PASCUAL RUDAS

El pintor de la calle de Las Albinas

El artista chilibreño se inspira en los rasgos de Panamá: el agua, la inocencia, la figura humana, los paisajes y el abstraccionismo.

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El autor, delante de un cuadro suyo de dos mujeres despreocupadas. Él tiene 33 años de edad y su obra ha sido ya valorada por panameños y extranjeros. El autor, delante de un cuadro suyo de dos mujeres despreocupadas. Él tiene 33 años de edad y su obra ha sido ya valorada por panameños y extranjeros.

El autor, delante de un cuadro suyo de dos mujeres despreocupadas. Él tiene 33 años de edad y su obra ha sido ya valorada por panameños y extranjeros.

Priscila, la hija de Pascual Rudas, es la figura recurrente de la última serie del pintor. Priscila, la hija de Pascual Rudas, es la figura recurrente de la última serie del pintor.

Priscila, la hija de Pascual Rudas, es la figura recurrente de la última serie del pintor.

Priscila, con su nombre de una modelo, con la fuerza de una mujer pero con la edad de una niña de seis años...

Priscila, porque en ella se vierte toda la fuerza creadora de un artista panameño dispuesto a intentar la hazaña de reinventar el mundo como lo hicieran Degas con aquellas bailarinas celestiales, o Toulouse–Lautrec con el París de la bohemia. O Rubén Blades con su gestación de ese camaján de la vida que se llama Pedro Navaja.

Priscila es la hija del pintor Pascual Rudas y la figura central de su última serie titulada “Al vaivén de las olas”. En la obra surge la niña frente al mar con esos ojos felices que escapan a la vista del espectador porque ella le da la espalda. En otro cuadro se para en el último peldaño de una escalera de vértigo y alcanza el cielo con las manos mientras abajo se mueven las olas y al frente se extiende un horizonte lejano.

En otra tela, Priscila camina entre la espuma del agua de mar y no se sabe si estas pinturas representan la inocencia o el arresto temerario de un ser maravilloso.

Rudas lo define como un surrealismo: “Son el sueño y la pesadilla en uno solo. Pese a esta mezcla posible en el día a día, las cosas siguen su marcha”.

Como sea que aparezca la pequeña, todavía en el candor de la niñez, encarna la fuerza creativa de un hombre de 33 años de edad que bien habría podido ganarse el pan con el honrado y valiente trabajo de electricista, según la carrera técnica estudiada por él cuando solo tenía 20 años.

De la misma forma como su padre, Abdiel Rudas, se buscó el sustento durante años en labores de albañilería hasta que un cáncer se lo llevó por delante dejando 10 hijos y una madre a cargo.

No se sabe bien en qué radica el impulso de un artista, si en la rabia, el vacío, el amor o las ensoñaciones. Pero en el caso de Rudas es la experiencia febril de un pintor que “soba” los pinceles con un trazo fresco y que siluetea el agua, la inocencia, la figura humana, los paisajes y el abstraccionismo.

“Esto ha sido como una especie de universidad. Antes de esta serie soy una mezcla de todo. La propuesta busca que las personas identifiquen el cuadro y puedan ver al artista”.

Chilibre

El autor de “Al vaivén de las olas” creció en los alrededores de la laguna de Chilibre. Una niñez “alejada de la dictadura de la década de los ochenta”, colmada de agua y humedad en “un entorno de feliz inocencia”. Esto último debe de ser cierto porque los cuadros de la serie logran aprehender el pasado de un hombre a través de los juegos de su hija.

Al principio de la aventura de dedicarse de lleno al arte, sin una televisión cerca, el pintor se dedicó a copiar las tiras cómicas de Kalimán o Memín, y recuerda en especial un “dibujo extraordinario” por la realidad que lo embestía. “Empecé a rayar con lápiz, pluma o cualquier cosa que cayera en mis manos, sobre las hojas limpias de los cuadernos viejos del año anterior”.

La faena lo llevó a dejar a un lado los héroes para plasmar las figuras de familiares, vecinos y autoridades. Eran caricaturas, primero, e ilustraciones después, concernientes a los habitantes de un lugar remoto por su atraso e inocencia en comparación con la capital.

