CARNAVALES EN EL INSTITUTO NACIONAL DE SALUD MENTAL

Murga para las penas

Durante los últimos 15 años, los pacientes de salud mental han gozado de un día de Carnaval, denominado por muchos como la fiesta del panameño.

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La soberana Lizzie 1ra. (en el centro) es chitreana y desde niña siempre quiso ser reina. CORTESÍA La soberana Lizzie 1ra. (en el centro) es chitreana y desde niña siempre quiso ser reina. CORTESÍA
La soberana Lizzie 1ra. (en el centro) es chitreana y desde niña siempre quiso ser reina. CORTESÍA Insam

Bien pudo ser el día más feliz de la vida de Lizzie. Así lució al menos. Por fin fue reina de Carnaval.

Era un sueño que tenía desde niña. Cuenta que es chitreana y desde que tenía cuatro años el papá la llevaba al Carnaval de Las Tablas. “Los carnavales son lo mío”, dice con una sonrisa tímida.

Lizzie es de calle abajo y padece de esquizofrenia. Y aquel día de Carnaval en el Instituto Nacional de Salud Mental (Insam) fue feliz.

“La gente se ha divertido mucho, los empleados y los pacientes. Sobre todo los pacientes. Esto es para que se animen, para que tomen confianza”, dice la reina, que viste un traje verde claro de chifón con estampado de flores verde oscuro.

Todos bailan alrededor de ella al ritmo de una canción de El General que suena en el equipo de sonido de la discoteca móvil que contrataron. Todavía falta el plato fuerte del día: los culecos.

Dicen que las cosas simples de la vida son las mejores y los carnavales en el Insam podrían ser el ejemplo más representativo de ello. Un hombre con una manguera bajo un palo de mango propició un estado de felicidad superlativo. Éxtasis puro.

Lo confirma Mayra Arosemena, una de las enfermeras a cargo del jolgorio. “Se sienten personas”.

Pese a las miradas perdidas, los internos sonreían al ritmo de la música. Expandir Imagen
Pese a las miradas perdidas, los internos sonreían al ritmo de la música. LA PRENSA/LA PRENSA

MÚSICA Y EMPANADAS

La fiesta comenzó a las 9:30 a.m. del jueves pasado. Unas palabras aquí y allá, agradecimientos y discursos motivacionales.

Y arranca entonces la murga. También el bailoteo. Los pacientes llevan antifaces y sombreros de colores. Bailan entre ellos y con los enfermeros y voluntarios.

En una pequeña tarima llena de globos de colores baila Lizzie. La acompaña el personal del Insam y del Club de Leones bajo un letrero con el nombre de la actividad: “Carnaval del arranque de la alegría”. Lleva un antifaz y lanza besos a sus súbditos. Cuenta Arosemena que la elección es bastante sencilla: la paciente menos afectada por su salud mental es siempre la mejor candidata para el reinado.

La reina hizo un recorrido a bordo de una camioneta por las instalaciones del Insam. CORTESÍA Expandir Imagen
La reina hizo un recorrido a bordo de una camioneta por las instalaciones del Insam. CORTESÍA CORTESÍA/Insam

En la tarima hay otras dos pacientes que también llevan antifaces y lanzan besos. Arosemena explica que otras pacientes tenían anhelos de ser reinas. Vestido y maquillaje para ellas también. “Hoy todas duermen tranquilas”, dice Arosemena.

La murga desaparece detrás de una camioneta llena de globos que lleva a Lizzie y a las otras reinas a que den la vuelta por todo el complejo. Entonces arranca la discoteca móvil: El General, Samy y Sandra Sandoval, Menudo, Elvis Presley, Boy George, Pedro Altamiranda...

Ha pasado casi una hora desde que comenzó la fiesta y es hora de la merienda. En una mesa improvisada, personal del Insam y del Club de Leones abren unas cajas y comienzan a repartir empanadas, salchichas, orejitas y refrescos. Los primeros en la fila son los pacientes, que en su mayoría van agarrados de las manos y con sus antifaces y sus sombreros de colores.

No todos los internos del Insam participaron en la actividad. Dice Arosemena que en total son unos 120 pacientes, pero muchos están en situaciones muy delicadas. En el patio apenas si hay unos 30. “Todos son pacientes de cama”, especifica Arosemena.

