DANIEL SAMPER OSPINA

'Ser político es una forma de perder el temor al ridículo'

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Daniel Samper Ospina es experto en burlarse de los demás… y de sí mismo. Hijo del reconocido periodista Daniel Samper Pizano y sobrino del expresidente Ernesto Samper Pizano, el periodista que dirigió la revista SoHo y se volvió youtuber para ver si así vendía más libros, no solo logró su fin, sino que hace poco presentó su primer stand up comedy.

Y en él hizo tanta gala de su irreverencia y sarcasmo como en su columna dominical en la revista Semana: no dejó títere con cabeza. Uno de sus chistes provocó que el expresidente colombiano Álvaro Uribe le dijera violador de niños, insulto del que la semana pasada se vio obligado, por orden judicial, a retractarse. Minutos antes de subirse a un avión se enfrentó a un Knockout de última hora.

¿Está satisfecho con la retractación de Uribe?

Más que eso, y acostumbrado a su estilo histórico, supuse que sería así: sin gallardía, generosidad, ni grandeza. Pero fue obligado y eso me resultó suficiente.

Usted se burló del nombre de Amapola, la hija de la congresista Paloma Valencia. ¿Nadie se ha burlado del nombre de sus hijas, Guadalupe y Paloma?

Recuerdo alguna columna de mi papá sobre el bautizo de alguna... que si había que ponerle Guadalupe a una o Monserrate a otra. Pero la tradición de burlarse de los nombres abunda en la literatura.

¿El incidente con Uribe le dejó alguna lección?

Me permitió vivir en carne propia el manual de la difamación uribista. Siempre lo había visto desde la orilla, pero nunca había pasado por la trituradora tan bien montada que tiene.

Se burla más de Uribe que de los demás políticos, debe aceptarlo…

Procuro repartir palo para todos lados, pero debo reconocer que él inspira la sátira que quizás otros no. A lo mejor Gustavo Petro la tenía cuando era alcalde de Bogotá… Y el afán de protagonista de él lo pone como blanco.

¿Qué es lo que no le gusta a Uribe de la paz?

Que si hay paz y no hay FARC él se queda sin discurso. Y que la paz no la hizo él.

¿Colombia alcanzará de verdad la paz?

Necesitamos una paz política. El gran insurrector de la paz política ya no son las FARC, sino Uribe. Esa pelea hay que desactivarla con él.

¿Qué alto funcionario del gobierno del presidente Juan Manuel Santos es digno de sus sátiras?

Santos. A veces lamento que Uribe se robe tanto protagonismo, porque Santos tiene una vocación al ridículo para chuparse los dedos. Cuando salió en bóxer, en frac naranja: clásicos.

¿De quién más es sabroso burlarse?

De [los exvicepresidentes] Germán Vargas Lleras, Angelino Garzón… Pero por ejemplo, hacer sátira sobre Maduro es difícil, porque él es su propia sátira. Se necesitan personajes que tengan un ángulo ridiculizable, pero no todo. Ridiculizar a un ridículo es casi imposible.

¿Quién más califica en esa categoría?

Donald Trump. Es otro ridículo por naturaleza.

Tres defectos burlables de usted mismo.

La calvicie, la barriga –un gran homenaje a la cuajada [queso blando]– y la falta de trasero, que está encarnada, o desencarnada, en mí.

¿Qué achaques le empezaron a los 40?

La falta de sueño, la eterna duración de los guayabos [“goma”], la exacerbación de ciertas neurosis como indignarme si mis hijas no apagan las luces... y el temible chequeo de la próstata.

¿Ya se lo hizo?

Lo hicieron a mis espaldas, como dice mi tío.

Eso dijo sobre el ingreso de dinero del narcotráfico a su campaña. ¿Que a él se le resbalen sus burlas lo hace admirable o cínico?

Lo convierte al menos en un político tolerante y con sentido del humor.

¿Qué le contesta a quienes dicen que usted recicla los chistes que hacía su papá en sus columnas?

Ya quisiera tener la memoria para poderlos reciclar, porque otra cosa que pierde uno a los 40 es la memoria.

Tres políticos que no dan material de burla.

[El negociador del gobierno con las FARC] Humberto de la Calle... es demasiado estadista. Guillermo Rivera, ministro de Gobierno, y Rafael Pardo [alto consejero para el postconflicto]. Es difícil verlos hacer el ridículo. No bailan en campaña. No parecen políticos. Es que ser político es una forma de perder el temor al ridículo. Todos hacen el ridículo. Saben que deben hacerlo.

¿En qué no ha podido superar Santos a Uribe?

En comunicación. Del resto, al no ser un caudillo, se sabe inferior a las instituciones. Y eso no hay cómo agradecerlo.

¿Cuántas demandas le han puesto?

Como director de SoHo, varias. Pero no tengo un historial muy largo.

Se hizo youtuber ‘para seguir siendo periodista’. Algo anda mal, ¿no?

Sí. El desprestigio no tiene reversa y lo demuestro cada vez más.

Ya hasta se desnudó. ¿Qué más haría si lo de youtuber dejara de dar plata?

No tengo planes inmediatos. Ah, y ya fui standupero.

Ese ‘stand up’ tuvo 20 mil espectadores. Entre eso y los videos, ¿cómo lucha contra su conocida timidez?

Esta época exige romper paradigmas y acomodarse a los nuevos formatos. Hacerlo exigía perder el temor al ridículo y ser protagonista de los contenidos. Por fortuna se filman de manera íntima.

¿En las redes recibe más apoyo o insultos?

En la red que más se crispan los ánimos es en Twitter. De esgrima, escupitajo y demás. Es la verdadera cloaca de la opinión. En Youtube son más seguidores. Y en Facebook también.

¿Ya es millonario?

No. Pero no pierdo el empeño ni la fuerza. Si esto no funciona, monto una iglesia.

Un consejo a los humoristas.

Siempre repasar a los grandes humoristas. Woody Allen, Jerry Seinfeld, Alfredo Bryce Echenique…

Uno a los políticos.

Una vez un político ecuatoriano fue a ver a un humorista que se burlaba mucho de él. A la salida, un periodista le preguntó que por qué fue a verlo burlarse de él. Le dijo: para demostrar que no importa si un ciudadano se burla de un político. Lo grave es que un político se burle de un ciudadano.

¿Qué le parece Ricardo Martinelli?

Me despierta muchísimos resquemores y dudas. Y creo que tuvo prácticas algo gemelas con un expresidente que tuvimos por acá…

¿La carta de Uribe apoyándolo es cinismo, hermandad o solidaridad de políticos en aprietos?

Todas las anteriores.

¿Y qué tal Varela?

Tendría que enterarme más de él.

El chiste del que se arrepiente.

Muchísimos. El gran riesgo de un humorista es quemarse con el voltaje de sus propios chistes. Lo importante no es saber de qué se va a burlar uno, sino cómo. En ese ejercicio es muy fácil que a uno se le vaya la mano: destemplar no al blanco de la crítica, sino al lector. Todavía se me va la mano, pero cada vez tengo más consciencia de que me estoy formando. Un verdadero humorista siempre está en formación.

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