ANÁLISIS

Los ratones no llegan a gato

La oposición acusa al gobierno de robarse las elecciones, y el gobierno acusa a la oposición de buscar un golpe de Estado.
CARACAS. Altamira es el bastión de la oposición venezolana, que ha realizado protestas en este sector para exigir al CNE el recuento de votos. Sin embargo, esta mañana la vida transcurría tranquilamente. LA PRENSA/David Mesa CARACAS. Altamira es el bastión de la oposición venezolana, que ha realizado protestas en este sector para exigir al CNE el recuento de votos. Sin embargo, esta mañana la vida transcurría tranquilamente. LA PRENSA/David Mesa
CARACAS. Altamira es el bastión de la oposición venezolana, que ha realizado protestas en este sector para exigir al CNE el recuento de votos. Sin embargo, esta mañana la vida transcurría tranquilamente. LA PRENSA/David Mesa

Hugo Rafael Chávez Frías murió el 5 de marzo. Pero es ahora, cuando transcurre la inercia de su liderazgo, que Venezuela empieza a echarlo en falta. Los seres humanos somos, en nuestro yo más profundo, seres que –por encima de todo– buscan el orden y aborrecen el caos. Parafraseando a Herman Melville, estamos dispuestos a sacrificarlo todo –incluso la mismísima belleza– en aras del orden. Sobre el papel, hay muchas maneras de lograr el orden. 

La historia, sin embargo, muestra que las épocas más duraderas de paz –global, regional y local– han llegado tras la imposición –por consenso, como la democracia, o fuerza bruta, como el colonialismo– de órdenes jerárquicos, en los que un ente manda y otro(s) obedece(n). Kenneth Waltz, una de las grandes mentes en el campo de las relaciones internacionales, escribió que “lo opuesto a la anarquía no es la estabilidad, sino la jerarquía”. 

En consecuencia, es solo cuando ese ente hegemónico flaquea, o desaparece, que el orden se rompe. La etapa siguiente puede ser mejor o peor, pero rara vez llega sin un período de caos y lucha por el poder. 

El comandante

Hugo Chávez fue el amo absoluto de la política venezolana por casi 15 años. Y más allá de los logros y fracasos, aciertos y desaciertos de su proyecto 'revolucionario', la medida de su liderazgo está en que supo imponer –y mantener— un orden que trajo estabilidad política al país.

Todas estas cosas se han ido volviendo cada vez más claras desde aquel día de diciembre cuando, tras la última de sus victorias, abandonó Caracas para no volver a aparecer en público jamás. Pero ha sido desde el día de su muerte, y sobre todo desde las elecciones del pasado domingo, que la nostalgia por Chávez –entre chavistas y opositores por igual— se ha ido multiplicando.

La primera muestra fueron los resultados de las elecciones. Unas 700 mil personas se pasaron del lado oficialista opositor. Este fenómeno, aparte de producir una de las elecciones más reñidas en los últimos años, demostró que quienes votaban por Chávez lo hacían porque querían, y no tras ser intimidados, sobornados u obligados.

Mucha gente, además, se apresuró a decir que la 'revolución' –o incluso el chavismo en sí—estaba herida de muerte. Pero un análisis profundo de las campañas electorales lleva exactamente a la conclusión opuesta.

“Los ajustados resultados”, escribió Greg Grandin en la revista The Nation, “no pueden ser interpretados como unrechazo del chavismo, pues [Henrique] Capriles prometió una consolidación de los avances del chavismo, y se presentó como un mejor gestor del legado de Chávez que Maduro”.

Capriles. Hugo Capriles

Durante la campaña de 2012, Capriles tuvo varios desencuentros con muchísimas facciones de la oposición venezolana.

A muchos no gustó para nada que el joven gobernador del Estado de Miranda se comparara repetidamente con Lula da Silva, y que prometiera firmemente continuar –incluso profundizar— las misiones sociales establecidas por Chávez.

Capriles, gustara a quien gustara, había entendido que el camino a la victoria pasaba por Chávez: comenzó a vestir los símbolos patrios, y llegó a declararse “bolivariano” y “antiimperialista”.

La estrategia funcionó, y tras la muerte de Chávez se empezó a profundizar. Capriles bautizó a su comando de campaña “Simón Bolívar”, y su parecido con el fallecido presidente se fue acentuando progresivamente.

Por momentos, Capriles hablaba como Chávez, gesticulaba como él, contaba anécdotas e intentaba sonar franco y campechano. Dos eslóganes, basados en ídems chavistas (“¡Los que quieren Patria, vengan conmigo!” vs “¡Los que quieren futuro, vengan conmigo!”, y “Ahora Venezuela es de todos” vs “Venezuela es de todos”) le abrieron aún más corazones venezolanos.