Entonces los pobladores de Chilibre empezaron a hablar del hijo de Abdiel Rudas, a quien le perdonaban las audacias figurativas porque el chico “tiene su talento” y eso hay que respetarlo.

Sus trabajos se volvieron el tema de conversación entre los chilibreños y a veces suscitaban sus carcajadas, aunque también cierta molestia en algunas oportunidades, que era cuando el agraviado preguntaba: ¿Quién fue? Y le contestaban: El dibujante de la calle de Las Albinas. “La cosa era hacer que la gente se divirtiera”.

Vivía Pascual con sus padres y hermanos en una casa de un lote sobre la calle de las Albinas, del corregimiento de Chilibre. Una familia apegada a los principios bíblicos, temerosa de Dios y predicadora de buenas nuevas sobre la Tierra. “Una familia muy religiosa. Nos enseñaron a decir No y nos regíamos por los principios de protección y respeto. Mi mamá es una gran persona. Nos insistió mucho en la educación. Y mi padre fue muy trabajador y responsable”.

Quiso el dibujante seguir el consejo de siempre de sus padres de “estudiar algo” para salir adelante y se matriculó en la Escuela Artes y Oficios donde debía aprender electricidad.

“Yo tampoco creía que iba a poder vivir del dibujo; ellos pensaban que perdía el tiempo rayando papel”. Obtuvo un trabajo de colaborador en una empresa de decoración de casas y apartamentos, una labor con la que “debía conseguir lo mío”.

En las noches le torcía el cuello al ganso del destino. Se dedicaba por horas a dibujar y pintar, con la vocación de las personas que no saben para dónde van pero que siempre llegan. “Henry Bellido, pintor chilibreño, ha sido una referencia allá y pensé que yo también podía trabajar como él. Me inscribí en el Instituto Superior de Bellas Artes del Instituto Nacional de Cultura”.

En la academia vio que la acumulación de los nutrientes de un artista cobra sentido en algún momento. Solo es cuestión de esperar. “Cuando estudié electricidad veía a los ‘diablos rojos’, de tonos encendidos, voluptuosos, y muchos paisajes coloridos, naranjas; y en la empresa de decoración aprendí a reconocer tonos más tranquilos cuando pintábamos habitaciones de niños o de personas de la tercera edad”.

El profesor Silfrido Ibarra recomendó a Rudas en la galería Weil Art y allí se topó con los bonos vencidos y obsoletos de la construcción del Canal. Se le ocurrió que podía recuperar el valor de los títulos si pintaba en ellos personajes de la historia reciente de la humanidad, desde Chaplin hasta Irving Saladino y desde Gandhi hasta Obama, quienes han tenido algo o mucho que ver con Panamá. A propósito, Barack Obama tiene ya el bono con su imagen sobre el Canal.

Pero es en las mujeres en las que se revela una faceta de avanzada del pintor. Con ellas se quiebra su expresión de escasas palabras, sus gestos medidos. Son mujeres de carne trémula que se doran al sol en la playa. Que tienen formas elásticas e insolentes y que saben de la vista fugaz de los periodistas.

El pintor luce fit y suele ponerse camisa de manga larga, siempre por dentro del pantalón. Lleva peinado de banquero, los zapatos bien lustrados y un reloj que indica que las cosas van bien.

La imagen se rompe al momento de trabajar. “Aparece el caos. No importa si se derraman las pinturas o si me lleno de manchas. Tengo un trazo rápido, fresco; otros lo hacen más despacio, con otros tiempos. Son estilos”.

El trabajo se detiene por el momento en “Al vaivén de las olas” que se exhibirá a partir del próximo jueves, 25 de junio, en la galería Artistry & Co. Los emblemas de la serie son Priscila y el mar.

“La mujer es el agua”, dice el pintor panameño creador de un mundo de figuras y situaciones propias, un verdadero cultor del crisol de razas. Es Panamá en la punta de un pincel.

UN ESTILO DE VÉRTIGO

PASIÓN.

‘Cuando trabajo aparece el caos. No importa si se derraman las pinturas o si me lleno de manchas. Tengo un trazo rápido, fresco; otros lo hacen más despacio. Soban las telas a un ritmo menos veloz. Ellos manejan otros tiempos’.

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