[GUERRA CONTRA EL TALIBÁN]

Cartas desde Europa: Afganistán

La guerra de Afganistán ha sido la más larga jamás emprendida por Estados Unidos, y a pesar de cuantiosas inversiones militares y civiles, el país no mejora.

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Barack Obama cerró (casi) la cárcel de Guantánamo pero no pudo sacar las tropas estadounidenses de Afganistán. No cabe pensar que Donald Trump vaya a hacerlo. Una de las bien escasas iniciativas que ha llevado a cabo su presidencia ha sido la de incrementar el número de sus soldados en ese país, amén de dejar de lado los eufemismos y afirmar que no se trata de levantar Afganistán, lo que quiere Trump es matar terroristas.

No parece que un ejército mayor vaya a lograr matar a todos los talibanes afganos, y ni siquiera a someterlos. La historia de Afganistán demuestra que se trata de un país en especial difícil de ocupar por parte de ejércitos al estilo de los occidentales, por poderosos y nutridos que sean. Son ya leyenda los fracasos británicos allí donde tampoco los soviéticos lograron acabar con los señores tribales. Solo Alejandro Magno logró llevar a cabo una especie de amalgama heleno-afgana que terminó, en cualquier caso, tras su muerte. Creer que Estados Unidos acabará con los feudos talibanes es, como mínimo, pecado de ingenuidad.

Las estadísticas plantean una cuestión interesante. En la década larga que lleva en marcha la guerra más prolongada que ha librado jamás Washington, la suma de lo invertido en Afganistán asusta. El Financial Times ha calculado que la cifra alcanza un billón de dólares en 13 años, y no un billón americano sino de los nuestros, es decir, un millón de millones. Diez veces el presupuesto militar anual de Rusia. Habida cuenta de que Afganistán es el octavo país más pobre del mundo, con un PIB que alcanza 546 dólares anuales per cápita, y que la población afgana era el año pasado de algo menos de 35 millones de personas, es fácil hacer el cálculo de lo que se le podría haber dado a cada habitante del país para sacarle de la pobreza: casi 30 mil dólares para cada uno de ellos, incluyendo niños y ancianos. Lo que consiguen los afganos a lo largo de medio siglo. Pero no se trata ahora de incorporarles al estado del bienestar sino de matarlos. ¿A qué precio? Treinta mil dólares por cabeza no han bastado para exterminar a todos ellos, los terroristas y los no terroristas. Bueno; aun ha costado más matar a los iraquíes y en esas estamos.

Tanto Santayana como Marx dejaron dicho, con palabras parecidas, que ignorar la historia lleva al disparate de repetir los errores una y otra vez. Parecía que la guerra de Vietnam habría acabado para siempre con la utopía de salir bien librado de las aventuras coloniales, pero no. Se vuelve a las andadas aunque, eso sí, dejando las máscaras del desarrollo y la democracia de lado. La idea original de desarraigar la pobreza del país como medio mejor para acabar con la dictadura de los talibanes ha sido, ya digo, abandonada. Trump ha declarado de forma textual que no va a construir más escuelas ni hospitales para unas gentes que odian a Estados Unidos. Quiere irse de Afganistán pero, de momento, envía allí más tropas. ¿Les suena la canción?

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