[EL PASADO]

Bolero...

El mundo ha cambiado tanto en los últimos 40 años, especialmente en lo que a velocidad en la comunicación se refiere, que la manera de concebir el amor se ha transformado.

No está el mundo para boleros: crisis económica por doquier, hambruna en el cuerno de África, revueltas aquí y allá, guerras, y un descreimiento generalizado en el sistema político establecido. Sin embargo, el ser humano no ha dejado de cantar ni en los momentos más dramáticos de su historia. Canciones tristes o alegres como expresión de amores y vivencias. Las de hoy son, también, reflejo de nuestra época.

Ha muerto en México Enrique Cáceres Méndez, voz principal del trío Los Panchos, grupo que popularizó a mediados del siglo pasado la canción romántica en los países de habla hispana. La gente que entonces éramos jóvenes crecimos a ritmo de rock y de chachachá entre otros géneros, pero crecimos también a ritmo de bolero, esas composiciones que convertían los salones de baile en recintos donde se alborotaban todos los sentimientos y todos los deseos. Ayudaba bastante que las luces se atenuaran.

Los boleros nos hicieron creer que el amor, para serlo, debía ser desgarrado, único, eterno e incluso vengativo, como se desprendía de unas letras que eran pura poesía. Así nos fue cuando aprendimos que no era así la cosa. Por eso, una de las acepciones de la palabra bolero que da la Academia es “que dice muchas mentiras”. No obstante, y nunca mejor dicho, que nos quiten lo bailao.

En España difundieron la música latina grupos famosos y solistas profesionales, pero colaboraron, sobre todo, en las ciudades universitarias, los estudiantes iberoamericanos que cursaban en ellas sus estudios. Con ellos trajeron su cultura, y nunca faltaban grupos de bailes típicos o musicales. Quien dice América Latina, dice canción. Sus interpretaciones, en círculos bastante exclusivos a veces, eran garantía de éxito, y sus serenatas, tan distintas a las típicas de las estudiantinas, provocaban la envidia del vecindario de la elegida. Contigo aprendí, cantaban acompañados de los bongós, y una se lo creía. Las noches de ronda no lastimaban el corazón.

El mundo ha cambiado tanto en los últimos 40 años, especialmente en lo que a velocidad en la comunicación se refiere, que por fuerza la manera de concebir el amor ha sufrido transformaciones. En realidad, el fondo es el mismo, tú me quieres, yo te quiero y nos arriesgamos al dolor y al desengaño en busca de una convivencia feliz hasta donde alcance, pero la forma de expresarlo es distinta. Más realista y menos romántica.

En efecto, la distancia no es el olvido. Los celulares, los mensajes por internet y la facilidad para viajar la acortan, y por tanto, las barcas que parten regresan y los relojes siguen marcando las horas, pero sin que represente un drama. Además, a nadie se le ocurre, en unas relaciones en que cada parte se reserva su propio espacio, pensar que yo sin tu amor no soy nada, aunque nadie sepa en quién piensa el otro cuando oye volver, volver a tus brazos otra vez y se pone melancólico. Dios nos libre de preguntar, aunque sospechemos que alguien dejó su sabor en él, y resultaría muy prepotente decirle al que nos abandona que a la hora que yo quiera te detengo. Prepotente e inútil por añadidura.

Lo que más sorprende quizá a los que aprendimos a querer a ritmo de bolero es la actitud de las parejas a la hora de cortar una relación. Prescindiendo de celos y achares para intentar la vuelta –celos y achares que quedan para las telenovelas–, se habla hasta el cansancio. Hasta que todo queda claro. Lo normal es que después de un tiempo prudencial, duelo que le llaman, si la relación no fue traumática, sigan siendo amigos. Aquello de aunque sigas viviendo, para mí ya estás muerta, está terriblemente pasado de moda. Por otra parte, ninguno le dirá al otro devuélveme el rosario de mi madre (ay, los valses peruanos, cómo dejarlos en el olvido), sino que romperán juntos las tarjetas de crédito que tenían en común. El mundo no está para valses y menos para boleros.

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