EL MINISTRO QUE LEE A BORGES

´Vinimos a ejercer el poder´

Recibe al periodista a la hora acordada. No pide ver las preguntas por anticipado, algo que acostumbran los altos cargos del país. Mientras dure la conversación, no contestará el celular, que descansa al alcance de su mano, ni será interrumpido por las secretarias. El diálogo será matizado por él, con referencias a diversos temas. Alguna lo lleva a una de sus pasiones, la lectura: Borges, García Márquez y Faulkner, entre otros. Lee todo el tiempo, y diversos géneros. Ahora mismo, la novela El tiempo entre costuras, de María Dueñas. Cuando termine, “ahí mismo” agarra Anatomía de un instante, de Javier Cercas, que disecciona los momentos del intento de golpe de Tejero. Da preferencia a los boleros y a la música cubana, especialmente la Nueva Trova. Desde joven se hizo fanático de las películas de acción, y mejor si son con mucha bala. Sus mejores amigos conforman estancos que, por separado, disfrutan descubrir nuevas variaciones gastronómicas en torno a los callos y la lengua de res. Asegura no ser para nada rencoroso, ni disfrutar macerando venganzas; más bien suelta lastre rápido, para no vivir amargado. Los entrevistados acostumbran mostrar condecoraciones y trofeos. Los suyos: fotografías de un antiguo enclave de las FARC en Darién. Allí, una bandera panameña señorea sobre el territorio recuperado. Ha estado varias veces a la entrada del túnel, ese que según dicen, se atraviesa para llegar a la otra orilla. Una de ellas durante 14 horas, completamente solo, en un hospital de Boston y, además, consciente de que todo dependía de los tubos que le invadían el cuerpo. Después de 23 años de arreglar y deshacer valijas por todo el mundo como abogado de corporaciones, echó anclas en el patio político. Ahora disfruta de la familia. Y anticipa el momento agridulce en que los hijos se vayan, a hacer sus propios hogares. Es egresado de la USMA y obtuvo maestría en derecho marítimo en Tulane University. Es socio-director de la firma Fábrega Molino y Mulino. Está casado con Marisel Cohen. Son padres de cuatro hijos: tres mujeres, dos de ellas gemelas, y un varón, ya abogado.

¿Por qué un abogado de renombre deja la comodidad de su bufete para meterse en el trapiche de la cosa pública?

Trabajé durante cinco años con Ricardo Martinelli, ambos como presidentes de partidos que alcanzaron el poder. Llegado a ese momento, no le rehuí a mis responsabilidades. Esta es una cartera muy incomprendida; aquí no ganas amistades. El puesto conlleva ser, después del Presidente, jefe de la fuerza pública. Siento orgullo al ganarme un espacio en este equipo, que admiro y respeto. Lo complejo de la seguridad no permite lograr soluciones de un día para otro. Pero estoy seguro de que el tiempo será mi juez.

Algunos lo imaginaban mucho más cómodo yendo a Relaciones Exteriores...

Estoy convencido de que segundas partes nunca son buenas. Y ya estaba aburrido de pasar toda una vida viajando. Ese trajín me trajo serios problemas de salud.

Un balance, en lo personal, de estos dos años...

Emociones cruzadas. Satisfacción por todo lo que se ha hecho con el respaldo del Presidente. Los sinsabores vienen de la ingratitud que acarrea la confrontación, buscada, sobre algo que debe trascender la vida partidaria, como es la seguridad. Hace falta objetividad para analizar el tema. No aspiramos a ser noticia de techo todos los días, pero es ingrato ver que lo que hace el ministerio parece no tener importancia para los medios.

¿Qué tal se trabaja con Ricardo Martinelli?

Él es un adicto al trabajo. Es muy intenso; un gran, gran amigo, y un tremendo jodedor. Como todo el mundo, carga con días malos. Pero le pone humor a la cosa. El humor ayuda, porque hay que imaginarse qué sería de un Presidente si va a coger rabia por cada cosa que lee, que escriben sobre él, o por cada barbaridad que le publican. Mínimo se va a morir de un ataque al corazón.

Se le juzga envalentonado como al Presidente. ¿Es su naturaleza, o lo hace por espíritu de cuerpo?

Cada uno es como es. Los dos tenemos un carácter fuerte. Ambos estamos comprometidos a darle seguridad a este país. Nuestro deber es proteger a la inmensa mayoría, que es gente decente. El país necesitaba un timón. Y el Presidente se lo ha puesto. Nosotros no llegamos aquí para pasar por el poder. Llegamos a ejercerlo. En todo caso, no vamos a hacer un gobierno anodino. Por mi parte, no estoy aquí para proteger a los criminales. Las modalidades y lugares del crimen cambian. Por ejemplo, la criminalidad se ha movido al interior del país. El interior panameño no es ya la campiña tranquila que alguna vez conocimos.

Nadie desconoce la importancia de la seguridad, ¿pero era necesario crear un ministerio para atenderla?

