cierre de campaña de nicolás maduro en caracas

Venezuela cruza su Rubicón

El chavismo colapsó el centro de Caracas, dando fin a la campaña electoral. Dos cosmovisiones opuestas se enfrentan en las urnas este domingo.
CANDIDATO. Maduro está seguro de su victoria. ‘Lo dicen hasta las piedras que voy a ganar’, aseveró. LA PRENSA/David Mesa CANDIDATO. Maduro está seguro de su victoria. ‘Lo dicen hasta las piedras que voy a ganar’, aseveró. LA PRENSA/David Mesa
CANDIDATO. Maduro está seguro de su victoria. ‘Lo dicen hasta las piedras que voy a ganar’, aseveró. LA PRENSA/David Mesa

En Venezuela se solía decir que el candidato que llenaba de simpatizantes la avenida Bolívar ganaba la Presidencia. Se solía decir, pues ese dicho ya no tiene ninguna validez.

Desde que, en la campaña anterior, los simpatizantes del aspirante opositor Henrique Capriles llenaron esa vía, el chavismo decidió mostrar su fuerza. Y llenó la Bolívar, por supuesto, pero no se quedó ahí: también la Urdaneta, la Fuerzas Armadas, la Méjico, la Lecuna, la Universidad y la Baralt. Siete avenidas principales del centro de la capital del país.

Ese día, Hugo Chávez tomó café y bailó bajo la lluvia, quizá consciente de que esa Caracas entregada era toda suya por última vez.

Seis meses después, las cosas no han cambiado tanto. Chávez no está, pero los últimos compases de la campaña se repiten. El domingo, los simpatizantes de Capriles llenaron la Bolívar. Casi todos aseguran que el acto fue mucho más masivo que el de aquel 30 de septiembre. Y ayer jueves, los seguidores de Chávez volvieron a colmar las siete avenidas para apoyar al ungido del comandante, el apóstol san Nicolás Maduro.

La perversa sinergia

Se hace obligatorio agregar, aunque ya no debería sorprender a nadie, que no todo –podría decirse que cada vez menos– lo que brilla en el chavismo es oro. La cantidad de gente en las calles de Caracas era abrumadora, pero también sospechosa. Los chavistas, bien lo denuncian los opositores, organizan un megamítin en pleno día laboral, y muchos venezolanos no saben si les irrita más que el gobierno esté paralizado o que sus funcionarios estén todos –voluntaria u obligadamente– haciendo política.

Venezuela está viviendo una era política extraordinaria, su pueblo produciendo espectaculares despliegues de (in)consciencia política (según se mire) con una frecuencia asombrosa.

Bastante antes del mediodía, los alrededores de la avenida Bolívar hacían presagiar lo que se venía. A medida que fueron pasando las horas, todos los espacios ocupables se fueron abarrotando.

Comparar al chavismo y a la oposición es como comparar peras y manzanas. Son dos maneras completamente distintas, y opuestas, de concebir a Venezuela y al mundo entero. Dos cosmovisiones que solo guardan en común la búsqueda de “lo mejor” para el país que dicen amar. Es imposible, por ende, decir si la mistificación que está experimentando actualmente el chavismo es la que moldea las ideas de democracia liberal de los opositores o si el proceso fluye en dirección contraria. Lo que no se puede negar, sin embargo, es que en la calcificación de una y otra cosmovisión hay una sinergia gigantesca: mientras más antidemocráticas, caudillistas, totalitarios y ridículos se vuelven los chavistas a ojos opositores, más derechistas, vendepatria, imperialistas, escuálidos y majunches se vuelven estos últimos a ojos chavistas.

Adiós al gris

Y, por supuesto, cada eslogan, canción, discurso y acto de campaña, y cada demostración masiva de poder popular solo sirve para darle una vuelta más a la rueda de la polarización. Es así: Venezuela es hoy un país de blancos y negros cada vez más intensos. El gris ya no existe. Algunos dicen que empezó a irse hace exactamente 11 años, desterrado por los golpistas que apresaron a Chávez por 48 horas. Otros dicen que fue un poco después.

En todo caso, lo poco que quedó se fue en el avión que llevó al Chávez enfermo a La Habana, ahuyentado finalmente por lo que venía: las devaluaciones, la escasez de ciertos alimentos, la motorizada inseguridad, la escandalosa ineficiencia del sistema chavista, y el proceso de deificación del último gran caudillo de América Latina.

