PAGAR PARA EDUCARSE

Los vicios de la educación

Durante décadas el sistema educativo oficial se ha degradado a tal nivel que ha producido nuevas tendencias e ideologías en la sociedad panameña. Esa desconfianza ha ocasionado, según expertos, que cada vez más la educación en la colegiatura pública tenga un papel menos relevante como agente de formación en la administración pública.

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Según la propia ‘Constitución’, el Estado debe garantizar una educación de calidad en los colegios oficiales. Según la propia ‘Constitución’, el Estado debe garantizar una educación de calidad en los colegios oficiales.

Según la propia ‘Constitución’, el Estado debe garantizar una educación de calidad en los colegios oficiales. Foto por: LA PRENSA/Archivo

El mal estado de los colegios públicos ha sido en muchas ocasiones causa de la suspensión de clases. El mal estado de los colegios públicos ha sido en muchas ocasiones causa de la suspensión de clases.

El mal estado de los colegios públicos ha sido en muchas ocasiones causa de la suspensión de clases. Foto por: LA PRENSA/Archivo

Aunque cada vez menos, la escuela pública guarda aún esa mística de los padres que acompañan a sus hijos hasta la puerta del colegio. En la privada, usualmente se utilizan buses colegiales. Aunque cada vez menos, la escuela pública guarda aún esa mística de los padres que acompañan a sus hijos hasta la puerta del colegio. En la privada, usualmente se utilizan buses colegiales.

Aunque cada vez menos, la escuela pública guarda aún esa mística de los padres que acompañan a sus hijos hasta la puerta del colegio. En la privada, usualmente se utilizan buses colegiales. Foto por: LA PRENSA/Gabriel Rodríguez

Daniel no se compra una camisa o un pantalón desde hace más de un año. Prefiere remendar sus prendas antes de arriesgar el dinero de la mensualidad escolar de su hijo.

Al separarse de su esposa, ambos decidieron dedicar sus ingresos a la mejor educación posible. Son asalariados de clase media y con sus esfuerzos logran pagar una pequeña escuela privada en La Chorrera.

Además de la mensualidad, Daniel y su exesposa corren con los gastos de matrícula, útiles, uniforme y actividades extracurriculares. A veces pagan un tutor para ayudarle al niño a entender las materias más complicadas. Después de todos esos gastos, es lógico que a Daniel no le alcance para una camisa o un pantalón.

Pero Daniel está contento. Dice que todo sea por la educación de su hijo, para que tenga lo mejor y que todo sea para evitar una escuela pública. “No creo que allí reciba la mejor educación posible”, dice con la certeza de una verdad absoluta.

Como Daniel hay cientos de miles de padres en Panamá. Familias que elaboran un sistema salvaje de contención financiera para que sus hijos acudan a las escuelas privadas; ya sea de las más vanguardistas del país o el pequeño colegio de barrio, si acaso con un mejor semblante que una institución pública. Las tarifas cambian según las clases sociales, pero el esfuerzo siempre es el mismo.

No debe ser así. Lo establece la propia Constitución de la República que dedica a la educación el quinto capítulo del título ‘Derechos y deberes individuales y sociales’: “La educación debe atender el desarrollo armónico e integral del educando dentro de la convivencia social, en los aspectos físico, intelectual, moral, estético y cívico, y debe procurar su capacitación para el trabajo útil en interés propio y en beneficio colectivo”.

Pero la mayoría de los panameños, por no decir todos, desconfían de las garantías del Estado en las aulas de clase oficiales, y quien pueda pagar una escuela privada así lo hará. Las escuelas públicas se han convertido, entonces, en una especie de peor es nada. La última opción, en otras palabras.

“Creer que el precio va asociado a la calidad significa que no hay igualdad de oportunidades. Vamos a un país que eternizará la desigualdad”, confirma el sociólogo Luis Pulido Ritter, quien admite que no siempre ha sido así. Él mismo es prueba de ello, pues transcurrió casi toda su vida escolar en colegios públicos. Cree que eso ha cambiado y que poco a poco la educación se ha transformado en un bien que si se quiere de calidad hay que pagar por él. O al menos eso se piensa.

SIN PLANIFICACIÓN

Hasta comienzos de siglo, estudiar en el Instituto Fermín Naudeau era sinónimo de calidad. Se equiparaba al Instituto América, al Instituto José Dolores Moscote y -varios años antes- al Instituto Nacional.

Eran las escuelas de excelencia del sistema público. Graduarse de ellas conllevaba el mismo prestigio que algunas escuelas privadas de hoy.

Dice Pulido Ritter que la pérdida de esos colegios públicos aspiracionales tiene que ver mucho con la tendencia política de la década de los años 80, cuando se comenzó a plantear que el Estado era el culpable de las crisis de administración pública, y que para salir de ella había que darle un mayor espacio al sector privado.

