[DEPURACIÓN]

En Brasil va a pasar algo

Lula da Silva, durante su gestión, no se metió en nada que pudiera afear su imagen. Esquivó el tema de los derechos humanos y la dictadura: su última gambeta fue, “durante la era militar hubo héroes, pero no víctimas” y, por lo tanto, tampoco victimarios, y así se sacó el tema de encima y lo empujó hacia delante.

En materia de corrupción –los escándalos fueron varios y grandes– no se investigaron a fondo ni se hizo una limpieza en serio para poner fin al problema.

Fue muy hábil, sí, para salirse de cada “caso” como si fuera ajeno, pese a que los principales responsables y acusados, e incluso, castigados fueron hombres de su confianza, muy allegados a él y figuras de primera línea de su partido.

Todo se lo dejó como herencia a Dilma Rousseff –su delfina– y, además, un encargo: llevar adelante una ley para “amordazar” la prensa (hablando de su “democratización”, por supuesto), lo que él no se animó a hacer (cuestión de imagen), aunque no disimuló y ni calló sobre el final la molestia que le provocaba la prensa independiente ni nunca negó su militante solidaridad con aquellos regímenes donde la libertad de prensa está restringida o simplemente no existe.

La presidente Rousseff, en cambio, no ha esquivado “el bulto”. Ha encarado de frente la corrupción y ha iniciado una limpieza, generando miedos y temblores a amigos, allegados y aliados políticos del exmandatario. Las renuncias de jerarcas y “caídas” desde muy alto están a la vista.

La contraofensiva lulista no se ha hecho esperar. Se recurre al Congreso y partidos aliados para meter algunas “picas” en Brasilia. Una, el tema de los derechos humanos y la dictadura (la Comisión de Verdad y la revisión de lo “hecho” por las fuerzas armadas, a saber: torturas, desapariciones, asesinatos). El de los militares es de esa forma un frente que se la abre al gobierno de Dilma y le puede quitar aliados –además de los propios uniformados– en algunos sectores sociales. Por otro lado es un tema fuerte para confundir o distraer a la gente.

Paralelamente, Lula y el PT arremeten con la ley contra la prensa. El proyecto regulador es impulsado y aprobado por el Congreso del PT y por los lulistas más ortodoxos. Dilma, en tanto, ha reiterado que está en contra del control de los medios. Esa es su convicción y no de ahora y a ello se suma una razón más que práctica: en esta pugna que hoy vive su mejor y más fuerte aliado es contar con una prensa libre, independiente, profesional y sin ningún tipo de mordaza.

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