El sol es intensísimo. Igual de intenso es el entusiasmo con que, bajo él, miles de venezolanos –muchos de ellos con bigotes postizos– saltan, bailan y cantan, a la espera del discurso de Maduro. Alejandro León, de apenas 18 años, explica la dicha que le causa votar por segunda vez en su vida en un espacio de apenas medio año. Durante la mayor parte de existencia solo conoció a un presidente, y ahora asegura que “Maduro sigue el ejemplo de Chávez, y ha dado soluciones concretas a los problemas actuales, mientras que Capriles solo ha hecho promesas”.

No lejos de ahí, Cruz Josefina Hernández, de 66 años, aguanta estoicamente el implacable calor. “Chávez fue el que dignificó a sus pobres, y Maduro es su legado”, asegura con una firmeza inusual.

“No volveremos atrás, a esa gente que nos humillaba y nos mataba de hambre. Por eso el afeminado de Capriles no gusta de los pobres. Quieren seguir robándole al país. Pero el pueblo despertó”, concluye. Su pasión y su edad llaman la atención. Hernández dice que le debe mucho a Chávez: se gana la vida vendiendo trajes de baño gracias a un crédito dado por el Gobierno.

Historias como esta son clave para entender el presente de este país. Para historiadores e intelectuales, Venezuela vive una crisis sin precedentes, un trance perturbador, una especie de hipnosis colectiva que está destruyendo al país. Y a la vez, es en esa arrogancia tan constante del ilustrado hacia las masas que empieza el éxito del chavismo. ¿Cómo, al fin y al cabo, comparar las teorías de los intelectuales con el entusiasmo de hierro de quienes han recuperado la dignidad? ¿De los que, como dijo Cruz Hernández, “vivían en barracas y ahora tienen casas”? Y más aún, ¿vale esa dignidad 21 mil asesinatos al año, una economía en caída libre y un sistema de bienestar social que se cae a pedazos?

La mayoría de los venezolanos parece pensar que sí, y en definitiva, es lo único que importa. Porque al final, por más trucos y triquiñuelas que haya y se denuncien, las cientos de miles de personas que hay aquí acudirán a votar voluntariamente. Y lo harán por el “bigotón” Maduro; ungido por el hombre que cambió este país para siempre.

El ´show´ del apóstol

El cielo caraqueño está poblado de una multitud de pancartas y banderas que dejan entrever la diversidad que existe dentro del oficialismo. El Partido Comunista de Venezuela, el Partido Patria para Todos, Palestina con Maduro, Corrientes Revolucionarias Venezolanas, y así sucesivamente. Por los altavoces, periódica y constantemente, se reproduce el audio de Chávez pidiéndole al pueblo venezolano que convierta a Maduro en el continuador de la revolución. En general, todo el material de la campaña anterior se funde perfectamente con el de esta. La idea, naturalmente, es que no haya ninguna diferencia entre el Cristo de los pobres y su Pedro: el chavismo necesita construir una Iglesia sólida.

A las 2:40 p.m. ya anunciaban que las siete avenidas estaban repletas. Por más de cuatro horas, las cientos de miles de personas que colapsaron Caracas esperaron. Varios cantantes y oradores intentaban entretenerlas, mientras Maduro recorría todas y cada una de las siete avenidas, como un emperador romano regresado de tierras bárbaras, o, en clave panameña, como Irving Saladino y Margarita Henríquez tras haber entrado en la frágil mitología de la nacionalidad panameña.

Pasadas las 6:30 p.m., Diego Armando Maradona –con su bigote de rigor– subía a la tarima para dar su apoyo a Maduro, que ya se aproximaba al estrado desde el que le hablaría a la masa. Debajo de su camisa blanca, el dorso de su camiseta roja decía “yo soy Chávez”. Dos pajaritos descansaban mansos en sus hombros, y varios más volaban a su alrededor.

Cuando Maduro, por fin, se dirigió al pueblo con un “¡Viva Chávez!”, Venezuela cruzó su particular Rubicón. El futuro del país estará determinado por la proporción entre quienes creen que esto es democracia y quienes creen que las imágenes de esta marcha estarán algún día archivadas en la misma categoría que las de las multitudes que enloquecían ante los líderes controvertidos de la historia.

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