“El discurso de lo privado ha prevalecido sobre el de lo público. Se piensa que todo lo que venga de lo privado tiene que ser mejor: los servicios, la administración, los negocios. Se ha dejado de fortalecer a las instituciones públicas. Hay todavía países en los que no, como en Alemania, donde todo funciona, porque la clase media y los profesionales creen en la fortaleza de lo público. Pero acá, en Panamá, en América Latina, no comprendemos el papel del Estado”, añade el sociólogo.

Aracelly De León, directora del Instituto Centroamericano de Administración y Supervisión de la Educación Superior, cree que la degradación educativa panameña poco tiene que ver con el Ministerio de Educación. “El país no tiene un plan estratégico de desarrollo nacional. Ninguna institución lo tiene. Se resuelve el día a día; desde los gobiernos hasta los hogares. Nadie planifica. Solo se apagan fuegos”.

Pulido Ritter lo pone de otra manera: “El subdesarrollo panameño es como una piedra en el zapato, no importa qué tan caro sea ese zapato, la piedra sigue ahí; no nos permite caminar, y eso se refleja en todos lados: desde la recolección de la basura, hasta la proyección en la educación”.

Hay otras causas, sostiene Nivia Rossana Castrellón, del grupo Unidos por la Educación. Una de ellas es la formación de los educadores. Enumera: “La decisión estratégica de fomentar cobertura a fin de que más muchachos fueran atendidos en el sistema no fue aparejada con una política pública; deficiencias en infraestructura; disminución de oportunidades de aprendizaje; masificación que deja de lado la individualidad para producir un producto genérico en educación sin enfocar a la persona; y desinterés y falta de compromiso de lo que ocurre en las escuelas por parte de la sociedad y de los actores de la comunidad educativa”.

Sin embargo, reconoce que uno de los principales problemas dentro de la educación panameña ha sido su politización con huelgas, paros y falta de políticas públicas estatales.

En otras palabras, la educación panameña sufre de los mismos males que se ciernen sobre el transporte, la salud, la agricultura, las obras públicas, el diseño de ciudad... Los problemas del país, en resumen.

TIEMPO EN FAMILIA

Delia vive con sus dos hijos en la 24 de Diciembre. Todos los días los despierta cuando aún está oscuro para que estén listos cuando pase el bus colegial que atravesará la ciudad para llevarlos a su escuela en Hato Pintado. Cuando salen del colegio van a casa de su abuela, en Río Abajo, hasta que Delia los busca por la tarde y los vuelve a llevar a su hogar ya de noche, después de enfrentarse al tráfico. El ciclo se repite durante todo el periodo escolar.

Si Delia confiara en el sistema de educación pública, sus hijos probablemente irían a uno de los colegios oficiales que quedan alrededor de su casa. Los niños descansarían más y no tendrían que estar a bordo de un vehículo que desafía el tráfico furioso de la mañana para llegar a tiempo. Tendrían más tiempo para ser niños, para compartir en familia.

El caso de Delia muestra que la desconfianza hacia la educación pública es tal que no solo trastoca gran parte de los recursos económicos familiares, sino también la calidad de vida. De padres e hijos. “En Panamá no hay calidad de vida, y sin calidad de vida no hay calidad de educación. Nada es simple. Todo depende de todo”, dice De León.

Añade que no solo incide el tiempo que los niños están en la calle -cientos de miles de ellos que van por la mañana hacia un lado de la ciudad y por la tarde hacia otro-, sino el tiempo que los propios padres invierten en transporte. “Ya no hay tiempo para compartir. Los papás llegan a las 10 de la noche y a esa hora no pueden hacer tareas. Y sin ese tiempo en familia, sin esas enseñanzas en el hogar, no importa en cuál escuela estás”, asegura.

Y así todo esto poco a poco va cambiando a la sociedad panameña. Al menos la del área metropolitana. Se adapta a vivir en el tráfico, a ir de un lado para otro, a llegar tarde al hogar, a no tener tiempo familiar, a pagar para obtener alguno que otro alivio. A endeudarse para vivir mejor.

Los cambios se reflejan en la administración pública. Y aun cuando De León advierte que no hay que endiosar las escuelas privadas, que las mentes más brillantes en la historia de Panamá salieron del sistema público, los padres prefieren confiar el futuro de sus hijos a los colegios particulares.

Así lo reflejan los gabinetes conformados desde 1990 hasta hoy, cada vez con más ministros formados en ámbitos privados (ver infografía). Al menos en términos educativos.

