testimonio

El campeón de la vida

Un panameño derrotó un duro padecimiento después de años de tener un tumor en la cabeza. Se curó con un aparato sin abrirle el cráneo.

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Morrell sale a trotar todas las mañanas, en solitario, cerca a su casa en Villa Lucre. Es un hombre nuevo. Morrell sale a trotar todas las mañanas, en solitario, cerca a su casa en Villa Lucre. Es un hombre nuevo.

Morrell sale a trotar todas las mañanas, en solitario, cerca a su casa en Villa Lucre. Es un hombre nuevo.

La efectividad del tratamiento se ha hecho manifiesta en más de 820 mil pacientes. Cortesía La efectividad del tratamiento se ha hecho manifiesta en más de 820 mil pacientes. Cortesía

La efectividad del tratamiento se ha hecho manifiesta en más de 820 mil pacientes. Cortesía

El procedimiento tuvo un costo inferior a los 20 mil dólares. Los tratamientos convencionales suelen valer tres y cuatro veces más. El procedimiento tuvo un costo inferior a los 20 mil dólares. Los tratamientos convencionales suelen valer tres y cuatro veces más.

El procedimiento tuvo un costo inferior a los 20 mil dólares. Los tratamientos convencionales suelen valer tres y cuatro veces más.

Ninguna otra conjetura era posible con la imagen de la resonancia magnética. El tumor de Rogelio Morrell se había alojado en el tallo del cerebelo y hacía presión en ese centro nervioso del cráneo.

La masa tenía el tamaño del puño de una mano adulta y afectaba su parte motora, el habla, las expresiones faciales y le impedía caminar con normalidad o contar las cosas y sonreír. Y si soltaba una carcajada le costaba trabajo detenerse. Era la muerte, que le había dicho sí.

El tumor tardó 13 años en ganar su tamaño de pelota de tenis. Morrell nada sabía de ese huésped. Desconocía la dimensión de su reinado en un cuerpo que con el pasar de los años, sobre todo, al final, evidenció los síntomas del Parkinson.

“Me puse lento, mis manos se volvieron temblorosas, mi expresión facial se convirtió en la de un robot, los ojos se cristalizaron, se me hizo rígida una parte del cuerpo, sudaba en la frente”, recuerda Morrell.

Su madre, de nombre Edilma, había caído en cuenta de las deficiencias progresivas de su hijo, al ver en él una torpeza creciente en el habla, en el momento de sujetar el tenedor. “Mi mamá notó que yo no coordinaba mis movimientos adecuadamente”, relató.

Morrell le echó primero la culpa a un estrés burnout laboral, una de tantas afecciones profesionales consistente en cambios de estado de ánimo, agotamiento mental y afecciones en el sistema muscular y locomotor.

La resonancia reveló de qué se trataba todo. Tras la evaluación practicada por el neurólogo clínico Enrique Triana, Morrell fue remitido al doctor Francisco Sánchez Cárdenas. El M.D. en microneurocirugía determinó la condición benigna del tumor.

Entonces, los Morrell empezaron un periplo por centros hospitalarios panameños y estadounidenses en las ciudades de Cleveland y Boston. Sin respuestas concretas, las alternativas se circunscribían a dos operaciones. La primera intervención debía aliviar la parte del tumor que ejercía presión sobre el cerebelo, y el resto se iba a extraer semanas o meses después, según la evolución del paciente. Ambos procedimientos con cirugías de cráneo abierto.

El tiempo transcurría y Morrell se vio arrinconado por sus propias desgracias. Había terminado su vínculo profesional con una empresa extranjera especializada en la creación de software en la que ocupaba el cargo de gerente regional de proyectos. “Me hicieron la cama” después de haber “fracasado” una propuesta con un cliente.

De 1.77 metro de estatura y contextura física de boxeador, el trauma lo llevó a perder 20 libras, dejar a un lado el deporte y tampoco pudo volver a bailar con su esposa Lourdes Vega, a quien conoce hace más de 16 años.

“Debíamos vigilarlo todo el tiempo”, recuerda ella. Quizás la prueba más cruda de tantas adversidades fue la incapacidad del panameño para cargar a su hijo, en ese entonces de cinco años.

No morirás

Rogelio padre, un navegador de internet como pocos, llevaba deambulando solitario en sitios web con información acerca de la tragedia de su hijo.

Una noche de octubre del año pasado se encontró con el gamma knife de la Fundación Clínica Shaio, hospital bogotano y pionero regional en cirugías cerebrales de múltiples patologías mediante el uso de este equipo.

“El gamma knife sirve más que nada para [extirpar] tumores benignos del cerebro de tamaño pequeño o mediano, especialmente aquellos de localización compleja a los que es muy difícil acceder y en los que hay muchos nervios que van para la cara o el cuerpo. Es un procedimiento ambulatorio. Al rato el paciente puede irse a su casa o al cine”, comenta Julio Roberto Fonnegra, médico del Departamento de Neurociencias de la Clínica Shaio.

A diferencia de la radioterapia, el procedimiento habitual en tumores como el de Morrell, que consiste en bombardear al paciente con rayos tóxicos, el aparato de la Shaio se vale de “sondas de alta energía producidas por el decaimiento radiactivo del cobalto, que es el rayo gama, para localizar con absoluta precisión el sitio a tratarse durante la operación”, explica Fonnegra.

Es un procedimiento científico. El reporte mundial de intervenciones con el artefacto apunta desde 1995 un total de 910 mil casos con una efectividad superior al 90%, y se emplea también en malformaciones arteriovenosas o cardiovasculares del cerebro, o para tratar temblores y algunos tipos de Parkinson, y trastornos compulsivos.

Los Morrell acudieron a la Shaio después de haber consultado esa decisión con el doctor Triana. La evaluación de la clínica bogotana indicó que primero debía hacerse una cirugía de cráneo abierto debido al tamaño del tumor. La cita se cumplió el 3 de diciembre del año pasado a las 8:00 a.m. y demoró ocho horas.

“Me dicen que cuando ingresé a la clínica caminaba dando saltos pequeños y con la cabeza hacia adelante”, como una avestruz que en cualquier momento va a darse de bruces. En la operación se extrajo el 50% del tumor, y Morrell tuvo 15 días de recuperación en Bogotá. Regresó a Panamá a pasar una Navidad “muy aburrida”.

El 16 de febrero, a las 8:00 a.m., se efectuó un segundo procedimiento sin la necesidad de abrir el cráneo del paciente. “Eso es bien solitario, entrar al gamma knife da la sensación de entrar a la nada, hasta pensé que me metía a una tumba, o sea, a un hueco oscuro, y solo se ven las luces producidas por el desteñido del cobalto color azul; no se puede uno mover”, detalla.

La intervención tardó cuatro horas. Al poco tiempo el panameño pudo moverse más y mejor, habló con cierta fluidez y pudo reírse por fin, aunque sin llegar a la carcajada letal.

Hace unas semanas, en un café de la vía Porras, Rogelio degustaba un emparedado. Entre bocado y bocado contó cómo rehace su vida profesional como trabajador independiente y cómo va su familia. De repente soltó una frase de fe típica de un guerrero: “Volveré a cargar a mi hijo”. Solo es cuestión de tiempo.

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