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VIVIR EN LA SELVA

La Palma, capital desamparada

La cabecera de Darién sobrevive a sus problemas de agua, electricidad, salud, transporte. Sobrevive al olvido de un país.

Temas:

El puerto de La Palma está a 20 minutos en bote desde Puerto Quimba. Desde allí, los sitios más importantes de la comunidad están a menos de 30 minutos a pie. El puerto de La Palma está a 20 minutos en bote desde Puerto Quimba. Desde allí, los sitios más importantes de la comunidad están a menos de 30 minutos a pie.

El puerto de La Palma está a 20 minutos en bote desde Puerto Quimba. Desde allí, los sitios más importantes de la comunidad están a menos de 30 minutos a pie.

Las casas, pintadas en su mayoría de colores pasteles, tienen una estilo afroantillano. Las casas, pintadas en su mayoría de colores pasteles, tienen una estilo afroantillano.

Las casas, pintadas en su mayoría de colores pasteles, tienen una estilo afroantillano.

Las calles de La Palma están pintadas con murales de mensajes positivos. Las calles de La Palma están pintadas con murales de mensajes positivos.

Las calles de La Palma están pintadas con murales de mensajes positivos.

Edelmira Sánchez Edelmira Sánchez

Edelmira Sánchez

La Palma, capital desamparada La Palma, capital desamparada

La Palma, capital desamparada

Aminta llegó a La Palma porque no tenía de otra. Arribó en 1994, nombrada por el Ministerio de Salud como farmacéutica del pueblo. Salió desde Panamá, cruzó el lago Bayano, se dirigió a Santa Fe, hacia la comunidad de La Cantera, y abordó un pequeño bote que la llevó hasta la capital de Darién. Y allí construyó su vida.

Casi todos los forasteros en La Palma llegaron así: porque tuvieron, no porque quisieron. Y nadie los culpa. El pueblo está en una ensenada del golfo de San Miguel en el que confluyen el océano Pacífico y la desembocadura del río Tuira para la que no existe carretera. Abundan los problemas de agua, electricidad, salud, y hace calor. Mucho calor.

Al menos, Yaviza ofrece conocer el final de la carretera Panamericana, mientras que Metetí, la facilidad de un sinnúmero de comercios y oficinas públicas. Pero La Palma, para quien nunca ha ido, es un paraje remoto y descuidado.

Hasta que uno conoce el pueblo. La farmaceuta Aminta Rodríguez, por ejemplo, allí se enamoró, se casó y tuvo hijos. Ahora tiene su propia farmacia en el pueblo. Vive feliz.

La Palma se deja ver en su inmensa belleza un poco después de que el bote zarpa desde el muelle de Puerto Quimba. Es un enclave en medio de la jungla darienita rodeado por las aguas de un golfo estratégico en la colonia española. Un lugar lleno de cultura e historia que sobrevive sobre la desidia.

EL SOPOR DE LA PALMA

Lucho es pescador y dueño de Chantil, un bote verde y blanco que recorre el tramo de 20 minutos entre La Palma y Puerto Quimba una vez al día a 4 dólares por cabeza.

Al llegar al pequeño puerto de La Palma, dos jóvenes de menos de 25 años esperan a los pasajeros para ayudarlos con las maletas. Y suena la salsa. A lo lejos se escucha Sale el sol, del Sonero Mayor, Ismael Rivera.

Una acera con las veces de calle atraviesa el pueblo. Por allí pasan taxis de doble tracción y alguno que otro vehículo peregrino que recorren los puntos más importantes de la comunidad: el puerto, el parque, el cementerio, el hospital, la escuela y la villa gubernamental, que viene a ser decenas de oficinas una al lado de otra con forma de pequeñísimos hangares, donde antes había un aeropuerto. Ahí funcionan las instituciones públicas, la principal fuente de empleo.

Ese es uno de los principales problemas del lugar, coincide un grupo de mujeres que toman vodka y comen ceviche de gallina. Están sentadas en un bar con un inmenso ventanal sin vidrio, que permite que una misma mesa la compartan adentro y afuera del local. “Aquí nadie puede protestar por algo, porque todo el mundo es funcionario, y si alguien te sapea quedas sin trabajo de una vez”, dice alguien.

El censo de 2010 determina que el desempleo de La Palma es apenas de un 7%. Cifras que en teoría arrojan un desarrollo económico aceptable, aunque la gran mayoría dependa exclusivamente del Estado.

El domingo al mediodía las calles del pueblo están vacías. Quizás por el calor, quizás porque no haya mucho por hacer. Las puertas de las casas de color pastel —casi todas— están abiertas y entre la oscuridad puede verse a alguien sentado en una mecedora aguantando el sopor de la tarde. El sol no baja y el calor sigue. Una perra preñada de ojos rojos jadea sin control en la acera, mientras un hombre muy negro corta una pipa debajo de un árbol de mango.

