primera Rolleiflex.

Ella tenía 40 años, y él 20. Naturalmente, sabemos quién ganó, porque al final se casó con ella. Pero, además, tuvo otras seis esposas, aunque decía que con lo que realmente estaba casado era con la cámara.

¿Y al llegar a México?

Llegó el mismo día en que mataron a León Trotsky. Inmediatamente, lo contrató la revista Sí, para la que tomó sus primeras fotografías de Frida Kahlo y Diego Rivera. Vivió en ese país 10 intensos años.

¿Cómo se dio el primer encuentro con los dos artistas?

La revista lo mandó a hacer un reportaje sobre Diego, quien le presentó a Frida. Como mi padre era un costeño simpático, le cayó muy bien a ambos. Con el tiempo lo invitaban a la casa azul, donde llegaban otros artistas de la época.

¿Cuánto le permitían a su padre fotografiar las vidas de Rivera y Kahlo?

Le permitían todo. Cuando Diego estaba pintando en los andamios o en la casa con Frida; cuando se iban a una fiesta o cuando estaban con amigos de paseo por Xochimilco. Como eran tan amigos, no existían las poses. En “Las flores de Frida”, se observa una Frida natural y muy bella, de principio de los años 1940; con facciones entre europeas y latinoamericanas.

¿Cómo su padre recordaba tanto a Diego Rivera como a Frida Kahlo?

A Diego como un grande, pero también como un tremendo. Y a Frida, por su parte, con ese intenso olor por sus medicamentos, entre ellos, la morfina.

¿Cómo era su relación con los otros artistas de la época?

Aunque hizo gran amistad con Diego, creo que al que más quiso fue a Clemente Orozco, con el que vivió en Guadalajara en 1944. Juntos se fueron a ver y fotografiar el nacimiento del volcán Paricutín, en México.

¿Cuándo considera que estalló la carrera de su padre internacionalmente?

Pienso que Leo Matiz tuvo dos épocas importantes: primero, en 1948, cuando fue considerado uno de los 100 mejores fotógrafos del mundo”, y su exilio de México, en 1947, tras su disputa con David Alfaro Siqueiros, a quien acusó de plagiar las composiciones de sus fotografías para hacer unos cuadros de caballete. Vivió con ese fantasma hasta su muerte.

Sin embargo, ¿cuál fue el personaje que más le gustó fotografiar?

Creo que quiso mucho a Agustín Lara. Decía que tenía unas manos muy lindas. Y María Félix, a quien le tomó muchas fotos y con quien tuvo un breve romance. También era muy tierno con los niños; encontramos más de 500 mil fotos de niños y creo que en el fondo, él también era un niño.

Ante eso, ¿cómo fueron sus últimos días?

En Bogotá, murió en 1998. Tenía una cirrosis hepática muy fuerte. Pero feliz y reconocido por su país. Era un fotógrafo estrella.

Venezuela: Matiz , García Márquez y Pérez Jiménez

“Mi papá y Gabo nacieron en el mismo lugar, con 10 años de diferencia, pero no lo sabían”, cuenta Alejandra Matiz sobre los dos cataqueros que se encontraron en una Venezuela convulsionada, previo a la caída del gobierno dictatorial de Marcos Pérez Jiménez. “Gabo hizo el artículo y papá, las fotos”, recuerda Matiz sobre el trabajo publicado en la revista francesa Paris Match, en 1958. “Compartí con él varias veces en México.

Conocí su biblioteca y me decía Matizita”, agrega. “Y estuvo con él cuando el Gobierno francés lo condecoró [a Leo] en 1995 con la orden “Caballero de las Artes y las Letras”. “No fueron íntimos amigos, pero Gabo se fascinaba con las fotos de Leo Matiz y las consideraba un complemento de sus novelas. Lo mismo que Gabo escribía, mi padre lo hacía con sus fotografías. Vivían la misma realidad latinoamericana, en especial, esa fascinación por Macondo”, concluye.

Alicia Mon Chambers

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