TRABAJO. LOS ÚLTIMOS PROFESIONALES.

Un sastre hecho a la medida

En Panamá hay menos de 20 maestros sastres, que luchan contra la avalancha de ropa hecha a la medida procedente de China.

William Donadío se acomoda frente a su máquina de coser marca Juki. Con la cinta métrica sobre los hombros, procede a colocar bajo la aguja la tela de un pantalón a medio terminar, y pisa el pedal de la máquina japonesa, que enseguida empieza a coser.

Cuidadoso, con su mano derecha va moviendo la tela que previamente ha marcado, mientras que detrás de unos medianamente gruesos espejuelos, sus ojos siguen atentos cómo poco a poco la pieza va tomando forma.

Esta rutina la hace este octogenario sastre desde junio de 1952, cuando en calle 8 y Justo Arosemena, de la ciudad de Colón, abrió por primera vez las puertas de su sastrería.

Mientras conversa, los recuerdos vuelven a remontarse a su natal Colón, en donde el 19 de septiembre de 1928 vio la luz por vez primera.

Los primeros 10 años de su vida los vivió en la Zona del Canal. En el año 1938 su familia se mudó a territorio bajo jurisdicción panameña, y sus padres lo matricularon en una escuela regentada por monjas franciscanas, en donde terminó sus estudios en 1942.

Buscando un oficio

Poco después, su madre, francesa de nacimiento, decidió que debía aprender una profesión manual.

Fue así como, buscando un trabajo que le brindara satisfacción personal, en plena juventud, se sintió tentado por el arte de confeccionar vestidos, lo que lo llevó a entrenarse en una sastrería de propiedad del maestro sastre Roberto Guevara, un nicaragüense que le enseñó la magia de este oficio.

“Al terminar el entrenamiento, trabajé como operario en la sastrería Amaya, en Colón, hasta abrir mi propio negocio teniendo apenas 22 años”, afirma Donadío con un dejo de orgullo en sus palabras.

Y así, cuando la vida parecía marcarle el rumbo que había escogido, sobrevino la Segunda Guerra Mundial. Años más tarde emigró hacia Estados Unidos (EU).

Lejos de su Colón querido, tuvo que luchar con ahínco contra las adversidades que la vida le presentaba.

Pero, pese a lo tumultuoso de la época, buscó la manera de reanudar su romance con la aguja y el dedal, haciéndose aprendiz de sastre.

Su reencuentro con el oficio tuvo lugar en un taller en Detroit, EU, donde trabajaban alemanes, franceses e ingleses, y en donde se quedaba hasta altas horas de la noche para aprender lo más que pudiera.

Una vez concluida esta etapa de aprendizaje, familiares y amigos lo motivaron a ir a Chicago, donde, al tratar de seguir aprendiendo el oficio, le dijeron que nada más tenía que hacer ahí, pues todo lo sabía.

“Para mi sorpresa, al consultar sobre cómo podía hacer para mejorar, me dijeron que yo era muy bueno, y que debía dirigirme a Nueva York; allá me entrevisté con los grandes maestros en sastrería de la Quinta Avenida”, comenta mientras prosigue con su labor.

Hoy, en cada puntada que da su vieja máquina de coser, va un recuerdo, un comentario, una anécdota de un pasado glorioso, en donde primaba la elegancia del buen vestir.

El ocaso de la aguja y el dedal

“Se necesita sastre”. Así reza un letrero que desde hace un año cuelga afuera de la sastrería de William Donadío, ubicada en la ciudad de Colón. El letrero parece un mal presagio, pues nadie ha venido siquiera a preguntar por el trabajo. “La profesión de la sastrería de alta costura está al borde de la extinción”, sentencia Donadío, un sastre colonense que, desde 1942, abrazó una profesión que era bien cotizada, y que hoy pocos miran, atraídos por la ropa hecha a la medida procedente de los países asiáticos.

Esto, afirma Donadío, es la principal razón por la cual no hay sastres en Panamá, y los pocos que encontramos no se dedican a la alta costura. En el país, señala, las leyes laborales no dan incentivos para el entrenamiento en la enseñanza de esta profesión. Por ello, dice que se hace necesario cambiar las leyes sobre aprendizaje de los oficios manuales.

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