SÍNDROME DEL ESTRÉS POSTRAUMÁTICO

El rostro oculto del crimen

No hay cifras, pero expertos de Medicina Legal y del Instituto de Salud Mental afirman que afecta a la población.
FENÓMENO. Las autoridades confirman que los crímenes han disminuido en los últimos cuatro años, pero su impacto en las víctimas y sus familias sigue latente. LA PRENSA/Archivo FENÓMENO. Las autoridades confirman que los crímenes han disminuido en los últimos cuatro años, pero su impacto en las víctimas y sus familias sigue latente. LA PRENSA/Archivo
FENÓMENO. Las autoridades confirman que los crímenes han disminuido en los últimos cuatro años, pero su impacto en las víctimas y sus familias sigue latente. LA PRENSA/Archivo

María Teresa da vueltas una y otra vez en su auto en el estacionamiento del centro comercial hasta que encuentre un sitio donde aparcar, pero si eso no ocurre, no baja del carro y se marcha.

De regreso a casa transita repetidamente por el semáforo instalado antes de su edificio, hasta que por el número de vehículos sea la última en pasar, con lo que se asegura de que ningún otro carro la siga.

Hace años ella fue asaltada por dos delincuentes y, como muchas otras personas, hoy sufre un trastorno mental que la revictimiza cada vez que algo le dispara el recuerdo de aquella experiencia traumática. Todos los días.

De acuerdo con un estudio del National Institute of Mental Health de Estados Unidos (www.nimh.nih. gov) entre 8.7% y 18.1% de la población de ese país sufre algún miedo extremo o fobia, y entre estas figuran las relacionadas con la delincuencia.

De hecho, según ese documento, las fobias son la enfermedad mental más común entre las mujeres estadounidenses, sin importar su edad, y la segunda entre los hombres mayores de 25 años.

En Panamá, sin embargo, los miedos vinculados con el crimen no llegan al extremo de las fobias, pero sí se manifiestan a través del síndrome del estrés postraumático, un trastorno mental de ansiedad que, de no ser atendido por especialistas, lleva a las víctimas a atentar contra sí mismas.

Mucho miedo

Carlos Smith, psiquiatra forense del Instituto de Salud Mental, confirmó que en esa entidad no hay casos documentados de fobias asociadas con las acciones de la criminalidad, pero sí tienen registros de personas que sufren estrés postraumático.

Aclaró que en el Instituto de Salud Mental tampoco hay estadísticas, pero al igual que el psiquiatra forense Alejandro Pérez, del Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses, aseguró que el síndrome está presente en la población panameña y sin duda se le puede asociar con la delincuencia.

“Una persona que ha sido sometida a una experiencia traumática, como un asalto, puede llegar a padecer este síndrome, y si no recibe ayuda, como en efecto ocurre con la mayoría de los casos en Panamá, ese trauma puede acompañarla por el resto de su vida”, explicó.

“Es como lo que ocurrió con cientos de personas durante la invasión de Estados Unidos en 1989, que vivieron la experiencia de los disparos y helicópteros, y ahora, 24 años después, cuando oyen el ruido de esos aparatos reviven el terror de aquella fecha”, manifestó.

Smith precisó que una parte considerable de las víctimas de delitos en el país no denuncia los casos y tampoco pide ayuda sicológica, ahogando sus traumas en el seno de la familia y afectando a sus seres queridos con el síndrome.

María Teresa ni denunció el robo ni pidió ayuda sicológica. Hoy, no abre siquiera las ventanas de su apartamento por temor a que delincuentes puedan ingresar para robarle. Y vive en un quinto piso.

Mal escondido

De acuerdo con Smith, es usual que las personas que ingresan al Instituto de Salud Mental lo hagan como consecuencia de alguna patología que se cree distinta al síndrome, pero después una evaluación de los expertos se descubre que es causada por este.

Explicó que la clave para identificar el padecimiento es que siempre hay algún elemento que dispara el terror, el miedo de la víctima, que puede llegar a sufrir de una terrible ansiedad, de trastornos del sueño, a tener pensamientos obsesivos sobre la experiencia traumática y, eventualmente, a sentir desesperación y atentar contra su vida.

“Afortunadamente, hay tratamiento para este síndrome. En el Instituto de Salud Mental estamos capacitados para dar tratamiento a las víctimas”, afirmó.