“Tengo muchos conocidos que estuvieron en escuela pública y envían a sus hijos a escuela privada. Eso comienza a crear un estrechamiento en la sociedad porque entonces las redes de poder se conforman por personas que no pasaron por el sistema público. Y se acentúa la desconfianza. Al paso que vamos, el Ministerio de Educación va a comenzar a gestionar el fracaso en lugar del éxito”, explica Pulido Ritter.

El sociólogo agrega que en esto incide mucho las concepciones de progreso y de éxito de los panameños. “La educación pública dejó de tener marca”, dice.

Dicho de otra manera, no es grado de inversión, ni un rascacielo lujoso, tampoco un inmenso centro comercial refrigerado. No es pista de hielo en una Navidad tropical.

Los ministros y sus escuelas Expandir Imagen
Los ministros y sus escuelas LA PRENSA/Infografía

EL FUTURO EDUCATIVO

Pagar por colegios particulares es pagar doble por la educación. Todos los salarios llegan menos un impuesto de 1.25% para el seguro educativo. Y el empleador debe remunerar 1.50% del sueldo de cada asociado.

Ese recaudo se traduce en poco más de mil millones de dólares que se invierten en educación. De acuerdo con los datos de la Contraloría General, el Estado destina $1,314 por estudiante al año. Al menos esa fue la cifra de 2013, la última actualización de este análisis.

Un informe de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) muestra que nos posicionamos un poco más abajo de la mitad en comparación con otros países de la región. Según la tabla, se invirtió un poco menos que en Colombia y un poco más que en Venezuela. De León dice que si bien en Panamá no destinan los recursos necesarios a la educación, el problema no es de presupuesto sino de voluntad.

Una situación por la que también atraviesa la región, que intenta hacer avances tímidos para cumplir con una garantía fundamental, según la propia ONU, que decidió incluirla en su Declaración Universal de Derechos Humanos.

“Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental. La instrucción elemental será obligatoria. La instrucción técnica y profesional habrá de ser generalizada; el acceso a los estudios superiores será igual para todos, en función de los méritos respectivos”, dice el primer punto del artículo 26 del documento.

Es la noción de que la educación lo es todo. O que al menos debería serlo. Cuba, por ejemplo, es un país sumido en un bloqueo económico y en un sistema político arcaico y de pocas libertades ciudadanas. Sin embargo, es el país latinoamericano que más invierte en su educación -en términos porcentuales comparados con su producto interno bruto- y lo demuestra siendo uno de los destinos educativos de miles de estudiantes. Además de que exporta profesionales a otros países.

Pero los beneficios de una buena educación no se limitan a la formación de profesionales, sino igualmente al desarrollo de la ciudadanía. Así lo planteó Octavio Méndez Pereira durante el discurso con el que inauguró la Universidad de Panamá. El intelectual añoraba un lugar en el que se intercambiaran ideas, debates, discusiones, y no una universidad que solo sirviera para otorgar títulos.

Y así lo han entendido varios otros países. Singapur, por ejemplo, se propuso cambiar su sistema de administración pública a comienzos de este milenio. Uno de los puntos que afianzó fue su educación, en la que comenzó a invertir más dinero no solo en la construcción de colegios sino en el pago a maestros. Las clases se tomaron como un proceso integral y no como un mero trámite para obtener un título. Ese enfoque le ha granjeado cambios no solo en los estándares académicos de sus ciudadanos, sino en términos de comportamiento. Un cambio en la educación es una revolución en la cultura.

En las redes sociales es común ver que Suecia va a cerrar sus cárceles ante las bajas tasas de delincuencia, lo que los expertos atribuyen a la conciencia ciudadana obtenida a través de la educación. En otras palabras, la delincuencia no se minimiza con más cárceles ni con permisos para portar armas, ni con cadenas perpetuas. Se minimiza con educación.

Pero quizás el ejemplo más icónico en términos educativos es Finlandia. Hace unos meses el cineasta estadounidense Michael Moore viajó hasta ese país y filmó un documental de 10 minutos sobre las diferencias del sistema educativo entre Estados Unidos y los nórdicos.

Entre las cualidades principales de este sistema está el tratar a los educadores como una profesión privilegiada y no como una más. No se dejan deberes para que el estudiante tenga tiempo de calidad en su hogar. Los alumnos participan de forma activa en la coordinación de su enseñanza. No hay casi colegiatura privada y las escuelas públicas están descentralizadas -compiten entre sí-. Y se da educación individual y personalizada a quien lo necesite.

Es un país que analizó las ventajas de tener una sociedad culta, que buscó cómo desarrollarse sin centros financieros robustos ni apuestas al comercio internacional. Finlandia es un país que entendió que para mejorar no se necesitan millones de dólares, sino solamente una buena educación.

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