Oswaldo Kanica Jiménez, presidente del movimiento Tupamaro de Venezuela

´Vamos a defender la revolución con todo´

Según los opositores, el Gobierno apoya a infiltrados para causar caos en las concentraciones y responsabilizar a los manifestantes.

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La última ola de protestas en Venezuela ha estado marcada por imágenes –algunas más fidedignas que otras– de violencia, represión y vandalismo. El guión se repetía a diario: durante el día iban apareciendo focos –usualmente espontáneos– de protesta, que en Caracas solían ubicarse en la zona este de la ciudad. En algún punto del desarrollo de estas –usualmente al atardecer o por la noche– comenzaban los enfrentamientos y el vandalismo. Poco después intervenía la fuerza pública, con intenciones inciertas –depende de a quién se le pregunte– pero añadiendo un elemento más a la complejidad de los hechos. Las imágenes –fotos y hasta videos en vivo– comenzaban a circular por internet, lo que aumentaba la indignación nacional e internacional y hacía que el ciclo comenzase de nuevo al día siguiente.

Las imágenes que se han generado en las protestas venezolanas –impulsadas por el poder de las redes sociales– son quizá las principales responsables de ese sentido de crisis que –más allá de lo masivo o no de las protestas– parece haberse instalado a ambos lados del espectro político.

Pero ni su enorme impacto ha podido salvarlas de la guerra de narrativas que se libra minuto a minuto en este país. El domingo, los manifestantes de oposición que se concentraron en el parque Cristal –liderados por el partido Voluntad Popular de Leopoldo López– decidieron romper el mitin poco después de la 1:00 de la tarde. “Así evitamos que lleguen los malandros y haya violencia”, decía una señora mientras abandonaba el parque.

Según la narrativa opositora, grupos de individuos armados –apoyados por el gobierno– se infiltran en las concentraciones para causar caos y responsabilizar a los manifestantes. Estos individuos, aseguran, provienen de los llamados “colectivos”, organizaciones sociales típicas de algunos barrios caraqueños que en los últimos tres lustros –según alegan sus críticos– se han convertido en la versión chavista de los Batallones de la Dignidad panameños. Y dentro de los colectivos, pocos inspiran más recelo entre los opositores que el Movimiento Revolucionario Tupamaro (MRT).

Tupamaros y revolución

Técnicamente hablando, los tupamaros no son un colectivo. Nacidos en la década de 1980 en el barrio 23 de Enero de Caracas –de donde proviene, en todo caso, la mayor parte de los colectivos– como una guerrilla urbana nombrada en honor al movimiento homónimo uruguayo –al que perteneció el actual presidente de ese país, José Mujica– al día de hoy son uno de los partidos que componen el Gran Polo Patriótico, la agrupación de entes políticos y sociales que apoyan la llamada “revolución bolivariana”.

Su historia es una de transformación: de guerrilleros enmascarados –hasta 2003 usaban pasamontañas al estilo del subcomandante Marcos– a activistas y defensores a ultranza de lo que ellos llaman “el proceso revolucionario” iniciado con la elección de Hugo Chávez en 1998.

Oswaldo Kanica Jiménez, presidente del movimiento, recuerda ese momento como si fuera ayer. Sentado a una mesa en el segundo piso de un café cercano a la plaza Bolívar –en donde, como en todo el centro de la ciudad, la vida transcurre con absoluta normalidad–, explica cómo el futuro líder de la “revolución bolivariana” no les convencía del todo. “En su momento tuvimos mucho recelo: todos los militares que se montaban en aquella época eran dictatoriales”.

Kanica y sus tupamaros tenían motivos para desconfiar. Mucho antes del nacimiento del MRT, todos sus miembros habían sido parte de lo que ellos denominan “las fuerzas revolucionarias”. Esas fuerzas, explica, pasaron décadas luchando contra la “traición” que para ellos significó el llamado “puntofijismo” –el acuerdo de “sostenibilidad” democrática (o de reparto de poder, según se vea) alcanzado en 1958 entre tres de los principales partidos políticos del país– tras la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

Tras 40 años de lucha, apoyar a Hugo Chávez era una espada de doble filo: si bien se rompía el “puntofijismo”, se estaba propulsando un militar al poder. Y además, uno que seis años antes –en febrero de 1992– había intentado llevar a cabo un golpe de Estado.

Pero Chávez tenía algo distinto. “Su convocatoria nos llamó la atención: nos invitó a que fuéramos parte de esa lucha de lo que él llamaba ´la nueva independencia´. Nosotros intercambiamos ideas y decidimos apoyarle en el proceso electoral constituyente de 1999”.

A partir de ahí, el MRT sería una parte importante del período de consolidación del régimen chavista, defendiendo la “revolución” contra la “política de sabotaje y terror” que vivió Venezuela hasta el desenlace del intento de golpe de abril de 2002. “Nosotros acompañamos al compañero Chávez, defendimos Miraflores, defendimos La Casona y el fuerte Tiuna. Tras su retorno es que comienza este proceso de transición al socialismo”.

La transición saboteada

Para Kanica, Venezuela vive un proceso de “transición al socialismo” que, sin embargo, es saboteado por “la burguesía, las trasnacionales, los gringos y la política imperialista, que han rechazado” sus propuestas. Además, esos enemigos hacen todo lo posible para sabotear el progreso de la “revolución”, como “esconder y acaparar los alimentos para hacerle creer a la población que tenemos escasez”.

