la calamidad de vivir sin un buen servicio de agua potable

Sin agua, a orillas del Canal

Se supone que el Idaan atiende a 2.5 millones de personas, pero el crecimiento informal y la distribución ineficiente obliga a miles a vivir como suricatos.

Nuevo México es un barrio nacido a pocos metros de una planta de cemento que, de vez en cuando, amanece teñido de un polvillo gris.

Rosa Elvira Mejía vive allí desde hace 12 años y cuenta, como si de un pueblo del interior se tratara, que para lavar la ropa recoge agua de lluvia. “Para cocinar vamos pa bajo, donde sí les llega, y a cargar”, agrega, señalando hacia unas calles más bajas que la suya. “Mi casita es esa”, dice entonces, mostrando una construcción cuadrada y pequeñita de color melocotón, sin más gracia que el césped tosco que la rodea.

Nuevo México queda en Chilibre, como quien va para Colón. Está cerca de la pista aérea de Calzada Larga, a un brinco del río Chagres, el principal suplidor de agua del Canal de Panamá. Según datos de la Autoridad del Canal, cada vez que un barco pasa por la vía se utilizan 58 millones de galones de agua, pero Moisés Moreno apenas logra recoger un par de galones cada ciertos días para bañarse y beber.

“Aquí no llega el agua como es debido. Esto es una penitencia fatal”, cuenta el hombre, quien se afana por recoger el agua que sale de una tubería de unas dos pulgadas ubicada en la boca de una alcantarilla.

Kathia Rodríguez vive un poco más allá y explica cómo lidian con esto. “En mi casa nunca he tenido”, dice, pero a la fuerza la lleva hasta dos tanques de almacenamiento con el empuje de una bomba que le costó 45 dólares.

Nuevo México es, de hecho, un barrio alfombrado de tuberías delgaditas, cual telarañas. Los vecinos las compran, junto con varios cientos de pies de cable de electricidad, porque han de estar ojo al cristo con el bajante, la línea o el rinconcito bendecido con la presión. Allí a donde generalmente llega el agua colocan el aparatito. Como son muchos en la misma calamidad, se turnan para jalar. Kathia había jalado ese día en la mañana y ahora lo hace la vecina. “A veces hay que madrugar a las 2:00 de la mañana para recoger”, se lamenta.

Más cerca del Chagres, en la comunidad de Nuevo Caimitillo, la realidad no es distinta.

Dice Elida Rodríguez que cuando llegó al lugar, en 1978, tenían agua de sobra. Aquello era un área boscosa, dentro del Parque Nacional Chagres, y los vecinos eran los chanchos y las gallinas tras la cerca de tablones.

Pero luego se instaló una familia y otra y otra más, y el lote de más arriba y el de lado fueron ocupados. Ahora por toda la carretera principal hay un sinfín de envases plásticos blancos, amarillos y celestes esperando el día que llegue el carro cisterna. Es una espera muda y rutinaria porque, como enfatiza Rodríguez, “hace 16 años que no nos llega el agua”.

problema de décadas

El Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacionales (Idaan) tiene registrados 550 mil clientes, pero solo la mitad paga algo porque no a todos se les mide su consumo real.

“Tenemos un déficit de medidores de 250 mil. Por eso la necesidad del contrato que está en espera del refrendo en la Contraloría, porque la mayor cantidad de población la tenemos concentrada en Panamá, Colón, San Miguelito, Arraiján y La Chorrera”, detalla el director Abdiel Cano.

El funcionario se refiere a un contrato de micromedición dado por licitación para la instalación y la lectura de los medidores, lo que se supone redundará en el aumento de ingresos por cobros de servicio para el Idaan.

En 2011, la entidad percibió ingresos por facturación de 103.8 millones de dólares, pero la deuda histórica también es millonaria: 100 millones de dólares.

“Es una morosidad ficticia. Con mucho esfuerzo podemos llegar al 50% de la recuperación”, admite.

