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Mejor vida es posible

Es casi mediodía. El sol cae a plomo y no hay donde guarecerse. Una mujer avanza por la calle cargando un bulto de ropa. Atrás, dos niños llevan bolsas más pequeñas. Sus rostros están radiantes. Se están mudando.

Adelante, la manzana de 15 edificios, los primeros del proyecto, luce pulcra. Las aceras están impecables. Algunos niños juegan en el parque. Dentro de los apartamentos nuevos, algunas señoras preparan el almuerzo. Otras vigilan a los niños.

Los que también vigilan son los policías. Por las veredas se ven rondas de a dos y de a tres uniformados. Pero todos se ven tranquilos.

Esto es hoy Curundú. Y no parece.

ANTES

21 de marzo de 2007. Las llamas se ven desde casi cualquier lugar alto de la ciudad. Arde Curundú. La guerra de pandillas ha sido la causante del fuego. El sector S ha sido arrasado. Barracas de madera podrida asentadas sobre un pantano de aguas pestilentes. 137 familias han quedado sin hogar. “¡Nadie entra, nadie sale!”, gritan los pandilleros que apuntan sus armas contra los bomberos. Son necesarios cerca de 200 policías para reducirlos y permitir que se intente controlar las llamas y auxiliar a los damnificados y heridos. Dos cadáveres carbonizados son sacados de entre los escombros humeantes al amanecer. Una niña no apareció. Todos menores de edad. Curundú fue el infierno.

AHORA

La señora Eri tiene la voz que es un hilo. Más de 80 años. Los dos nietos, un varón y una niña, aún pequeños, juegan cerca.

“Mi casa era de madera, el piso se caía”, cuenta. Y ríe, de pie, en la puerta de su nuevo apartamento de mampostería, dos cuartos, sala comedor, cocina, baño y balcón. Está contenta. Hace 40 años que vive en Curundú, casi desde la fundación del corregimiento.

La vida era otra cosa, hasta hace bien poco.

Quico, Dayra y Andrei quieren que les tomen fotos. Quieren hablar. Ninguno tiene más de nueve años. No paran de moverse. Quico tiene cinco. Andrei toma la vocería: “Somos seis en la casa, pero mi abuela tiene 15 nietos”, cuenta.

“Antes tiraban bala, se llevaban a los señores presos”. “El otro día tiraron a uno de la azotea”, recuerda Andrei, con naturalidad. Ahora, dice “hicieron canchas nuevas, todo está bonito”.

“Pa lo que yo viví, me siento mejor ahora, todo está limpio, estoy tranquila”, dice Claudia, de 25 años y con 13 de vivir en Curundú.

“Somos cinco en la casa, mi esposo y tres hijos”. “Antes, que va, esto era una cochinada”, recuerda.

“Por ahora”, dicen los nuevos residentes que todo está bien. Que están contentos. “Por ahora”, como si no confiaran mucho, como si los fantasmas del pasado aún merodearan.

Un grupo de trabajadores de la empresa Odebrecht, que construye el proyecto, toma un descanso. Bromean. Ninguno da su nombre. Casi todos han crecido en el barrio.

“Se ha notado el cambio, pero hay que ver la idiosincrasia de la gente, que cuide y valore lo que le han dado”, advierte uno.

UN PROYECTO QUE MARCA PAUTAS

El pasado jueves 2 de febrero, el Ministerio de Vivienda y Ordenamiento Territorial entregó las llaves de las primeras 250 viviendas del proyecto de Renovación Urbana Curundú, uno de los proyectos de vivienda social más ambiciosos de los últimos años. El proyecto, a cargo de la empresa Norberto Odebrecht, consta de mil 8 apartamentos en torres de cuatro pisos.

También abarca la construcción de áreas verdes, deportivas y recreativas, locales comerciales, red vial y peatonal, puentes, y la canalización de río Curundú para evitar inundaciones en el futuro. Cada apartamento costará a cada beneficiario unos 15 mil dólares, con mensualidades de 50 dólares. También incorpora un componente social, con cursos de capacitación para los residentes. El proyecto total tiene un costo de unos 90 millones de dólares

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