[MEDIOS A MANO]

Asesino moderno

Anders Behring Breivik es todo un hombrecito de su tiempo (que es éste de ahora). El noruego con casi 80 asesinatos a sus espaldas cuenta con fotografías vestido de macho muy macho en su página de Facebook y parece que compró en eBay parte del material necesario para sembrar de cadáveres la isla de Utoya. Siguiendo un argumento muy en boga cuando, más de medio siglo atrás, se discutía si los científicos que dividieron el núcleo de los átomos eran responsables de las bombas caídas sobre Hiroshima y Nagasaki, sabemos que la culpa es de quienes utilizan los nuevos medios, no de los que hacen que aparezcan. Pero qué duda cabe de que supone toda una ventaja eso de que te pongan en casa los medios precisos para hacer unas cuantas bombas, ventaja inútil, por otra parte, si no se consigue que todo el mundo se entere de ello. Y nada mejor para tal empresa que adelantar, cuando aún no eres nadie, las fotos de guerrero aguerrido en las redes sociales.

Ese bagaje se quedaría, no obstante, en poca cosa sin el complemento necesario, sin la hazaña maestra de matar cerca de un centenar de personas en menos de dos horas –toda una muestra de competitividad y eficiencia, ahora que tales virtudes se alaban tanto– pero sirve, a toro pasado, para que uno pueda reconfortarse diciendo que antes de que nada sucediese ya vio al asesino en ciernes vestido de comando de coronel tapioca y con media sonrisa en esbozo, como si posase para una fotografía de boda familiar.

Qué pena que tanta parafernalia de la más actual modernidad quede teñida de un toque vetusto al leer que el asesino noruego reclama, para confesar, que dimita el gobierno antes. Hace cuatro décadas, los profesores contratados –no funcionarios, vamos– de España, en huelga casi permanente, encabezábamos siempre nuestras reclamaciones con la exigencia de que dimitiese el general Franco. Se trataba de una pretensión cosmética porque ni a Franco ni a ninguno de sus ministros se les ocurrió jamás dimitir ni así fuese que se lo ordenara el brazo incorrupto de santa Teresa. Pero hay que ver qué bien quedan las banalidades bajo el disfraz de ultimátum. De haber tenido Facebook entonces, los profesores levantiscos hubiésemos podido vestirnos de regicida anarquista. Lástima que ni siquiera los diarios se hiciesen eco de nuestros deseos.

La mezcla de (post) modernidad y (pre) historia pone de manifiesto que ninguna de las empresas tenidas por originales en realidad lo son. Ni siquiera las que, de la mano de la tolerancia absurda y el pensamiento políticamente correcto, dicta la barbarie siempre en boga. En realidad quienes deberían posar en plan de estrella del rock serían las autoridades que redujeron la policía noruega a poco más que un cuerpo decorativo. Sin helicópteros comprados en eBay ni armas que puedan exhibirse en Facebook, las fuerzas del orden se quedan en tropa de boy scouts. Haría falta que el filósofo Hobbes saliese de su tumba para recordarnos, incluso por internet, la verdad tan antigua como moderna de que la violencia debe ser un monopolio del Estado.

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