[TESTIMONIOS DE LA GRANDEZA]

Carta de Alemania

Sin arrogancia, pero con certidumbre, la mayoría de alemanes reconoce a su canciller Merkel por la solidez, firmeza y claridad con la que la ha conducido a su país y a Europa durante esta crisis.

A Thomas Mann le debo este viaje a Alemania aunque fue la generosidad de una beca de la Universidad del Sur de California la que lo hizo posible financieramente. Vine a Heidelberg-Mannheim a aprender alemán para poder investigar adecuadamente un corto trecho de la vida política del autor de La montaña mágica y decenas más de libros, ensayos, discursos y ponencias. ¡A la vejez viruelas! Dirá usted. O como dice mi nieta Francesca, ¡Abuelo, qué chistoso que estés estudiando!

Afortunadamente para mi oficio de escritor, me ha tocado estar aquí justo en el momento en el que Alemania recupera su centralidad europea no con las arrogantes y dolorosas mentiras del pasado sino con la solidez, firmeza y claridad con la que la canciller Angela Merkel ha conducido a su país y a Europa, durante esta grave crisis continental. Tres virtudes capitales que según las encuestas publicadas esta semana, el 66% de los alemanes le adjudican a su canciller.

Esta no es, afortunadamente, la primera vez que me encuentro en Alemania. Vine dos veces cuando el Muro de Berlín era una dolorosa realidad y regresé dos veces más cuando la arbitraria división ideológica del país había terminado. Esta vez, sin embargo, encuentro en Alemania una nueva actitud que no significa, de ninguna manera, que los alemanes hayan olvidado el pasado o que se hayan instalado en la complacencia. En Frankfurt, por ejemplo, hace tres semanas nos tocó a mi esposa y a mí, participar en la celebración de un festival dedicado a la tolerancia y el respeto entre las diferentes razas y etnias.

A la semana siguiente, viajamos de Frankfurt a Lübeck, la ciudad natal de Mann en el norte de Alemania y donde la casa de su familia es una especie de santuario dedicado a la vida y obra de Thomas y su hermano Heinrich. Mis lecturas de sus libros, cartas y memorias nos llevaron a la iglesia de Santa María, justo enfrente de la casa de la familia Mann-Buddenbrook, y donde Thomas cuenta que de joven se deleitaba viendo el magnífico mural de la Danza Macabra, pintado por Bernt Notke en 1463 y destruido en 1942, durante el primer bombardeo de la Real Fuerza Aérea inglesa a una población civil.

Hoy, del mural de Santa María solo quedan fotografías, un vitral que reproduce algunas de las figuras y mucha historia. “En 1703”, por ejemplo, me cuenta el pastor de la iglesia, “Johann Sebastian Bach caminó los 321 kilómetros que separaban su casa en Eisenach de Lübeck, para continuar sus estudios de órgano con el maestro Dieter Buxtehude”. En Lübeck y por toda Alemania, sobran los testimonios de la grandeza alemana destruida por la miseria de su arrogancia.

De su vida en la vieja casona de la familia, Mann no guardó muchos recuerdos agradables. Su primera gran novela, Los Buddenbrook es un relato despiadado de la historia de su próspera familia y de la asfixia que sentían las personas con temperamento artístico (él, su hermano Heinrich, su madre brasileña y su abuelo materno, un alemán con una irresistible nostalgia de Brasil) viviendo en un ambiente de clase media alta en una importante ciudad de la liga Hanseática como Lübeck, tan rígida y tan pequeña. De su infancia, Mann narra que sus momentos más felices transcurrieron en Travemünde, un espléndido balneario nórdico donde el bosque y el mar se juntan produciendo imágenes que me recuerdan escenas de una película del cineasta sueco Ingmar Bergman.

Por mucho tiempo, la relación entre la gente de Lübeck y Thomas Mann fue compleja. Pues si bien siempre le reconocieron como el más famoso de sus hijos, el excanciller Willy Brandt también nació en Lübeck y Günter Grass la adoptó como residencia “para estar cerca de Mann y Brandt”, los viejos no le perdonaron nunca lo que escribió en Los Buddenbrook. Hoy, sin embargo, los jóvenes de Lübeck, parecen haber entendido que Mann tenía razón cuando escribió una frase que estoy seguro le guió durante toda su vida: “Con el tiempo, es mejor una verdad dolorosa que una mentira útil”, una frase que a mi juicio sintetiza lo que yo siento que hoy caracteriza a la nueva Alemania.

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