El MRT, por supuesto, forma parte importante de la guerra narrativa venezolana. Para los tupamaros, que históricamente tuvieron un significativo componente estudiantil, los estudiantes que hoy protestan “están siendo utilizados por la burguesía para desarrollar una lucha de calle. ¿Contra quién luchan? ¿Qué piden? Cuando nosotros éramos estudiantes estuvimos en la clandestinidad y luchábamos por cupos, porque no había universidades, por comedores y por el pasaje estudiantil. Esas reivindicaciones las conseguimos nosotros. Pero nosotros peleábamos por asuntos estudiantiles, no deteriorábamos instalaciones gubernamentales ni tirábamos piedras a los bancos ni al Metro”.

“Entonces –continúa– ¿qué le plantean al Gobierno estos estudiantes? No hay ninguna propuesta. Lo que hay es un pago salarial que el imperio les da a otras personas que los tienen a ellos como obreros de calle quemando y trancando todo”.

La pregunta es obvia: ¿qué hay de la inseguridad y la escasez? Para el líder de los tupamaros, la ira estudiantil –y ciudadana– está mal enfocada. Antes, sin embargo, entona un mea culpa. “Debemos señalar que tenemos deficiencias. En el caso de la harina-pan, por ejemplo, hemos dejado que los consorcios controlen la producción y distribución, hemos permitido el acaparamiento. No nos hemos puesto a producir harina-pan y otras cosas”.

A raíz de eso, alega, “los pudientes y los burgueses han comenzado a contrabandear los productos venezolanos a otros países. Por eso la cesta básica no está llegando a la población”. De la misma manera, su estrategia preferida para combatir la inseguridad es el aumento de la “inteligencia social. Necesitamos redes de información que permitan saber quiénes son los malandros y qué hacen. Debemos avanzar en ese aspecto, pues todas las revoluciones tuvieron su servicio de inteligencia”.

La lucha es luchando

Para algunos chavistas, movimientos como el MRT han cometido un grave error al no desvincularse con más vehemencia de las acusaciones de violencia que les están lloviendo. Ante esto, Kanica esboza una media sonrisa. Si bien se desmarca de los alegatos –incluso afirma que ni ellos ni los colectivos están armados–, deja claro que la lucha es luchando: “ellos [los estudiantes] están peleando por unos presos que han cometido delitos, que han matado y herido compañeros nuestros. El día 12 y 13 de este mes nosotros [los tupamaros] dimos una orden de que ninguno de nosotros estuviera en las manifestaciones. Pero ojo: íbamos a mantenernos en guardia para defender esto si la cosa se desbordaba. Nosotros vamos a defender esto con todo, y lo decimos de corazón. No estamos peleando un espacio, ni tales o cuales elecciones: estamos peleando por un proceso revolucionario. Para nosotros, el proceso electoral es una táctica. La estrategia es el proceso revolucionario”.

“Ellos dicen que nosotros nos estamos infiltrando. ¿Crees que nosotros vamos a infiltrarnos para destruir los módulos de servicio médico o los mecanismos de distribución de alimentos? ¡Si eso lo hemos construido nosotros! ¿Cómo vamos a destruir el Metro, si hemos luchado hasta contra Chávez por mejorar el transporte popular? ¿Cómo vamos a destruir lo que hemos construido y custodiado durante todo este tiempo? Quince años nos ha llevado este proceso, y lo hemos dicho: no volverán. Y tenemos la consigna: ni pacto ni negociación. Vamos a profundizar esta revolución”.

Las palabras del líder Tupamaro son duras –representan el ala más militante del chavismo– pero aportan un ángulo significativo al complejo panorama venezolano.

En pocas palabras, Kanica –y miles de militantes más– ya han pasado por todo lo que están pasando –o dicen pasar– los miembros de la oposición. Por eso, percibe un profundo sentido de injusticia en la actitud de la oposición e, incluso, en el tratamiento que reciben del gobierno.

Ya basta de impunidad. La impunidad nos está dañando el proceso. Cuando los compañeros cometieron errores fueron presos, como los que tumbaron la estatua de Colón [en la plaza Venezuela de Caracas] en 2001. En el puente Llaguno [durante el intento de golpe de Estado de 2002] fueron presos también nuestros compañeros, que nosotros llamamos ´héroes´ y ellos ´pistoleros´. No estamos dispuestos a entregar lo que tanto nos costó rescatar”.

Kanica se revuelve en el asiento. De repente, uno de los cinco “compañeros” que nos acompañan se levanta y le dice que le esperan “con urgencia en la oficina”. Pero hay tiempo para una pregunta más: ¿qué pasará con Leopoldo López?

“Él tiene una orden de captura. Tiene que entregarse y no hacer la comiquita esa que quiere hacer de traer una manifestación [hoy martes] y entregarse después de recorrer dos cuadras. Cuando a nosotros nos ponían orden de captura, nos buscaban hasta debajo de las piedras. Cuando nos capturaban, no nos entrevistaban ni nos daban derechos humanos ni venían los medios internacionales. Nada de eso. Cuando a mí me capturaron me rompieron los brazos, me dieron duro con un bate y no me dejaban hablar siquiera con los abogados. Nos juzgaban tribunales militares y nos daban condenas de 15 y 30 años”.

“Muchos de nuestros compañeros estuvieron presos, fueron asesinados a golpes o quedaron lisiados. A él no le va a pasar eso. Cuando se entregue, dará una rueda de prensa, se le garantizarán sus derechos humanos y vendrán las organizaciones internacionales, pero esa [su orden de arresto] es una decisión de nuestra justicia. Cometió un delito y tiene que pagarlo. Así como se entregó Chávez el 4-F [durante el golpe fallido de 1992] y dijo que asumía la responsabilidad ´de todos los hechos a nivel nacional´. Por eso se le respetó, por asumir las responsabilidades y estar dos años en la cárcel. Los señores [Henrique] Capriles, [Antonio] Ledezma, [Leopoldo] López, [María Corina] Machado y todos los demás, todos tienen que asumir sus responsabilidades, así como nosotros en su momento asumimos las nuestras”.

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