Y sus promesas eminentemente 'revolucionarias' –construcción de 200 mil casas al año y aumento del salario mínimo— lo colocaron a la vanguardia del panorama político venezolano y, trágicamente, a menos de 300 mil votos de ser presidente de Venezuela. Su derrota electoral, sin embargo, no ha empañado esa posición de vanguardia.

Capriles es, hoy por hoy, la figura política que marca la agenda del país. La BBC en español, en un excelente análisis, reconoció que “el flaco” es la figura “que está generando la información”, al punto que Nicolás Maduro se ve obligado a reaccionar a las cosas que dice el gobernador.

Chávez, añade el análisis, “nunca se vio en el trance de tener que responderle alguna cosa a sus detractores. 'Águila no caza moscas', solía decir, mientras mantenía al país permanentemente pendiente de su palabra y de sus acciones”.

Fiesta de ratones

La situación del país en los últimos tres días podría resumirse con la frase “cuando el gato no está, los ratones hacen fiesta”.

Muerto el gato bolivariano, los ratones –aliados y enemigos— ahora intentan imponer su ley. La oposición acusa al gobierno de robarse las elecciones, y el gobierno acusa a la oposición de intentar un golpe de Estado e incitar la violencia.

Rumores, acusaciones y teorías de conspiración vuelan a diestra y siniestra y con una velocidad asombrosa. Nadie, sin embargo, logra estar a la altura del gato.

La oposición, como se mencionó, parte con cierta ventaja. No solo ha logrado apropiarse del discurso chavista, sino que, al entrar en 'campaña' mucho antes de la muerte del presidente –críticas al manejo de su enfermedad y muerte, protestas contra el proceso de sucesión, y finalmente la breve pero intensa campaña presidencial— han logrado hacer calar un discurso antisistema. La oposición venezolana vive hoy la ironía de manifestarse contra un sistema que no solo les ha otorgado importantes victorias, sino que les acaba de dar los mejores resultados de su historia.

La decisión de Capriles debe ser puesta en contexto. En Venezuela, el problema nunca fue el sistema en sí –“el mejor del mundo” según Jimmy Carter– sino, en palabras del mismísimo rector principal del Consejo Nacional Electoral, Vicente Díaz, “el desbalance, el desequilibrio y el ventajismo tremendo en la campaña electoral, donde compite un candidato contra el Estado venezolano”. Capriles ha asegurado que posee pruebas para demostrar que ganó las elecciones.

En una rueda de prensa el martes, Capriles expuso parte de las 3 mil 200 irregularidades que le darían la presidencia. Entre ellas, habló de tres centros en los que Maduro sacó más votos que Chávez.

“En un centro en Yaracuy, Maduro sacó 1000% más votos que Chávez. ¿Cómo puede ser posible?, dijo”.

Fraude y fascismo

Poco después, el sitio web Venezuelanalysis.com publicó un artículo en el que explicaba algunas de las imprecisiones de Capriles.

En los tres centros que Capriles usó como ejemplos, la totalidad de votos no había sido registrada cuando la elección se decidió (no hizo falta). Así, en Yaracuy, solo 9 votos de 75 entraron a los resultados de 2012 (7 para Chávez y 2 para Capriles).

El domingo, sin embargo, todos los votos fueron registrados antes de proclamar los resultados (73 para Maduro, 6 para Capriles). En uno de esos ejemplos, en Mérida, él mismo sacó 1000% más que Chávez. En otros casos, Capriles adujo que había más votos que votantes en algunos centros.

En Trujillo, por ejemplo, Capriles aseguró que se habían contado 717 votos contra 536 votantes. Sin embargo, en la página web del CNE aparece claramente que en Trujillo se contaron solo 369 votos.

Finalmente, el gobernador de Miranda afirmó que sus testigos fueron echados, a punta de pistola, de más de 300 centros electorales en todo el país. Aquí, sin embargo, Capriles no dio ninguna evidencia, y no existen reportes independientes de ninguna organización o medio acerca de estos incidentes.

Lo inverosímil de la situación –reclamos de fraude contra un sistema avanzadísimo y casi 200 observadores externos satisfechos– ha hecho a muchos preguntarse si, aupados por su buen desempeño, y sintiendo debilidad en el oficialismo, la oposición venezolana está dispuesta a echarlo todo por la borda y revivir sus peores fantasmas.

En esa tesis se ha refugiado Maduro, quien poco a poco parece estar rescatando lo peor del chavismo sin acordarse de lo mejor. El presidente electo y su gobierno han responsabilizado a la oposición de las ocho muertes ocurridas en protestas postelectorales, incluso llegando a amenazar con encarcelar a Capriles y a otros miembros de su campaña.

Al hacerlo, por supuesto, han revivido lo peor de la retórica 'revolucionaria': Capriles es “un nuevo [Pedro] Carmona”, líder de “una derecha pinochetista que se disfraza de Chávez para lograr sus objetivos fascistas”.

Y, sin embargo, caminar por Caracas hoy es una experiencia que tiene ciertos tintes fascistas. Según Wikipedia, entre las características principales de un movimiento fascista está la veneración del Estado (ultranacionalismo) y la devoción a un caudillo.

