DERECHOS HUMANOS. MIGRACIÓN Y XENOFOBIA EN EUROPA

Miedos, odios e ignorancia

Los movimientos y organizaciones que manejan el discurso xenófobo toman fuerza en una Europa agobiada por la crisis económica.
Uno de los sobrevivientes de la tragedia de Lampedusa, en Italia, con su única hija. Arriba, Leonarda Dibrani, con parte de su familia, en Kosovo. Abajo, manifestación en apoyo a los migrantes en Alemania. DPA-AFP. Uno de los sobrevivientes de la tragedia de Lampedusa, en Italia, con su única hija. Arriba, Leonarda Dibrani, con parte de su familia, en Kosovo. Abajo, manifestación en apoyo a los migrantes en Alemania. DPA-AFP.
Uno de los sobrevivientes de la tragedia de Lampedusa, en Italia, con su única hija. Arriba, Leonarda Dibrani, con parte de su familia, en Kosovo. Abajo, manifestación en apoyo a los migrantes en Alemania. DPA-AFP.

Lo de Lampedusa es, quizá, la última de las tragedias migratorias ocurridas en Europa.

Un total de 359 personas –la mayoría proveniente de países como Eritrea, Somalia y Etiopía– murió en el mar Mediterráneo al intentar alcanzar costas europeas.

En la endeble barcaza en la que viajaban se registró un incendio y se volcó, tirando al agua a los cientos que habían partido de Libia con la perspectiva de una vida mejor en otro continente.

Todo ocurrió el 3 de octubre pasado y la noticia se dispersó, indignó, escandalizó...

La semana pasada, los gobernantes de la Unión Europea se reunieron y hablaron del tema, pero la cumbre terminó “sin la adopción de nuevas medidas para mejorar la situación de miles de refugiados que intentan cruzar el mar en frágiles embarcaciones desde el norte de África”, según un cable de la agencia de noticias AP.

En noviembre de 2010, en el sitio web de Periodismo Humano, Esteban Ibarra, el presidente del Movimiento contra la Intolerancia –la ONG que fundó a comienzos de los años 90 como reacción a los episodios de violencia racista y otras manifestaciones de intolerancia que se extendían por España–, escribió un artículo en el que señalaba cómo el “espectro del populismo xenófobo” se extendía por Europa.

“En el escenario de crisis económica, el aumento del prejuicio xenófobo y del hostigamiento a la inmigración están servidos”, señaló Ibarra, planteando un panorama que persiste hasta hoy y que no solo se ilustra con la migración inacabable hacia Europa (de africanos, asiáticos y también europeos nacidos en naciones menos afortunadas), sino con el fortalecimiento de partidos de ultraderecha, la violencia contra los migrantes y las deportaciones.

Valdría acá recordar, por ejemplo, los asesinatos de ocho personas de origen turco y uno griego que cometió el grupo Resistencia Nacionalsocialista (NSU) en Alemania, con evidentes tintes racistas, entre los años 2000 y 2006, y de los cuales la policía alemana parece haberse hecho de la vista gorda durante mucho tiempo.

O el caso del partido neonazi griego Amanecer Dorado, varios de cuyos miembros –incluyendo a su líder, Nikolaos Mijaloliakos– han sido acusados de pertenencia a la organización criminal.

El proceso contra este partido empezó luego de que uno de sus simpatizantes confesara el asesinato de Pavlos Fryssas, un conocido cantante de hip hop griego, militante antifascista y activista de izquierda.

Más recientemente, está la historia de Leonarda Dibrani. Ella y su familia fueron expulsadas de Francia por carecer de papeles –intentaron por años recibir asilo– y fueron deportadas a Kosovo por ser, supuestamente, kosovares.

Pero después se ha sabido que el único kosovar es el padre y la familia en realidad es gitana, nacidos algunos en Italia y otros en Francia.

Como planteó la Comisión Europea contra el Racismo y la Xenofobia en su informe anual de 2012, el problema en Europa –y no solo de Europa– es que “la inmigración se equipara con inseguridad; y los inmigrantes irregulares, solicitantes de asilo y los refugiados con ladrones de empleos o abusadores de los servicios públicos”.

Esto, en el contexto de crisis económica –agrega el informe– “está ayudando a alimentar el racismo y la intolerancia”.

Seres humanos, desterrados

De acuerdo con la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), 45.2 millones de personas fueron forzadas a dejar sus hogares por algún tipo de violencia el año pasado. De esa cantidad, 28.8 millones son desplazados internos, es decir, se han movido dentro de sus países.

Casi un millón (937 mil, para ser exactos) han solicitado asilo en alguna otra nación. El 46% de estas personas incluye a niños, mientras que por sexo casi no hay diferencias: 48% son mujeres y 52%, hombres.

“El nivel alcanzado en 2012 fue el más alto desde 1994, cuando se calculaba que había 47 millones de personas desplazadas como consecuencia de la persecución, los conflictos, la violencia generalizada y las violaciones de derechos humanos en todo el mundo”, destaca un informe de la agencia, colgado en su página web.

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