La ciudad de Óscar

Soñar una ciudad distinta. Construir una ciudad de ensueño. Romper con la rigidez y la monotonía e invocar la belleza natural de la línea curva para concebir y desarrollar un lugar donde vivir y no simplemente ocupar.

Es el legado al urbanismo que deja el recién fallecido Óscar Niemeyer (Brasil 1903 -2012).

Niemeyer, quien estudió en la Escuela de Bellas Artes (Brasil), de donde se graduó como ingeniero arquitecto en 1934, decidió empezar a trabajar sin cobrar para el urbanista Lucio Costa. No sería en balde, pues de esta cooperación derivaría que en 1956 juntos planearan una ciudad entera: la nueva capital del país, Brasilia. Y la completaron en apenas un lustro.

Niemeyer era un seguidor del arquitecto suizo-francés Charles Édouard Jeanneret-Gris, mejor conocido como Le Corbusier. La oportunidad de poner en práctica, en grande, los postulados de Le Corbusier se da tras la llegada al poder en Brasil del presidente Juscelino Kubitschek. Para romper la tirantez entre Río de Janeiro y Sao Paulo, se decide la creación de esta nueva capital del país, en medio de la selva. “Por una vez se partía de cero en una creación urbanística completa, sin limitaciones estructurales ni rémoras del pasado. Era, sin duda, la oportunidad tanto tiempo ansiada por los urbanistas de todas las épocas de hacer realidad la utopía urbana”, reseña Ignacio Martínez Buenaga, del Colectivo para la Renovación de los Estudios de Historia del Arte (Creha).

Costa proyectó la ciudad de Brasilia “como un amplio núcleo urbano atravesado por dos ejes transversales: en el eje corto (5 Km.) se construirían los edificios públicos y de carácter monumental. En el largo (20 Km.), los barrios residenciales. Este último además se concibe como un amplio plano lineal y ligeramente curvado para evitar la monotonía”, cuenta Martínez Buenaga. Vías, espacios perfectamente interrelacionados, completan el diseño urbano.

Los nuevos edificios, obra de Niemeyer, especialmente en el núcleo denominado Plaza de los Tres Poderes, donde se concentra el edificio del Congreso y el de la Administración, cuentan con una atrevida belleza.

Les tomó apenas cuatro años levantar una catedral, ministerios, congreso nacional, tribunal federal, sede de la cancillería y calles para los ciudadanos de la nueva capital.

Niemeyer, exiliado en París, por esas ironías del destino que permitieron a un grupo de militares dar un golpe de Estado en su país, siguió trabajando. Allí diseñó la sede del Partido Comunista Francés, corriente política en la que militaba y creyó siempre. En Italia, creó la sede de la editorial Mondadori y en Argelia, la Universidad Constantina, reseña El País.

“La arquitectura debe expresar el espíritu de las fuerzas técnicas y sociales que predominan en una época dada, pero cuando estas fuerzas no están equilibradas, el conflicto resultante es perjudicial para el contenido del trabajo y para este en general. Solo teniendo en cuenta esto, comprendemos la naturaleza de los planes y dibujos que aparecen en este volumen. Mucho me hubiera gustado encontrarme en condiciones de presentar un logro más realista: un tipo de trabajo que refiera no solo refinamiento y comodidades sino también una colaboración positiva entre el arquitecto y la sociedad en general”, decía Niemeyer.

En 1980 Niemeyer empezó su “retiro”. Se dedicó, a partir de entonces, a trabajar en el memorial de los amigos ya muertos, como el antiguo presidente Kubitschek, en Brasilia. Y durante los 30 años siguientes siguió proyectando, trabajando, planeando. Soñando.

El último gran proyecto de Niemeyer fue el Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi, en el estado de Río de Janeiro, “un platillo volante de suelos fucsias”, según El País.

Con casi 105 años al momento de su muerte, Niemeyer defendía tenazmente el valor de los sueños: “La gente tiene que soñar, de lo contrario no se realizan las cosas”.

Una tendencia también en Panamá

La tendencia a la que debe su influencia en su obra el gran Óscar Niemeyer tuvo también en Panamá algunos ejemplos que, sin embargo, el paso del tiempo ha ido borrando. Las líneas limpias, la preocupación por el paisaje, los espacios, eran fruto de una nueva arquitectura que nació y creció durante la primera mitad del siglo XX. En esta nueva arquitectura destacaba el “estilo internacional”, del que fueron cultores Walter Groupis y Le Corbusier. En Panamá, Edward D. Stone y Fred N. Severand materializaron el hotel El Panamá, un ícono de la ciudad durante mucho tiempo, con amplios jardines y espacios, que fue “mutilado” y transformado. Los edificios del campus central de la Universidad de Panamá fueron obra, a su vez, del arquitecto Octavio Méndez Guardia, discípulo del propio Groupis. También el campus fue perdiendo, con el paso de los años, su esencia debido a nuevas intervenciones.

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