Menos Lizzie, añade. La enfermera detalla que la reina es la única paciente que actualmente recibe educación universitaria.

Casi todos los internos bailan y visten pantalones cortos. Aunque hay un grupo que no: llevan pantalones largos, están sentados y son mayores que los demás. Son los pacientes del asilo Hogar Bolívar. “Muchos de ellos fueron pacientes del Insam y al cumplir cierta edad son trasladados al Bolívar”, dice Arosemena.

El asilo no está muy lejos. Apenas si a 10 minutos caminando. O dos minutos en un autobús cómodo y refrigerado, como en el que llegaron a su carnaval. Los pacientes del Hogar Bolívar observaban serenos y en calma el bailoteo de los demás mientras masticaban con parsimonia sus salchichas y empanadas.

Los culecos fueron el momento cumbre del Carnaval del Insam. CORTESÍA Expandir Imagen
Los culecos fueron el momento cumbre del Carnaval del Insam. CORTESÍA Insam

EL AGUA ES LIBERACIÓN

La gente comía y bailaba al son de la discoteca móvil, que intercalaba diferentes géneros mientras el disc-jockey hacía preguntas como “¿quiénes son de calle arriba?”, “¿quiénes son de calle abajo?”, “¿cuántos de aquí la están pasando bien?”, “¿a quiénes les gusta la salsa?” Hasta que una paciente le gritó que quería escuchar la música. Y no habló más.

Y entonces volvió la camioneta con Lizzie y sus otras reinas. No lanzaban besos, pues con una mano se sostenían al vehículo y con la otra se llevaban las empanadas a la boca.

Con la camioneta regresó la murga y se apagó la música por unos instantes. Estuvieron allí por unos 10 minutos. Hasta que el disc-jockey volvió a hacer otra pregunta, quizás la más acertada de toda su jornada: “¿Quién quiere agua?”

Todos los pacientes levantaron la mano y apareció el hombre con la manguera. La primera tanda si acaso duró dos minutos; suficientes para encender la chispa de la felicidad. Una mujer volvió hacia los internos que observaban sentados con una expresión peculiar: parecía desconectada de la realidad pero al mismo tiempo llena de satisfacción y júbilo.

Fue directo hacia otra mujer, que vestía igual que ella. No le dirigió palabra absoluta, pero le mostró la camiseta húmeda y luego se sacudió su pelo corto. Ahora sonreía. Le volvió a mostrar la camiseta mojada y regresó hacia la mojadera, pues ya había comenzado la segunda tanda. La mujer que estaba sentada y a la que le fueron dedicados los gestos, ahora la siguió.

Bajo el agua los rostros lucían inexpresivos, pero al mismo tiempo mostraban un grado de felicidad pura. Miradas perdidas y sonrisas largas. Los enfermeros y los voluntarios observaban mientras que los pacientes bailaban bajo el agua al ritmo de salsa.

Pacientes, enfermeros y voluntarios bailaron por más de dos horas. Expandir Imagen
Pacientes, enfermeros y voluntarios bailaron por más de dos horas. LA PRENSA

Eran las 11:10 a.m. cuando el hombre de la manguera cortó el flujo de agua. No hubo reclamos. Los pacientes todavía bailaban felices al ritmo de una versión de regué del congo Manuela. Volvió a sonar Pedro Altamiranda y los enfermeros y voluntarios se unieron a los internos bajo la sombra húmeda del palo de mango.

Veinte minutos después, la enfermera Arosemena les comenzó a hablar a cada uno de los pacientes. Se tomaron de las manos y bajaron una pequeña colina que daba hacia sus cuartos. Al frente del pelotón iba Lizzie, que ya había cambiado su traje verde de chifón por una camiseta blanca y el pantalón corto que vestía el resto de los pacientes.

En el transcurso de su marcha, todos se despidieron con agradecimiento evidente. Los gestos eran vigorosos, aunque los movimientos lentos y las miradas seguían perdidas. Así desaparecieron entre el camino lleno de hojas secas y matas de bambú.

Casi enseguida apareció el bus refrigerado que llevaba el cartel de Hogar Bolívar. Los ancianos ya tenían que regresar a su rutina. Había terminado su carnaval, el día en el que todos se sintieron personas.

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