Viviendo en la eterna contradicción

Panameños se declaran católicos, pero viven se-gún sus reglas. Expertos dicen que la Iglesia influye cada vez menos.

Para nada resulta raro que los panameños se declaren católicos. En la última encuesta que hizo la empresa Unimer, el 70% de los mil 209 entrevistados dijo profesar esta rama del cristianismo, y otro 18.9% se identificó como evangélico o adventista.

Lo que es al menos curioso es que pese a esta confesión religiosa, los estudios sobre población y comportamientos sexuales indican que el diario vivir del panameño está bastante lejos de los mandamientos, dogmas y normas eclesiásticos.

En el censo de 2010, por ejemplo, salió a relucir que 1.3 millón de personas vive en pareja. Resulta, sin embargo, que 766 mil 449 convive libremente y los menos (596 mil 212) son los que optaron por el matrimonio. A este número habría que añadirle un dato: no todos los casados por ley lo están, necesariamente, por la Iglesia.

Los datos oficiales indican, además, que existen 243 mil 327 personas separadas o divorciadas, condición que contradice aquello de que “lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”.

En 2010, el Instituto Conmemorativo Gorgas publicó los resultados completos de la Encuesta Nacional de Salud Sexual y Reproductiva, y el 89.2% de todas las mujeres –unidas o no unidas pero sí sexualmente activas– dijo que usaba algún método “moderno” de anticoncepción (esterilización, anticonceptivos orales o inyectables, implantes, DIU, parches, condones o anticonceptivos de emergencia), en detrimento de los métodos que son aprobados por la Iglesia católica: el ritmo, el retiro, el moco cervical o la lactancia materna. En los hombres el porcentaje es similar: el 83.8% usa algún método moderno (condón o esterilización).

La encuesta también permite saber que el matrimonio no es, para los panameños, el único espacio para mantener relaciones sexuales, tal como lo exige la Iglesia. El 17.1% de las mujeres y el 46.8% de los hombres que nunca se han casado o que viven unidos mantuvieron relaciones sexuales en las cuatro semanas anteriores a la realización de la encuesta, mientras que el porcentaje entre los separados y viudos alcanza el 18.1% y el 59.1%, respectivamente.

¿Por qué la contradicción entre la confesión de fe y la práctica? El sociólogo y docente Roberto Pinnock piensa que se debe considerar que la gente es producto de una cultura, y esa cultura no está incidida únicamente por las iglesias.

“La cultura viene de las diferentes instituciones de la que eres parte en una sociedad, y la influencia de la religión se queda corta frente a otros componentes” como la televisión, la internet y la interacción con personas de otras culturas, explica Pinnock.

Pese a que las personas pueden darse cuenta de estas contradicciones, añade, se sigue diciendo católico porque es “lo socialmente aceptable”. De alguna forma, dice Pinnock, lo que ha ocurrido es que se ha acomodado la creencia a la forma de vida, tal vez (proporciones guardadas) como aquellos narcos fieles a la virgencita de Guadalupe.

Para el fray mercedario Javier Mañas, lo que ocurre ahora es que las personas cada vez quieren menos compromisos y se manejan con conceptos relativos de la vida y la moral, “cuando la vida no es relativa”. Pese a los evidentes contrasentidos, Mañas afirma que el fin último de la Iglesia es hacer lo que “haga bien a las almas”, y por ello no es su misión “juzgar ni condenar”.

Posibles razones para la incoherencia. Un testimonio

Soy católica porque me criaron en esa religión y estudié en un colegio de curas, pero no voy a misa porque no estoy de acuerdo con que otro ser humano, igual a mí, crea tener más conexión con Dios que yo. Me gusta escuchar las lecturas de la Biblia, pero no necesito que otro ser humano me las lea y me las sermonee.

No soy practicante, pero sí rezo a diario. Dejé de practicar porque quizá mi vida actual no va acorde con los paradigmas, reglas y leyes de la Iglesia católica... En una sola palabra: discriminación. En una ocasión, el cura que me casó me observó caminar en la fila para comulgar y me sacó. Después supe que para comulgar debes ser soltera (no tener sexo con tu pareja), no ser divorciada y, finalmente, no ser gay.

Entonces, no voy donde no soy bien recibida. El día que una pareja gay sea aceptada en la iglesia dignamente, que una divorciada pueda volver a comulgar y que una soltera que tiene relaciones (¿quién no tiene relaciones antes del matrimonio?) sean bienvenidas en estos sitios, ese día volveré a escuchar una misa de domingo. Para que esto suceda las personas deben aceptarse como son, hablarlo, decirlo y celebrarlo. Entre más personas protesten y se hagan notar, en esa medida lograremos algo.

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