Sí, no cabe ninguna duda. Y no fue un invento: responde a una estrategia. El viejo Ministerio de Gobierno y Justicia era una megainstitución de múltiples y disímiles competencias, una especie de tribunal de apelaciones que ya no guardaba concordancia con un Estado moderno. Hoy atendemos de manera exclusiva los asuntos de la seguridad nacional.

¿Qué papel juega en esto la prevención?

Si nos enfocamos principalmente en la prevención, nos devoran los maleantes; la partida la gana el crimen. Ahora solo tenemos tiempo para reprimir; para defender y salvaguardar a los honestos que nos piden garantías para vivir y trabajar en paz. Cuando avancemos más en esto, pensamos en la prevención

¿Qué tan autónomos somos en materia de seguridad y cuánto dependemos de terceros?

No hay un país autónomo en materia de combate a la delincuencia. Es más, si no se busca colaboración, y si no se colabora con los demás, se pierde la guerra. La razón es simple: los criminales no hacen aduana ni migración. No tienen fronteras. Vemos la internacionalización del delito y la respuesta, para ser efectiva, tiene que ser multinacional. Además, Panamá no es solo una vía de paso para las drogas. Ahora somos un sitio de consumo, de venta al menudeo en la calle, lo que trae la aparición de pandillas, fenómeno al que se vincula la deserción escolar. Y por extensión, a las familias que protegen a los delincuentes, porque en su actividad hallan apoyo económico.

De algunos sectores parten críticas, según las cuales, sin tratado formal, Panamá es una inmensa base de Estados Unidos...

La izquierda de este país padece el complejo de inferioridad. Para ellos no puede concebirse un Estado capaz de defenderse si no es bajo el paraguas estadounidense. Son bases panameñas, financiadas a un costo de más de 100 millones de dólares por el Gobierno panameño.

¿Y el tapón de Darién? ¿Y las FARC?

El tapón, ahí se queda. Y no es tan tapón porque no exista una carretera. La prueba es que hoy todavía tenemos, precisamente, presencia del Frente 57 de las FARC dentro de nuestro territorio, bastante cerca de la frontera con Colombia. Es posible que alguna vez en Colombia los guerrilleros tuvieran alguna ideología. Pero lo que hay en Darién es un cartel de narcotraficantes que buscan exportar drogas desde nuestro país. Y nosotros sí los combatimos.

El “sicariato” que vemos, ¿es criollo o importado?

Lamentablemente es criollo, de inspiración foránea. Opera como mecanismo de ajuste de cuentas y de facturación de tumbes (robo de drogas) entre los narcos.

Rotundamente, en una escala de 1 a 10, ¿qué tan seguro considera a Panamá su ministro de Seguridad Pública?

Siete

,¿Qué opinión le merece el espionaje político?

De ninguna manera lo justifico. Pero aquí no hace falta que te pinchen el teléfono para saber lo piensas o lo que opinas. Todos se la pasan ventilando sus pareceres en los programas de opinión y hablando en la radio y en las televisoras, más de lo que la gente quiera enterarse.

En este punto, ¿le consultaron el asilo para María del Pilar Hurtado?

No. Esa decisión se tomó en otra instancia.

¿Por qué son espinosas sus relaciones con los medios y los periodistas?

Soy hostil al comportamiento de algunos que no pueden ver las relaciones con las instancias de gobierno como no sea bajo el prisma de la confrontación. Aquí parece que si no es con el choque, la nota no sirve. No hablo de pleitesía o de besamanos. Digo que cuando se trata de ser campechano y jodedor, yo soy el primero. Pero, cuando actúo como ministro, tengo que exigir respeto para el cargo. Y no veo porqué tenga que tolerar que alguien busque un Pulitzer a cuenta de ridiculizarme o de provocarme para obtener un titular.

¿No le parece que los políticos se entienden mejor con los medios cuando están en la oposición?

Coincido en eso. Entonces, hablan el mismo idioma y comparten el interés político de chotear al que está arriba: joderlo.

Las encuestas no lo tratan precisamente bien...

Aquí yo veo una paradoja, creyendo como creo y respeto las encuestas. Si las encuestas fueran la representación real de la opinión de la gente, a mí me escupirían en la calle. Pero lejos de eso, mi mayor halago es oír decir, “siga así, ministro, déle duro a los criminales”.

¿Cómo ve la actuación de la actual oposición política?

Aquí no hay oposición política, como no sean el Suntracs, que cierra calles, y los indígenas, que reivindican sus derechos.

Hablando de los indígenas, ¿qué haría hoy distinto a lo hecho en la crisis del año pasado en Changuinola?

Dejarla correr. Quizás así se hubiera tenido más entendimiento de la manipulación política que se dio en esos momentos.

En una escala de 1 a 10, en la que 1 es nada y 10 muy democrático, ¿cómo situaría las administraciones de Guillermo Endara y de Ricardo Martinelli?

Son tiempos distintos. Endara condujo una transición. Martinelli es producto de un sistema democrático ya afincado institucionalmente, aunque aún se debe mejorar. Vivimos en un mejor país y hay progreso. A Endara le tocó ser austero para que hoy pudiéramos tener lo que disfrutamos.

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