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Umberto Eco, conciencia literaria

El escritor, filósofo, semiólogo y docente universitario italiano falleció ayer a los 84 años de edad en su casa de Milán.

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Entre tantas distinciones, en 2000 obtuvo el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades y era caballero de la Legión de Honor francesa. Entre tantas distinciones, en 2000 obtuvo el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades y era caballero de la Legión de Honor francesa.
Entre tantas distinciones, en 2000 obtuvo el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades y era caballero de la Legión de Honor francesa.

Antes de publicar El nombre de la rosa, Umberto Eco (1932-2016) era conocido en el exclusivo grupo de amantes de los estudios semánticos y entre los consumidores de sus labores ensayísticas.

Con esta novela, el italiano, fallecido ayer, viernes, a los 84 años, supo unir el thriller con la imaginación erudita, dando como resultado un best sellers de categoría mundial.

Esta obra puso en claro que la literatura popular podía ser construida desde el cerebro y no desde el ruido de las máquinas registradoras.

Su mirada irónica, su vasto conocimiento del pasado y del presente, su dominio de la literatura de masas y de esa otra engalanada por los parabienes de los críticos y académicos, le permitió cautivar a un público amplio con El nombre de la rosa.

EL CINE

Como si ya El nombre de la rosa era de conocimiento global en una era previa a las redes sociales, la excelente adaptación cinematográfica firmada por  Jean-Jacques Annaud terminó de convertir a Eco en un autor de culto.

El largometraje de Annaud logró 15 premios. Por ejemplo, dos Bafta (el Óscar británico), uno como mejor maquillaje y el otro para el actor Sean Connery, quien encarnó a fray Guillermo de Baskerville, responsable de encontrar al culpable de una serie de asesinatos en una abadía de los Apeninos ligures.

Los César franceses le otorgaron mejor película extranjera, y en los italianos David di Donatello se quedó con los apartes de producción, cinematografía, diseño de producción, vestuario y dirección.

Hablando del séptimo arte, se dice que Umberto Eco le exigió a las editoriales que lo publicaban que no abusaran de traspasar sus tramas a la pantalla grande.

Pensaba que los libros debían estar sin contacto del audiovisual un tiempo largo y no los cinco años y meses entre que llegó a las librerías El nombre de la rosa y pasó por las salas de más de 95 países.

Incluso en una ocasión el maestro Stanley Kubrick llamó por teléfono a Eco para pedirle los derechos fílmicos de El péndulo de Foucault y le dio un no como respuesta. A los años, el autor italiano se arrepintió de aquella decisión.

INFLUENCIA

Umberto Eco era de esos pocos escritores de verdadera influencia, al nivel del portugués José Saramago y el alemán Gunter Grass.

Como sus dos colegas, el italiano debió ganarse un Nobel de Literatura, un premio que contadas veces toma en cuenta a los ensayistas.

Eco era de los que hablaba de manera contundente sobre economía, política o cultura, tanto de América como de Europa o África, siempre provocando polémicas entre sus adversarios o aumentado con sus palabras la fila de sus admiradores.

Es el ejemplo del artista comprometido con su realidad, el que confirmó la utilidad del intelectual que tiene algo que decir sobre su entorno, pero sin iluminar sus ideas con el farol del fanatismo, la ideología o el partidismo.

Como el español Fernando Savater y el mexicano Carlos Monsiváis, Eco podía hablar o escribir con la misma facilidad y respeto sobre Zaratustra, Mussolini, Engels, Dumas y Fantomas.

Igual estudiaba Edipo Rey que las películas del director John Ford y las protagonizadas por el espía secreto James Bond.

Aunque sus sólidas opiniones provenían de la filosofía, su pensamiento no podía ser acusado de pretencioso o artificioso.

OBRAS

Aunque sus siguientes novelas no lograron el alcance de El nombre de la rosa, sí le permitieron mantener su puesto de escritor consagrado y admirado.

Mantuvo su nivel con títulos como El péndulo de Foucault (1988) y La isla del día antes (1994).

Con Baudolino (2001) retornó a la Edad Media ya desarrollada en El nombre de la rosa. Aunque en una indagaba ese período histórico desde el universo eclesiástico, en la otra pieza la visión era la laica. Mientras que en la primera su lenguaje estaba cercano a lo docto, en la otra su lenguaje era más accesible.

Su último libro de ficción fue Número cero (2015), que venía cocinando desde los tiempos de Baudolino.

Se trata de una novela corta que da excelentes lecciones sobre ética a los responsables del sector de la comunicación social que, a veces, coquetea con el sensacionalismo y la banalidad en nombre del apoyo de la audiencia en estos tiempos de la información inmediata.

Como En el péndulo de Foucault y Baudolino, en Número cero el tema es la mentira, sus alcances y sus consecuencias, aunque en esta última novela acusa a los medios de comunicación social de convertirlo casi todo en un espectáculo, en crear falsedades para controlar a los otros poderes sociales.

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