HISTORIA Y PESO DE LA COMUNIDAD CHINA

La fiebre de la inseguridad

Los chinos están en Panamá desde el siglo XIX, y desde muy temprano se dedicaron al comercio. Hoy, la comunidad está golpeada por el crimen.

Dicen que en La Chorrera no hay otro tema de conversación. No solo en el centro, por las avenidas Libertador y de las Américas, sino en las calles y pueblitos circundantes como Las Yayas, Río Congo o Las Sangüengas.

Todos hablan y comentan, intercambian impresiones, comparten miedos, arman conjeturas y espe-culaciones. Todos terminan mencionando a Alcibiades Méndez –sí, ese mismo, el de los celulares, el del quiosquito verde–, a quien Amalia Carrillo describe tan solo con cinco palabras: “Es peor que una hiena”.

Méndez se ha declarado confeso de los secuestros y asesinatos de cinco jóvenes chorreranos que, como hijos de comerciantes chinos, ayudaban a sus padres a atender el negocio. Tenía su quiosco de reparación de celulares allí donde hace piquera el bus que sale hacia Los Chorritos, frente a la agencia de cobro del Idaan.

“A esa vaina debían prenderle fuego”, dice un hombre que pasa de prisa. En la frutería La Paz, ubicada justo al lado de Celulares José, nada saben decir del asesino confeso.

Carmen de Yángüez y Mayuli Herrera son buhoneras de la Peatonal, una galera corta y oscura con varios puestos de venta de chunches. Estaban allí el día de la marcha por la paz, consternadas, porque ambas compran sus mercancías en La Internacional, uno de los negocios de las familias afectadas.

“Casi todos los buhoneros nos abastecemos de La Internacional”, detalla una de ellas. “Ese hombre entraba y salía de la Peatonal... ¿Quién iba a pensar que era capaz de una cosa como esa?”, recalca.

Alcibiades Méndez era cliente frecuente de Novedades Angelina, la mayorista Casa Internacional, y del almacén Noverama. Todos situados en la avenida de las Américas, Méndez apenas si tenía que dar unos cuantos pasos para llegar a cada uno de esos locales.

“Es peor que una hiena”, repite Carrillo. Porque aún después de cometer sus primeros dos crímenes, Méndez seguía visitando los locales para abastecerse de las piezas que necesitaba para su propio negocio.

La comunidad china

En La Chorrera, la presencia de las familias chinas es añeja. Dice la señora Eloida que desde que nació “ya ellos estaban aquí”; y Eloida tiene 55 años.

Los primeros chinos que llegaron a Panamá vinieron durante la construcción del fallido canal francés, a mediados del siglo XIX. América estaba en pleno proceso abolicionista –oficialmente al menos– y los chinos e hindúes venían a reemplazar toda esa mano de obra negra que empezaba a ser libre.

Desde Amoy, Fuzhon, Macao, Shanton y Wampoa –todas localidades de Cantón–, los barcos se repletaban de trabajadores que huían de la pobreza. Llegados a Panamá, desembarcaban en Taboga, y de allí tomaban barcos más pequeños que los traían hasta playa Prieta, en el antiguo terraplén.

Por eso no es casual que el primer barrio chino de la ciudad de Panamá esté todavía en esa área. Tal como dice Juan Tam en su libro Huellas chinas en Panamá, los chinos fueron tomando el espacio, “concentrándose allí la vida social y económica, junto a sus negocios y propiedades”.

En Panamá existe un dicho: “Trabaja más que un chino”. No es gratuito, por supuesto, porque está comprobado que las familias chinas abren sus comercios al alba y cierran pasadas las 10:00 de la noche. Tienen ferreterías, lavanderías, restaurantes, comercios al mayoreo y tiendas de venta al detal.

Juan Antonio Fábrega Roux es vicepresidente de Asuntos Corporativos del Grupo Cervecería Nacional, y explica el peso comercial de la comunidad china de la siguiente manera: “Nosotros vendemos 1.8 millón de hectolitros de cerveza al año, y los chinos venden un millón de esos hectolitros”.

Todos los distribuidores –nombre usted a los de sodas, galletas, jugos o toallas sanitarias– dependen de las tiendas para vender sus productos. “Todo el comercio se vería impactado”, agrega Fábrega Roux, si las familias chinas decidieran cerrar sus negocios.

Y, precisamente...

El miércoles 21 de septiembre ocurrió por algunas horas. Como muestra de solidaridad, cientos de negocios de familias chinas cerraron sus puertas, mientras se hacía la misa y la marcha para recordar a Yessenia Lou Kan, Young Wu Ken, Joel Liu Wong, Samuel Zeng Chen y Georgina Lee Chen, las cinco víctimas de Alcibiades Méndez.

Para el resto de la población, el cierre fue demasiado inusual. No hubo, por ejemplo, dónde ir a comprar materiales de escuela. No se pudo llevar ropa a planchar. No hubo panadería abierta para resolver el desayuno rápido de madrugada, que miles de obreros engullen antes de abordar un bus.

Como ocurre con las fiestas judías y las tiendas por departamentos, el día que La Chorrera enmudeció para exigir paz, el comercio al detal se detuvo.

Los chinos, ciertamente, nunca la han tenido fácil. No solo murieron por las fiebres tropicales durante el siglo XIX y principios del XX –cuando se construía el ferrocarril interoceánico y el Canal de Panamá–, sino que incluso hubo un Presidente que fijó, constitucionalmente, la discriminación contra la “raza amarilla”.