En la Venezuela de hoy, las palabras 'patria' y 'Chávez' abundan en donde quiera que uno vaya. Como estado eminentemente populista, la Venezuela chavista nunca reconoció la separación entre gobierno y partido.

Pero los últimos acontecimientos han traído una radicalización como mínimo peligrosa. Las marchas opositoras han sido prohibidas, pero por la ciudad abundan las concentraciones chavistas, incluso en edificios gubernamentales. Si hay una cosa que está clara en la Venezuela post-Chávez –con un Capriles prometiendo misiones socialistas y un Maduro radicalizando su discurso nacionalista y devoto al líder fallecido– es que las líneas ideológicas se han borrado por completo.

¿Caos? No tan rápido

Pero no todo es tan preocupante. En medio de la retórica inflamatoria, empiezan a haber señales esperanzadoras. Ayer, en una reunión con los gobernadores estatales chavistas, el presidente electo dijo que acataría la decisión del CNE con respecto a la auditoría.

“Lo que el poder electoral decida en torno a la solicitud que haga la oposición venezolana la apoyaremos total y plenamente porque ellos son la autoridad para todo el tema electoral en el país”, aseguró, e incluso añadió que sería “bueno” que el ente electoral comunicara su decisión en una cadena nacional. Por si esto fuera poco, el Comando Simón Bolívar presentó ayer los datos necesarios para solicitar la auditoría del 100% de los votos. El CNE tiene ahora 20 días para tomar una decisión. Estos dos acontecimientos abren una posibilidad para una salida.

En declaraciones a la BBC, el rector principal del CNE –quien pidió el recuento el domingo– explicaba que el camino a seguir consistía en que “se nombren comisiones en las que estén representados los bandos en pugna, y que los auditores del CNE en presencia de ellos hagan la revisión de todas las cajas de votación”.

Si no surge ninguna diferencia, dijo Díaz, “que el candidato Capriles reconozca el resultado, y si hay alguna diferenciaque el CNE tome las acciones que le corresponden según la ley”. Parece sencillo, pero Nicolás Maduro será juramentado mañana.

Y la espectacular ceremonia –que incluirá una masiva concentración popular y un desfile militar– quedaría en los anales del ridículo si, un tiempo después, tuviera que ser repetida para juramentar a un flaco que, jugando a ser gato, terminó por imponerse en la fiesta de los ratones venezolanos.

Gobierno de Panamá felicita a  Nicolás Maduro

A través de un comunicado de tres párrafos, divulgado por el Ministerio de Relaciones Exteriores, el Gobierno de Panamá le extendió sus  felicitaciones al recién electo presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.  “En virtud del boletín emitido por el Consejo Nacional Electoral, que ha declarado el triunfo del señor Nicolás Maduro, el Gobierno panameño le extiende sus felicitaciones”, asegura el documento. También se resalta el civismo y masiva participación en las elecciones presidenciales celebradas el domingo 14 de abril.

Sin embargo, el documento manifiesta también que el Gobierno de Panamá expresó su “preocupación” por los últimos acontecimientos ocurridos en Venezuela luego del proceso electoral,  y hace un llamado a la serenidad y al diálogo nacional”.

Pero, el mandatario, Ricardo Martinelli, no asistirá mañana 19 de abril a la toma de posesión de Maduro. El embajador de Panamá en Venezuela, Pedro Pereira, representará al país en ese evento. Así lo manifestó ayer el canciller Fernando Núñez Fábrega. “Hemos dado órdenes para que no haya malentendidos, de que se quede en Venezuela y nos va a representar en la toma de posesión del presidente Maduro el día 19”, dijo el funcionario en la feria comercial Expocomer.

Núñez Fábrega, que asumió el cargo a finales de febrero pasado, manifestó además que no se llamó a consultas al embajador de Panamá en Venezuela. “Él tenía que venir a la capital panameña para acompañar a una misión empresarial venezolana que participa en  Expocomer, y se dijo que se le iba a consultar sobre el tema y lo que está pasando”, agregó.

El pasado martes, durante el Consejo de Gabinete en Santiago, Veraguas, el canciller le manifestó a los periodistas que había llamado a Pereira porque deseaba conversar con él sobre la situación actual de Venezuela y así emitir la posición de Panamá sobre la realidad política de esa nación.

La polémica surgió a raíz de que la embajada de Venezuela en Panamá y el Ministerio de Relaciones Exteriores del país publicaran una carta en la que el gobierno del presidente Martinelli felicitaba a Maduro. El mandatario negó haber firmado ese documento, y Núñez Fábrega, por su lado,  dijo que la misiva había sido enviada sin  autorización. El secretario de Comunicación del Estado, Luis Eduardo Camacho, reveló que se abrió una investigación a los funcionarios que mandaron la nota.

María Cristina Ramírez

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