Fulvia Villarreal Montilla

La madre de las mascotas olvidadas

Ha dedicado casi 20 años al cuidado de los animales. Actualmente administra el Albergue de Amigos de los Animales y la Naturaleza.

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Fulvia, junto a ‘Lulú’, una coqueta perra que vive hace años en el albergue. Fulvia, junto a ‘Lulú’, una coqueta perra que vive hace años en el albergue.

Fulvia, junto a ‘Lulú’, una coqueta perra que vive hace años en el albergue.

Son más de 80 los gatos que actualmente se encuentran refugiados en busca de un hogar permanente. Son más de 80 los gatos que actualmente se encuentran refugiados en busca de un hogar permanente.

Son más de 80 los gatos que actualmente se encuentran refugiados en busca de un hogar permanente.

Algunos de los perros reciben a Fulvia todas las mañanas cuando llega al albergue. Algunos de los perros reciben a Fulvia todas las mañanas cuando llega al albergue.

Algunos de los perros reciben a Fulvia todas las mañanas cuando llega al albergue.

Cuando Fulvia entra, vestida de negro y con un antiquísimo bastón en mano, el ruido que la recibe es ensordecedor.

Tan solo un minuto antes, la veintena de perros detrás de la reja se revolcaba en la tierra. Pero ya la han visto y parecen no caber en sí mismos: ladran, mueven la cola, saltan.

A sus espaldas, los visitantes que antes eran dueños de la total atención de las mascotas, han sido olvidados. La conmoción es tal que pronto el vestuario negro de Fulvia lleva la marca de patas de todos los tamaños y, mientras esta ríe y trata de saludar, uno que otro le planta el más húmedo de los besos.

Fulvia Villarreal tiene 65 años, dos hijos y casi 20 años involucrada en el cuidado de perros y gatos que, maltratados o abandonados, no tienen hogar.

Desde 2009 es la directora del Albergue de la Asociación de Amigos de los Animales y la Naturaleza. La organización sin fines de lucro que maneja el albergue se estableció en 1990 y enfrenta la difícil realidad de recibir de manera fija donaciones por mil 600 dólares pero tener que afrontar gastos operacionales de alrededor de 4 mil 300 dólares.

Los números por sí solos son abrumadores, pero lo que significan para el grupo de perros y gatos que día a día despiertan en el albergue es aún más apabullante: a veces no hay dinero para comprarles alimento.

En esos días, en los que Fulvia no puede recurrir a alimentar a los adultos con comida de cachorros porque de esa tampoco hay, la comida la costean sus propios ingresos y una que otra donación que llega cuando la situación del albergue se comparte en las redes sociales.

Pero aquella desesperación propia de una madre adoptiva no es palpable cuando Villarreal entra esa mañana. En ese momento todo lo que hay son sus cachetes apretados en una sonrisa, su bastón abriendo paso entre las colas y el amor que se le desborda cuando se acerca un gato de pocos meses al rostro para darle un beso.

Su amor por los animales empezó desde que era una niña creciendo en El Pedregoso, un pueblo en Pesé, provincia de Herrera. En ese entonces discutía con su padre, un campesino, que salía de casa con los bueyes para la faena diaria. Una pequeña Fulvia peleaba el uso de chuzos para apurar el paso de los bueyes y trataba, a veces en vano, de llevar mascotas al hogar.

Con solo tres años de secundaria a sus espaldas, se mudó a la ciudad y antes de que las cosas mejoraran para su padre, un hombre emprendedor y dedicado del que hace menos de un mes le tocó despedirse, llegó a trabajar como doméstica en casas de familia.

La mayor de siete hermanos, Fulvia buscó para ellos un futuro mejor y veló por la educación de cuatro a los que se encargó de cuidar en la ciudad.

Cuando creció encontró el amor con Anselmo Navarro, un español con el que se aventuró al mundo de la literatura. Juntos tuvieron dos librerías Mundo Cultural y Difusión Cultural. Se dedicaron a repartir libros y a vender textos, pero el emprendimiento terminó cerrando sus puertas por la poca afluencia de lectores.