Precisamente en las áreas donde se concentra la población se produce la inconsistencia con el servicio, específicamente en algunos sectores de San Miguelito, Arraiján y La Chorrera.

En el Valle del Sol de Arraiján, por ejemplo, el problema es grave y creciente. Comunidad nacida del precarismo y la invasión, hoy conviven ahí los más viejos habitantes (con sus terrenos amplios y sus casas de cemento), con los más nuevos, instalados en casuchas de cinc y tablones de madera, en terrenitos de tres por cuatro.

Dídimo Delgado es de los más antiguos. Consiguió el lote que hoy ocupa a mediados de los 90 y en diciembre de 2000 empezó a vivir allí de forma permanente. “Había poca gente y teníamos una pluma [grifo] rural. Luego compramos tuberías y tanques. Cuando comenzó a llegar el agua de verdad, empezaron los problemas”, cuenta irónico.

En Valle del Sol se consigue agua de mil formas. Delgado, por ejemplo, utiliza los varios taxis que tiene para ir a recoger al centro de Arraiján. Pero el que no tiene auto debe esperar el camión cisterna, que bien puede llegar cada 8 días o cada 15, según dicen los residentes.

En la calle principal de Los Tecales de Valle del Sol, la espera por el cisterna se convierte en una pelea de aceras. Tres camiones están ese jueves repartiendo el agua, pero una vecina se molesta porque le han saltado el turno y empieza a gritar. Comienza exigiendo, pero termina vociferando con el funcionario del Idaan que supervisa la maniobra y, a punta de manotazos y salivazos de impotencia y enojo, logra que el camión se estacione frente a su casa para así empezar a llenar las dos docenas de tanques que tiene en el patio.

“Uno no sabe si lavar o no porque se nos acaba el agua”, cuenta Yarineth Soto, mientras espera paciente su turno para llenar los tanques.

Su vecino no tendrá suerte ese día porque tuvo que salir, pero otra vecina se percata y le dice a un muchacho: “¿Y el agua para Piripicho? Sácale ahí unos tanques para que no se quede sin na”.

El proceso de vaciado del camión cisterna es lento, aburrido. El camión va de vivienda en vivienda, conecta su manguera a la tubería de quienes viven loma arriba y allí se queda, vaciando la panza, hasta que le hacen señas.

Pero adonde vive Yosalyn Miranda, en Las Veraneras de Valle del Sol, no llegan ni los cisternas ni hay carros para transportar. Habitante de la parte más alta y nueva del sector, el lugar que usa para bañarse es un pozo casi seco y bastante sucio del que también extraen agua para llevar a casa.

Alba Ogando, embarazada y con otro niño chico, dice que a veces en las mañanas se juntan hasta tres familias en el pozo y hay que esperar. “El agua para beber a veces la compramos y la tenemos como oro”, asegura.

Con el pozo casi seco, la última esperanza de los residentes de la loma de Valle del Sol es la lluvia.

Más de 800 están sin recibir clases

En Valle del Sol hay una escuelita primaria primorosamente limpia y ordenada que, sin embargo, está vacía desde hace más de un mes. Como en el barrio el problema de agua es crónico, la escuela funcionaba con tanques de almacenamiento y una planta de tratamiento pequeña que, al parecer, dejó de funcionar como debía.

Yarineth Soto, residente del lugar, explicó que de la planta empezaron a salir malos olores, y un buen día una niña se reportó enferma, y se dijo que había adquirido una bacteria, posiblemente relacionada con el mal funcionamiento de la máquina. Temerosos, los padres decidieron no enviar a sus niños y, desde entonces, reciben sus clases por módulos.

“Usted sabe que no es lo mismo. Ahora estamos nosotras de maestras...”, explica Soto.

Los padres les comunicaron a las autoridades de Educación que no iban a enviar a sus niños hasta que solucionaran lo de la planta, pero hasta ahora, agrega Soto, no han tenido buenas nuevas. En la escuela Valle del Sol están matriculados 870 niños, en dos jornadas.

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