BOXEO. LA HISTORIA DEL TORO SANTEÑO.

Un sueño que no se disipa

Ramos considera que los que dirigen el boxeo solo están por llenarse la cartera y no se interesan en descubrir y promover valores de las provincias.
Sentado, al fondo, Eliécer Ramos observa a sus pupilos hacer guantes. ESPECIAL PARA LA PRENSA/Alcibiades Cortez. Sentado, al fondo, Eliécer Ramos observa a sus pupilos hacer guantes. ESPECIAL PARA LA PRENSA/Alcibiades Cortez.
Sentado, al fondo, Eliécer Ramos observa a sus pupilos hacer guantes. ESPECIAL PARA LA PRENSA/Alcibiades Cortez.

Dicen los abuelos que la esperanza es lo último que el hombre debe perder. El caso de Eliécer Ramos es un vivo ejemplo de ello, pues si bien su esperanza de ser campeón semipesado de boxeo se frustró por falta de apoyo, este sueño no se disipa de su mente y está convencido de que uno de sus pupilos lo puede lograr.

Aún la llama del combate vive en su alma de guerrero y siente que lo aprendido de sus mentores, mientras vivió en la capital, debe transmitirlo a esos muchachos que insisten en seguirlo, pese a que tengan que pedalear muchos kilómetros para reunirse con su maestro.

Mejor conocido como el Toro santeño, Eliécer Ramos nació en Sabana Grande de Los Santos, hace 43 años. Aunque heredó de su padre el oficio de la agricultura, siempre le atrajo el combate cuerpo a cuerpo, el arte de dar y no recibir. Admiró a los grandes ídolos nacionales del boxeo, pese a que Azuero ha dado pocos estilistas y fajadores.

La comezón por calzarse los guantes lo hizo decidirse un día a aprender el arte del marqués de Queensberry. Estando en la capital, irrumpió en el gimnasio de Curundú. Allí aprendió a esquivar golpes, a lanzar el jab, el upper, el gancho y el recto de derecha que lo haría respetable. A la vez, servía de sparring a muchos de los renombrados peleadores de ese tiempo: Luis Andrés Leñador Pineda y los campeones Víctor Córdoba, Guillermo Felino Jones y el malogrado Pedro Rockero Alcázar. Otras veces practicaba en el gimnasio del manejador Luis Spada o en el de la Arena Roberto Durán.

Cuenta que su primer maestro fue el experimentado Chemita Córdoba, quien preparó al prometedor tableño Carlos Macizo Trujillo. Una vez que calibró el poder de su pegada y el virtual campeón que podía resultar por sus puños, Chemita le bautizó Toro santeño.

En esos duros años de mucha aspiración y pobreza, tuvo entrenadores de la talla de Pedro Pellín Ávila, Lázaro Frutos, Rigoberto Garibaldi y María Toto Murillo. De ellos está muy agradecido por todo lo que le enseñaron, lo cual asimiló cuanto mejor pudo, porque, más tarde, eso le permitiría ganar tres Guantes de Oro y la medalla de oro en los Sextos Juegos Deportivos Centroamericanos, en San Pedro Sula, Honduras, en 1997. También calificó para un Torneo Preolímpico, pero sus pretensiones se estrellaron con la indiferencia del entonces presidente de la Federación de Boxeo Aficionado, Mario Chang Rojas, de quien cuenta, nunca le prestó la ayuda esperada.

Ramos también recibió una invitación para entrar al box profesional, pero tomó tal vez una mala decisión: la oferta de subir al enlonado para disputar cuatro asaltos por $100 no le animó. Intentó irse al norte en busca de fortuna, pero, pese a que era un prospecto prometedor, no fue apoyado. Derrotado moralmente, prefirió retornar a su pueblo y arrancarle a la tierra el sustento.

LA ESCUELITA DE BOX

Al pasar el tiempo y debilitarse las esperanzas de brillar en el arte de las narices chatas, siente nostalgia por la fistiana, siendo su acicate el llamado de jóvenes del área que le buscaban e insistían en que les enseñara sus secretos. En sus miradas se veía a sí mismo años atrás, cuando acariciaba el sueño de dejar atrás la pobreza y no seguir siendo un don nadie.

Fue así que gestionó ante la Dirección Regional de Educación de Los Santos el permiso para usar la abandonada Escuela de Sabana Grande Abajo, vieja estructura que servía de refugio a los murciélagos.

Allí se las ingenió con sus pupilos para armar un “gimnasio”. Los pocos guantes que tenía los sacó del estante de la casa, se buscó un saco de yute que llenó con arena para usarlo de punching bag, también colgó una vieja pera, pero aún faltaban muchos implementos para brindar la formación que le exigían los chicos.

Una vez se corrió la voz entre la muchachada de que el Toro santeño abriría un gimnasio para entrenar champions, 23 jovencitos se afiliaron con ilusión.

Sin embargo, con el paso del tiempo y la falta de accesorios y equipo, muchos se desilusionaron y lo dejaron solo. “Me cansé de pedir ayuda a la federación, a los políticos, al Gobierno”, dice con amargura.

De los 23 aprendices solo quedaron cinco, entre ellos, un peso ligero, otro peso pluma y un prospecto de peso welter. Pero la esperanza persiste.

Lo mínimo que solicita el Toro

El arte de fistiana requiere de accesorios esenciales para el adiestramiento de un boxeador aficionado. Para empezar, son necesarios dos pares de guantes livianos de bolsa (de 10 onzas o menos) para golpear la pera y el saco pesado. Sin embargo, cuando se está en el cuadrilátero para entrenar o boxear con un oponente, se requerirán guantes de tamaño completo (entre 14 y 16 onzas).

A ello se suma el entarimado, un enlonado de 4.80 metros por 4.80 metros mínimo. Otro elemento es la clásica pera, una de las herramientas más viejas del boxeo y que ayuda al atleta a aprender a tirar golpes con velocidad, precisión y agilidad.

En cambio, si de asestar golpes de poder se trata, un saco de boxeo es esencial. Antes de subir al enlonado, el pupilo deberá ponerse el suspensorio y calzarse tres protectores: uno de cabeza, otro bucal, y uno genital o coquilla. Vendajes para las manos y zapatillas de boxeo completan la indumentaria.

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