Si en el centro del pueblo no hay nadie un domingo cualquiera, mucho menos por donde está la villa gubernamental, a 10 minutos a pie desde el puerto. La única oficina cuyo acondicionador de aire ruge como si no lo hubieran apagado desde que fundaron el pueblo es la del Servicio Nacional de Fronteras (Senafront). Más que un cuerpo de vigilancia, se convirtió en la única autoridad de La Palma y del resto de Darién.

EL MITO DEL MIEDO

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La Palma, capital desamparada

El primer retén del Senafront está ni bien pasar el arco que da la bienvenida a Darién. Allí no solo revisan los camiones comerciales que entran y salen, sino que interrogan a todos los conductores. Si el motivo de visita les parece inusual, entonces corresponde dejar número de cédula, modelo y placa del vehículo y sitio de residencia.

En Metetí aparece otro retén. Se repite el procedimiento. Es igual en cualquier puerto. Los carteles de esta institución bajo el lema “Héroes del pueblo” muestran cómo los uniformados reparten alimentos, cortan cabello, vacunan, se visten de payasos, ayudan bajo el sol o la lluvia. En fin: muestran al Senafront como parte integral de la comunidad.

La institución, con un presupuesto de $92 millones para este año, justifica su presencia ante los peligros del narcotráfico, guerrilla y migración. Pero en las calles de La Palma —o en Yaviza o en Metetí— todo parece estar en tranquilidad. “Quieren sembrar el miedo para que no vengan a Darién”, dice Edelmira Sánchez, directora del grupo folclórico de bullerengue Olga María Gálvez Peralta.

Advierte que Darién fue abandonado por las autoridades con propósitos desconocidos. “La mayor riqueza de la provincia está en el sur, donde no viene nadie”, dice sentada en una mesa llena de jarabes con un mantel de orquídeas. Vive en una casa de repellos, pero que todo el mundo sabe donde está: “allá donde mandan las mujeres”, dicen unos; “frente al cementerio”, dicen los demás.

Sánchez nació en El Real, pero lleva toda una vida en La Palma. Asegura que el mundo entero está en deuda con Darién. Por allá“entró la civilización al mundo occidental”, en referencia a la importancia del lugar durante la época colonial. Pero Sánchez se siente olvidada. “En el hospital ni siquiera hay hilos para suturas”, reclama.

Los propios médicos del hospital San José de La Palma se declararon en huelga y se encadenaron hace unas semanas por la falta de insumos. Les prometieron mejores condiciones y levantaron la protesta. Pero la clínica sigue siendo un lugar en el que los abanicos no giran, las sillas no tienen cojín, las fotocopiadoras están oxidadas, el cuarto de cirugía está bloqueado por una camilla y la máquina de limpiezas dentales precisa otra máquina para su arreglo. Un lugar conquistado por las moscas.

Y aunque eso le molesta a Edelmira, ella sonríe con facilidad. Dice que hay que disfrutar la vida, y sigue tomando cerveza bien fría aunque ella sea hipertensa.

EL PODER DE LAS VACAS

La selva espesa de Darién invita a la conservación, al estudio de flora y fauna, al senderismo por los trechos que utilizaron los españoles. También invita al negocio. Por la deteriorada carretera Panamericana pasan incontables camiones con troncos de teca.

Segundo Sugasti es biólogo, nació en Setegantí y vive en La Palma desde hace más de 20 años. Conoce Darién al detalle: antes de graduarse fue transportista para pagar sus estudios y después se ha dedicado a recorrer la provincia para estudiarla. Reconoce que hay varios problemas, entre ellos la falta de servicios básicos. Le resta importancia a la tala. “Es una actividad controlada. Los que están en ese negocio siembran teca y después la cortan. El verdadero problema de deforestación en Darién viene del ganado”, señala sentado desde su restaurante palmeño La Paila del Pueblo.

Sugasti sostiene que en las últimas décadas, gran parte de Darién se ha convertido en un inmenso potrero. Y para que las vacas tengan pasto, cortan todos los árboles. El negocio da dinero, así que muchos lotes que antes se dedicaban a la agricultura ahora se alquilan para el ganado. “Los mejores tiempos de Darién ya pasaron”, dice.

Pero eso no lo amarga. Sabe que la vida hay que disfrutarla. Por eso organiza una vez a la semana una noche de música romántica en el bar El Regocijo, una cantina en la que los bartenders son amables y ofrecen ceviche, huevo de codorniz y cerveza a dólar.

La gente es feliz. Palmeños y foráneos. Que lo diga Aminta Rodríguez, que decidió hacer una vida allí. O José Muñoz Chacón que, aun con un trabajo en la ciudad de Panamá, viaja cada vez que puede a La Palma a cocinar para el restaurante Lola’s Grill. Es de El Chorrillo, pero hace 22 años conoció La Palma y no ha podido dejarla. Es el encanto primitivo de la selva.

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