Venezuela: ¿Y ahora qué?

El Consejo Nacional Electoral anunció que las elecciones serán el 14 de abril. Mientras el chavismo se prepara, la oposición luce más confundida que nunca.

INOCENCIA. Una niña jugaba ayer en un tanque de guerra en El Paseo de los Próceres, en Caracas. LA PRENSA/Bienvenido Velasco INOCENCIA. Una niña jugaba ayer en un tanque de guerra en El Paseo de los Próceres, en Caracas. LA PRENSA/Bienvenido Velasco
INOCENCIA. Una niña jugaba ayer en un tanque de guerra en El Paseo de los Próceres, en Caracas. LA PRENSA/Bienvenido Velasco

Tras el funeral del presidente Hugo Chávez, el futuro político de Venezuela empieza a tomar forma. Ayer, el Consejo Nacional Electoral (CNE) anunció que las elecciones –en las que se pondrá fin a varios meses de zozobra política– serán celebradas este 14 de abril. Asimismo, el CNE estableció el día de hoy y mañana como período de postulaciones, además de otros parámetros en los que se enmarcará la campaña electoral que tendrá una duración de nueve días, del 2 al 11 de abril.

Desde que el presidente Chávez anunciara su recaída –y consiguiente vuelta a La Habana– el 8 de diciembre pasado, el tema de su salud –y, por ende, del futuro político del país– fue manejado de manera secreta y controvertida por sus sucesores políticos. El Presidente no volvió a aparecer en público, ni en La Habana ni a su vuelta a Caracas. El chavismo forzó a Venezuela, y al mundo, a escoger entre creerse a ciegas la información que ellos divulgaban –cuándo y cómo les convenía– o, por el contrario, dudar parcial o totalmente de su palabra y ser declarado enemigo. Fueron 87 días de incertidumbre y de máximo secretismo. De una falta de transparencia reprochable, sí, pero común a todos los gobiernos en todas las épocas de la historia. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

Situación controlada

Tras la muerte del comandante, la velocidad de los acontecimientos cambió radicalmente. El miércoles, más de dos millones de personas salieron a darle el último adiós, y todavía siguen las colas para poder verlo. El jueves nos enteramos de que habría una semana más de capilla ardiente, que el Presidente sería embalsamado, y que reposaría temporalmente en un museo militar mientras se resolvía el tema de su posible traslado al Panteón Nacional. El viernes, Venezuela y representantes de más de 50 países se despidieron oficialmente del líder de la Revolución Bolivariana. Por la noche, el país volvía a tener presidente, tras la juramentación de Nicolás Maduro en la Asamblea Nacional. Y ayer se definió que en 35 días Venezuela escogerá un nuevo mandatario.

En vista de la situación actual, no cabe duda de que el chavismo se ha mantenido toda la distancia en control de la situación. Se ha hablado de lo que ellos han querido, cuando así lo han querido. El resultado final –Maduro como presidente encargado y candidato– es el mismo que se habría dado si la incapacidad de Chávez de volver al poder hubiera sido declarada cualquier día posterior al 9 de enero, cuando el Tribunal Supremo de Justicia decidió que la toma de posesión no era necesaria.

La pregunta, entonces, es sencilla: ¿Qué pasó entre el 10 de enero y el 5 de marzo? ¿Por qué no se declaró la falta absoluta? Al fin y al cabo, la cuestión no era si el Presidente vivía o moría, sino si era capaz de hacer su trabajo. La respuesta inocente es que hasta el último aliento de Chávez se mantuvo la esperanza de que volviera al poder. La respuesta maliciosa es que el chavismo tenía muchas cosas que resolver. Quizá había que aplacar a los que renegaban de la hoja de ruta oficial. Quizá había que preparar a Maduro, darle presencia, empaque y oratoria. Quizá los cubanos estaban amarrando todos los cabos, salvando esos 90 mil barriles diarios que constituyen el clavo ardiendo al que se agarra la isla. Sea cual sea el caso –y fuera de consideraciones morales o democráticas– el mensaje y los tiempos de la situación fueron manejados impecablemente por el aparato chavista.

¿Y la oposición?

Sorprendentemente, la incertidumbre de estos meses parece haber perjudicado más a la oposición que al oficialismo. En los últimos meses –incluso hasta el mismo viernes– los opositores se concentraron más en criticar tecnicismos e interpretaciones de la Constitución que en establecer un mensaje claro, centrado en las crisis actuales o venideras que se ciernen sobre el país. La desorientación de la oposición es tal que, al momento de escribir este análisis, su líder más visible, el gobernador de Miranda, Henrique Capriles, se encuentra decidiendo si merece la pena presentarse a los comicios del 14 de abril.

Luego de 14 años de Revolución Bolivariana, la oposición al chavismo se reduce a un hombre de 40 años que no sabe si liderar o no. Un líder indeciso, si es que tal cosa puede existir. Para entender esto, caben dos posibilidades: la primera es que el chavismo es mucho chavismo. Mucho más de lo que se le quiere dar crédito. Esta hipótesis parece verse confirmada por las masas en la Academia Militar, por el camino casi invicto que ha seguido este movimiento político-social en los últimos tres lustros, y por su influencia en otros países a nivel regional y global.

La segunda posibilidad es que a la oposición, que gobernó el país a su antojo por tantos años, se le olvidó de golpe cómo hacer política, cómo ganarse al pueblo. Cómo ganar, en definitiva. La respuesta quizá esté en un punto intermedio, pero no deja de ser curioso que aquellos que ahora dicen “defender la democracia” no sean capaces ni de producir un liderazgo sólido y un mensaje atractivo y mínimamente coherente.

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