[NUEVO MANDATO]

Bachelet, históricos cambios

Tras el retorno a la democracia, los comunistas se mantuvieron en la oposición y solo en 2009 lograron elegir por primera vez a tres diputados gracias a un pacto con la centroizquierda.

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En su segundo mandato, Michelle Bachelet no solo busca hacer historia impulsando inéditos cambios políticos y sociales en Chile. También aspira a ampliar los márgenes de la cancha en la que se ha jugado la democracia, integrando por primera vez en 40 años al Partido Comunista (PC) a un gobierno.

En los próximos días la futura presidenta, electa en segunda vuelta el pasado 15 de diciembre con una amplia mayoría, definirá su Gabinete ministerial. Y, como ya es habitual en ella, poco y nada se sabe de quiénes serán los escogidos.

Pero los comunistas, que por primera vez desde el fin de la dictadura de Augusto Pinochet, en 1990, se incorporaron formalmente al pacto político de centroizquerda que gobernó al país hasta 2010, han expresado su completa disposición a colaborar en forma activa con la administración de Bachelet.

“No hemos entregado ningún nombre (...) Estamos a la espera de lo que va a decir la presidenta electa”, declaró el líder de los comunistas chilenos, el diputado Guillermo Tellier.

El retorno pleno del PC a la vida institucional chilena ha sido un tránsito paulatino no exento de escollos.

En la década de los 80 se distanció radicalmente de las otras fuerzas opositoras a Pinochet al optar por la vía armada por medio del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, que en 1986 organizó un fallido atentado contra el dictador.

Tras el retorno a la democracia, los comunistas se mantuvieron en la oposición y solo en 2009 lograron elegir por primera vez a tres diputados, gracias a un pacto netamente instrumental con la centroizquierda. En los comicios parlamentarios de noviembre pasado, ya como miembros plenos del pacto Nueva Mayoría que respaldó a Bachelet, duplicaron esa representación, eligiendo como nuevos diputados a tres exlíderes estudiantiles, entre ellos Camila Vallejo y Karol Cariola, quienes encabezaron las movilizaciones sociales que en 2011 pusieron en jaque al gobierno del conservador Sebastián Piñera.

Las críticas de la derecha durante la campaña presidencial por la alianza entre Bachelet y los comunistas fueron el pan nuestro de cada día, especialmente haciendo referencia a su participación en el gobierno del derrocado Salvador Allende en 1973.

Un hecho un tanto curioso, ya que en ese período, según han reconocido analistas e historiadores, el PC de Chile fue uno de los más “conservadores” dentro de la Unidad Popular que llevó al poder a Allende.

Pero en las últimas semanas ha habido también disparos de “fuego amigo” contra el PC, críticas procedentes del sector más conservador de la Democracia Cristiana chilena, eje histórico de la coalición que se formó para derrotar a Pinochet en el plebiscito de 1988.

El principal francotirador ha sido, hasta ahora, el exdiputado y expresidente de la DC Gutemberg Martínez, quien ha cuestionado abiertamente el eventual nombramiento de ministros comunistas.

“Si el PC nada dijera respecto a los temas de derechos humanos y sus conceptos de democracia y política internacional, sería un error (incorporarlo)”, declaró recientemente.

Sin embargo, su postura ha sido refutada por otros líderes democristianos, como el presidente del Senado, Jorge Pizarro. “No se trata de vetar ni de cuestionar a nadie cuando hemos estado trabajando en conjunto (...) y hemos ido en un acuerdo electoral, programático y una candidatura única definida por todos”, terció Pizarro.

Pero Bachelet no ha tendido la mano al PC solo como un gesto democrático. Necesita sumar fuerzas para llevar a cabo su programa, que pretende dar al país una nueva Constitución; reformar profundamente la educación dotándola de gratuidad y mayor calidad, y elevar los impuestos a las grandes empresas.

En el Congreso ya las tiene, porque los buenos resultados obtenidos por su bloque en las parlamentarias del pasado 17 de noviembre le dan la mayoría necesaria en ambas cámaras para aprobar parte importante de los cambios que desea ejecutar, salvo la nueva Constitución.

Pero el flanco más complejo es el de la calle. Los propios partidarios de Bachelet reconocen que sus promesas han generado muchas expectativas en la sociedad.

Y si surge frustración, se podría dar inicio a la movilización social, ya no solo de los estudiantes sino de muchos otros sectores. La participación en el gobierno de los comunistas, que mantienen influencia en organizaciones sindicales y parcialmente en las estudiantiles, puede ayudar a Bachelet a entablar un diálogo con esos sectores, en lugar del choque frontal que vivió Piñera.

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