Pérez, por su parte, admitió que esos temores al hampa –aunque no extremos como los miedos fóbicos– también son frecuentes en las consultas que se hacen a las víctimas en el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses.

“El temor a la violencia generada por la delincuencia existe, es real, y está latente en la población panameña”, reconoció.

Aclaró que en su institución no se han registrado casos de miedos fóbicos, es decir, personas que llegan a los extremos de un agorafóbico (quien padece de un miedo incontrolable a los espacios abiertos) o de los agrafóbicos (experimentan pánico ante las agresiones sexuales).

En aumento

Para la presidenta de la Sociedad Panameña de Psiquiatría, Lexma Ruiz, lo más preocupante del impacto que tiene la delincuencia en la salud mental de los panameños es que se trata de un problema que se incrementa día con día y pareciera no tener freno.

De acuerdo con la psiquiatra, la incidencia de la criminalidad es tal, que hoy se considera como la principal causa de muerte entre los jóvenes.

De hecho, cifras del Sistema Nacional Integrado de Estadísticas Criminales (SIEC) indican que de los 665 homicidios reportados en el país durante 2012, 45% tuvo como víctimas a jóvenes de entre 18 y 29 años de edad.

“El impacto [del crimen] no es solo en la salud mental de las víctimas y de sus familiares. También afecta la de las madres y la de las familias de los jóvenes que forman parte de pandillas o que están amenazados por otros pares y no pueden hacer sus actividades normales fuera del hogar por temor a ser asesinados, lo que con frecuencia vemos en la prensa: los famosos ajustes de cuentas”, dijo.

Ruiz advirtió que la salud mental de la población también se ve afectada por la prensa amarillista, que coloca en las primeras planas, a todo color, las fotografías de las víctimas asesinadas por delincuentes. “Esto es una falta de respeto hacia el fallecido y sus familiares”, cuestionó.

“En un congreso de psiquiatría realizado en El Salvador, hace siete años, se discutió este tema en una mesa redonda con diferentes personajes relevantes de los medios de comunicación, y desde entonces se resaltó el hecho de que ese tipo de noticias sensacionalistas habían sido prohibidas. Sin embargo, en nuestro país todavía se ven todos los días”, agregó.

Para la experta, eso, además, es un arma de doble filo, porque con ese tipo de noticias se venden modelos inapropiados a los jóvenes, que copian los perfiles y terminan siendo los más afectados por el fenómeno de la criminalidad.

“Por otra parte, las personas que ya vienen con algún problema de tipo emocional se sienten más angustiadas ante la frecuencia creciente con que ocurren hechos de este tipo. Por lo tanto, aumentan los casos de ansiedad ante la inseguridad que vive la población”, puntualizó.

Ruiz coincidió con Smith en que las víctimas del hampa pueden desarrollar estrés postraumático.

“Los niños que son testigos de la violencia pueden sufrir perturbaciones de las emociones con ansiedad, trastornos de conducta y del sueño, y alteraciones en el rendimiento escolar”, señaló.

Precisó, asimismo, que “la creciente inseguridad social lleva a la población a perder la confianza en las autoridades que deben garantizar la seguridad. De allí que ahora existan más empresas de seguridad privadas”.

15% de las víctimas puede sufrir el trastorno

No todas las personas que sean víctimas de un acto delictivo o de una experiencia traumática en general sufren el síndrome de estrés postraumático.

De acuerdo con el portal Wikipedia, que entre sus fuentes cita la cuarta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, elaborado por la Asociación Americana de Psiquiatría, la prevalencia del síndrome de estrés postraumático es de aproximadamente 15%; es decir, 15 de cada 100 víctimas podría sufrir este tipo de trastorno mental.

Entre las causas que pueden desencadenar el padecimiento figuran las tragedias provocadas por el hombre y, entre estas, las guerras, los atentados terroristas, los asesinatos, las agresiones físicas violentas, las torturas, el secuestro, las diversas formas de abuso sexual y de maltrato psicológico o emocional como el laboral, e incluso el escolar, este último conocido como bullying.

Las experiencias sexuales inapropiadas, aunque no hayan sido violentas, pueden desencadenar el trastorno en los niños.

Rafael Luna Noguera

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