Fue en 1941, cuando la Segunda Guerra Mundial estaba en pleno auge, y en la Zona del Canal persistía el sistema del Gold Roll y el Silver Roll (una copia de la política segregacionista de Estados Unidos).

Bajo el gobierno de Arnulfo Arias se redactó una nueva Constitución, y en su artículo 23 se establece: “El Estado velará porque inmigren elementos sanos, trabajadores, adaptables a las condiciones de vida nacional, y capaces de contribuir al mejoramiento étnico, económico y demográfico del país. Son de inmigración prohibida: la raza negra cuyo idioma original no sea el castellano, la raza amarilla, y las razas originarias de la India, el Asia menor y norte de África”.

Un poco antes, en octubre de 1940, Arias había dicho: “Toda afluencia migratoria que se dedique exclusiva o principalmente al comercio menor es un tanto parasitaria, y por consiguiente, poco beneficiosa a la economía general”.

Criminalizados y discriminados, los chinos empezaron a vérselas verdes. Para esos años perdieron incluso su cementerio, que no vinieron a recuperar sino después del año 2000.

El cementerio chino está en El Chorrillo y es administrado por la Sociedad Wah On.

Impacto de un crimen

Tras descubrirse los cuerpos, los chorreranos sienten que ya no es lo mismo.

La Chorrera todavía es, después de todo, un distrito rural en el que viven 161 mil 470 personas. Aunque el número de restaurantes de franquicias ha aumentado, el distrito es famoso, por ejemplo, por la gran cantidad de tierras que se utiliza para el cultivo de piña.

Pero con los secuestros y asesinatos de los jóvenes universitarios, los chorreranos se sienten de pronto como en el barrio más violento de la ciudad. La tragedia es incluso mayor, porque persiste la idiosincrasia del pueblo, aquella que permite saber que el chico tal es hijo de fulana, la prima de sutana.

Tal vez por esta misma idiosincrasia fue que la marcha del 21 de septiembre fue así de inmensa. No solo las asociaciones chinas de todos el país coincidieron en la avenida de las Américas, sino que estaban allí estudiantes y residentes varios.

Mientras los miles de manifestantes, silenciosos, caminaban por la arteria principal del distrito, desde las aceras y balcones había miles de ojos mirando con miedo e incredulidad.

El electricista, por ejemplo, dejó de colgar cables. Los taxistas detuvieron su marcha. Los jubilados se asomaron a las terrazas, y los que estaban sentados en mecedoras dejaron de mecerse.

El silencio fue tan inmenso durante esas dos horas, que ni las computadoras se oían porque las oficinistas las abandonaron, y los blowers quedaron colgados porque las estilistas también salieron para pedir paz.

El director del Diario Chino Latinoamericano, Leung Chu, estaba allí tomando fotografías. El Latinoamericano es uno de los tres periódicos que se publican para la comunidad china de Panamá, y cada día se imprimen unos 6 mil ejemplares.

Normalmente, Chu elige como notas de importancia las vinculadas con migración, impuestos y salud, “porque esos son los temas que afectan el diario vivir de los paisanos”.

El primer tema, porque con los chinos sigue dándose toda clase de “tratos” migratorios. El segundo, porque la comunidad está especialmente interesada en cualquier decisión que impacte sus negocios. El tercero, porque, como dicen, primero está la salud.

Pero ahora el Latinoamericano –y seguramente ocurra lo mismo en el Diario Chino Nueva Era y en El Expreso– está especialmente concentrado en este crimen que, como dijo un representante de la Asociación China de Panamá durante la misa, fue “un acto infinitamente cruel e insensato”.

Méndez identifica a cómplice

Alcibiades Méndez, el asesino confeso de los cinco jóvenes chorreranos, identificó a Fermín Antonio Taveras Ramírez, mejor conocido como Ángel Bethancourt, por medio de registros fotográficos, dijeron fuentes judiciales.

En su indagatoria, Méndez no solo identificó a Taveras Ramírez como su cómplice, sino que libró de culpas a su novia, cuya identidad no fue revelada, pero a quien la fiscalía ya le había formulado cargos por secuestro y homicidio.

Méndez dijo que esta mujer desconocía lo que él estaba haciendo, y que incluso, cuando cobró el último rescate, le indicó que se trataba de un trabajo que había hecho.

Pero la fiscalía tiene otra opinión, ya que ese día la mujer se trasladó con Méndez para cobrar el dinero.

El fiscal Dimas Guevara decidió mantener la detención de la novia de Méndez porque no explicaba con coherencia su presencia en los lugares donde se cometieron los actos delictivos.

La diligencia de indagatoria a Méndez fue suspendida ayer, pues su abogado de oficio tuvo que retirarse para atender otras responsabilidades legales.

El fiscal identificó a Méndez y a Taveras Ramírez como participantes primarios en los delitos de secuestro y asesinato de los jóvenes Yessenia Lou Kan, Young Wu Ken, Joel Liu Wong, Samuel Zeng Chen y Georgina Lee Chen.

Se conoció que Taveras Ramírez entró a Panamá con identidades falsas, entre estas Ángel Bethancourt, y los funcionarios de instrucción encontraron en su residencia documentos con nombres falsos.

Elio Núñez

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