Anselmo, con quien compartió tres décadas de matrimonio, la introdujo a la tradición de la siesta. Solo que ella, en vez de pasarla descansando, la utilizaba para visitar a los niños del interior que se encontraban en el Hospital del Niño. Aquello lo hizo mientras un médico amigo se lo permitió. Al contarlo sus rostros vuelven a su mente: la sonrisa con la que la recibían y las lágrimas con las que la despedían al partir.

Cuando la situación cambió y no pudo visitar más el hospital, su tiempo de la siesta se lo dedicó al cuidado de ancianos en el asilo, limpiándolos y afeitándolos.

Un buen día pasó por el albergue, cuando este se hallaba en su hogar anterior cerca del Hipódromo Presidente Remón. Una mujer que acababa de perder su hogar estaba en la puerta, con cinco perros a sus pies. El futuro de la señora era incierto, pero mantenía la inmovible resolución de hacer lo que fuera para que le permitieran dejar a sus mascotas en el albergue. Algo en esa imagen le habló a Fulvia y, desde ese día, se inició como voluntaria.

Al principio, por tener la ventaja de contar con un carro propio, se dedicaba a recoger perros y gatos que eran denunciados como abandonados o que habían sido atropellados. Dedicada al negocio familiar, una imprenta y dos librerías, su tiempo libre lo pasaba con los animales.

A los pocos años quedó trabajando de planta en el albergue hasta que hace seis años tomó el rol de administradora.

“Es un don que yo creo que tengo. El don de servir”, cuenta mientras recuerda su trayectoria, sentada en un patio de tierra al que espera pronto ponerle un piso gracias a una donación de 100 dólares que hace poco recibió la fundación.

A su alrededor la conmoción de su llegada y la de los nuevos visitantes ha dejado a los perros cansados. La mayoría se encuentra ahora en ese limbo, en el que se está más dormido que despierto sin estar en definitivo en ninguno de los dos estados, y a sus pies más de dos respiran descansando.

La complicada tarea de cuidar animales

Con el bastón sobre el regazo, la resiliencia parece desbordarse por sus poros cuando cuenta las dificultades que día a día enfrentan en el albergue.

Con una molestia que se le hace visible cuando frunce las cejas, recuenta los cinco cachorros que solo en la semana anterior fueron dejados fuera de sus puertas. Acciones como esa han hecho imposible compartir con voluntarios la dirección exacta del albergue, ya que muchas veces la exposición en los medios ha traído consigo un aumento de mascotas abandonadas en sus puertas.

Mensualmente reciben ayuda de Spay Panamá y del Municipio de Panamá, pero la falta de personal la obliga a visitar ella misma los supermercados recolectando el dinero que se ha recaudado en las alcancías que les permiten mantener en las cajas, así como buscar la comida y las medicinas.

Es dueña de múltiples sombreros: administradora, contadora, rescatista y hasta veterinaria para las veces en las que los animales tienen gripe. Se enorgullece cuando declara que los más de 160 perros y los 80 gatos que viven allí se encuentran esterilizados y que no contribuirán con la creciente población de mascotas.

“Con cada perrito que entra aquí yo lo cuido, lo baño, le doy los medicamentos. Ellos piensan que yo soy la protectora y cuando llego no me dejan entrar”, cuenta entre risas. Como llamada por lo comentado ‘Lulú’, una coqueta perra, trepa sus patas en el regazo de Fulvia.

“No hay perro que yo vea que no me quiera”, declara. Al verla en semejante cuadro sería imposible no creerle.

Fulvia y los perros que tanto ama, despiden al borde de la cerca. Los ladridos se han vuelto ensordecedores nuevamente y ella, en el medio de toda aquella locura, sonríe.

PERFIL

servicio.

Fulvia Villarreal tiene 65 años y nació en Pesé, Herrera. No culminar la secundaria no fue impedimento para ser propietaria, junto a su esposo, de las librerías Mundo Cultural y Difusión Cultural. Actualmente es dueña de la imprenta Montilla y directora del Albergue de la Asociación de Amigos de los Animales y la Naturaleza, organización sin fines de lucro de la que también es secretaria.

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