CREADOR. FIGURA LITERARIA.

Se fue uno de los grandes

Fundador, junto con otras figuras descollantes del ´boom´ de la literatura latinoamericana, el escritor Carlos Fuentes falleció ayer en la ciudad de México.

Todos tenemos una cita con la muerte, por lo que su presencia entre los vivos no debería extrañar a nadie, pero igual sorprendió cuando ayer la dama visitó al escritor Carlos Fuentes.

El narrador mexicano falleció a los 83 años en el hospital Ángeles del Pedregal de la ciudad de México.

El escritor nicaragüense Sergio Ramírez manifestó a La Prensa que Fuentes “deja con su muerte un vacío en mi vida, devoto suyo como fui desde mi lectura de Aura y el Cantar de ciegos, dos libros que abrieron en mí la perspectiva del escritor que yo quería llegar a ser en tiempos de adolescencia” .

A Ramírez también le conquistó “su visión ecuménica de la literatura, como un reflejo revuelto de la historia total de América, de la que, haciendo uso de la imaginación, el escritor no debía ser sino un cronista osado y aventurado, obligado a verlo todo y contarlo todo, desenterrándolo todo”.

El Fuentes escritor le enseñó a Ramírez “una incontestable calidad ética teñida de rebeldía juvenil, nunca dispuesto a callarse. Su palabra como un ejercicio constante de la libertad. Siempre persiguiendo la excelencia de la escritura, su novedad, libro tras otro, hasta el mismo final. Fuimos amigos por más de 30 años. Y en esta casa, en Managua, estoy de luto, encerrado en mi estudio, lamiendo esta herida”.

Gloria Guardia, escritora y académica panameña, recuerda que compartió momentos inolvidables con Fuentes en Bogotá y Cartagena. “Él era lo que los colombianos llaman ´una caja de música”, señala.

Orit Btesh, actual presidenta de la Cámara Panameña del Libro, señaló que “la partida de este genio de las letras deja un gran vacío que solo puede ser llenado por su legado literario, y que sirva de inspiración para los autores emergentes”.

El novelista panameño Justo Arroyo, que conversó varias veces con Fuentes en México, cuando el creador istmeño estudiaba en la Universidad Nacional Autónoma, lo califica como uno de esos escritores que “se producen cada milenio. Su extraordinaria cultura, su dominio del lenguaje, que le llevó a crear uno de los estilos más originales y hermosos, lo colocan a la par de inmortales como Tolstoy, en Rusia; Flaubert, en Francia, y Hemingway, en Estados Unidos”.

Briseida Bloise, representante en Panamá de la editorial Alfaguara, empresa que edita buena parte de la obra de Fuentes para Iberoamérica, definió a Fuentes como un artista que supo plasmar en sus libros no solo la realidad social de México sino de toda América Latina.

Bloise informó que en Panamá la obra de Fuentes fue bien recibida, en particular sus novelas La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, La silla del águila y Los años con Laura Díaz, y los relatos aparecidos en El naranjo.

El autor

Los primeros pasos de Carlos Fuentes en el sendero de las letras los dio a los 26 años cuando publicó un conjunto de relatos en Los días enmascarados (1954).

Los críticos y estudiosos señalan que sus momentos cumbres se dan entre las década de 1950 y 1980, cuando presentó obras maestras de la narrativa como Las buenas conciencias, La muerte de Artemio Cruz, Terra Nostra y Gringo viejo.

En opinión de Guardia, Fuentes “abrió puertas y ventanas, trazó autopistas, nos condujo a los grandes escenarios de la literatura universal, y acaso lo más importante: gracias a él y a sus contemporáneos, los novelistas y ensayistas de Iberoamérica alcanzamos el sueño de Darío: nos convertimos en contemporáneos de todos los tiempos, de todas las culturas y de todos los hombres”.

De acuerdo con Rosa María Britton, novelista y médica nacional, que coincidió con él en las ferias del libro de Buenos Aires (Argentina) y Guadalajara (México), las mejores novelas de Fuentes son La región más transparente, Aura, La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel y los cuentos recogidos en Cantar de ciegos.

PREMIOS

Si bien obtuvo distinciones como el Príncipe de Asturias, el Cervantes y el Menéndez Pelayo, y el doctorado honoris causa de Harvard y Cambridge, el Nobel de Literatura nunca le llegó.

“Es una vergüenza que, como ocurrió con Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, no le hayan otorgado el Nobel”, dice Justo Arroyo.

¿Motivos? Quizás porque la Academia Sueca ya le había entregado el Nobel de Literatura a su compatriota Octavio Paz y después al colombiano Gabriel García Márquez y al peruano Mario Vargas Llosa, fundadores junto a Carlos Fuentes del llamado boom de la literatura latinoamericana.

De paso, eso del boom, que le dio categoría universal a la literatura latinoamericana en la segunda mitad del siglo pasado, no le hacía mucha gracia a Fuentes, porque consideraba que era un mero mote comercial para vender más libros.

Vocero de la sociedad

A lo mejor porque creció en medio de dictadores y crisis sociales, fue un intelectual que siempre tuvo una opinión ante los hechos que afectan al planeta.

De allí que Rosa María Britton resalte no solo al “escritor que marcó una estela importante en la literatura latinoamericana”, sino que también destaque al controvertido activista político que fue Carlos Fuentes, “quien siempre se mantuvo en un ámbito de respeto a las ideas ajenas, pero que fue un gran crítico del poder”.

“Era polémico pero generoso, y a nadie dejaba indiferente”, rememora Justo Arroyo, quien agrega que “llamaba la atención por ser el centro de la atención, sin proponérselo. Fue uno de los primeros ejemplos del escritor como medida de las cosas, y su influencia era comparable con la del poeta Octavio Paz, al punto que ambos polarizaron la cultura mexicana”.

´A Panamá le deseo ventura´

Carlos Fuentes nació en Panamá el 11 de mayo de 1928, aunque su familia es originaria de Veracruz (México). Por motivos laborales de un padre diplomático, se convirtió en un saltimbanquis. Su niñez la pasó en Washington (Estados Unidos) y su juventud la repartió entre Santiago de Chile y Buenos Aires (Argentina). De adulto su residencia era México e Inglaterra.

Cuando lo entrevisté, en abril de 2003, le pregunté por haber venido al mundo en este istmo. Su respuesta fue la siguiente: “Panamá es un país que quiero entrañablemente. Nací allí; es verdad que lo dejé a los dos meses de edad. Mi padre fue embajador de México en Panamá en los años de 1950. Luego regresé a Panamá muchas veces, continúe viejas amistades e inicié nuevas amistades. Es un país al que le tengo un inmenso cariño y al que le deseo la mayor ventura”.

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