[MAPA INTERNO]

Ajustando sincronías

La capacidad humana para percibir asincronías minúsculas entre la imagen y el sonido aparece por sí sola cada vez que contemplamos una película en la que existe un pequeño retraso entre lo que vemos en la pantalla y lo que procede de la banda sonora. A menudo me he preguntado, al darme cuenta de ese fenómeno, cómo hacen los músicos de una orquesta para acompasar los tiempos de sus respectivas intervenciones o, dicho de otra forma, cuál sería el error mínimo en la sincronización que percibiría un espectador.

Se sabe muy poco acerca de los mecanismos cerebrales que actúan en esa integración multisensorial. Pero un experimento realizado en Alemania acaba de aportar algunas claves del proceso. Hweeling Lee y Uta Noppeney, científicos del Cognitive Neuroimaging Group, perteneciente al Max Planck Institute for Biological Cybernetics de Tubinga, han publicado en los Proceedings of the National Academy of Sciences un trabajo que examina la manera diferente como los músicos con años de experiencia al piano, comparados con personas sin entrenamiento musical, perciben las asincronías entre imagen y sonido.

En una segunda parte, el experimento indicó qué áreas cerebrales se activan en los músicos distinguiéndose respecto del grupo de control. Lee y Noppeney habían llevado a cabo ya con anterioridad distintos estudios acerca de la integración multisensorial que pusieron de manifiesto algunos detalles de la manera en que aparece, en términos neuronales, ese enigma que permite que lo que percibimos a través de la vista y el oído formen una imagen única acompañada de sus propios sonidos. Respecto del experimento indicado antes, es un circuito surco temporal superior-cortex premotor-cerebelo el que contiene la red neuronal implicada en la detección (y prevención, en el caso de los músicos) de las asincronías.

Lee y Noppeney han descubierto que es la práctica durante muchos años de un instrumento musical –eso que a los profanos nos parece una tortura obsesiva– la que lleva a construir un mapa interno en el cerebro gracias al cual los músicos son capaces de apreciar los tiempos audiovisuales relativos, anticiparse a los posibles errores y, al cabo, trasladar los planes de acción –la melodía que se tiene en mente– al movimiento concreto de los dedos que lleva a unos sonidos determinados. La capacidad muy superior de los músicos para llevar a cabo esa integración dentro de una ventana de tolerancia estrechísima no se traslada a otras actividades de percepción cognitiva. Cuando perciben asincronías entre el movimiento de los labios de una locutora y los sonidos que emite en forma de palabra, lo hacen con la misma capacidad de discriminación que los participantes sin formación musical alguna. Es una lástima que Lee y Noppeney no hayan dado un paso más adelante para averiguar lo que sucede si la locutora, en vez de hablar, silba una canción y quienes tienen que percibir las posibles asincronías son, como antes, pianistas.

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