[VENEZUELA]

La Chinita y el narcotráfico

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Escribo desde Maracaibo. El pasado viernes 18 noviembre conmemoramos un año más de la Virgen de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Se trata de la patrona del Zulia, de la Guardia Nacional y de toda Colombia desde donde se inició la tradición. Días memorables en los cuales se produce el reencuentro de familiares y amigos de toda la vida y, en la medida de lo posible, de alegres festividades. Este año no hubo fiesta en Maracaibo más allá de las tradicionales jornadas religiosas en la Basílica y las que en privado sostuvieron las familias con la mayor discreción.

Sin embargo, Maracaibo siempre es grata por estos días. Una vez más se puso a prueba el temple de los zulianos, su amor por la patrona y su rechazo infinitamente mayoritario al régimen actual, tanto nacional como regional. Entre los pocos motivos de júbilo está la designación de Baltazar Porras, arzobispo de Mérida, como cardenal y en consecuencia, Príncipe de la Iglesia. Merecida distinción. La atención sigue pendiente de la Iglesia vaticana y de la venezolana, ejemplo de dignidad y clara resolución frente a la tragedia que padecemos los venezolanos. En tiempos confusos, cuando hasta la oposición más o menos organizada parece una montaña rusa con sus altas y sus bajas, la Iglesia es un faro de orientación que debemos observar de manera permanente.

Pero en estos días no todo ha sido feliz resignación alrededor de nuestra patrona. También llegó la información, con sus detalles al alcance de la opinión pública nacional e internacional, de la declaración de culpabilidad de los sobrinos de Cilia Flores y la eventualidad de enlaces con buena parte del mundo civil y militar de la república. El narcotráfico continúa su criminal actividad corruptora dentro y fuera del país. Nada podemos esperar de la acción, ni del régimen ni de la desprestigiada alianza entre el Gobierno y los cuatro representantes de Unasur, para mi gusto, de insólita tolerancia por parte de los representantes formales de la Mesa de Unidad Democrática.

Aunque algunos todavía no lo crean, el narcotráfico es el mayor peligro de Venezuela y buena parte del continente. No solo por lo grueso de esa actividad, sino también por el microtráfico. Como ahora es bastante más fácil hacerle seguimiento a las grandes cantidades de dinero en efectivo o por cuotas en cualquier parte del mundo, se está pagando con droga a los integrantes medianos y menores que integran los enormes tentáculos de esta actividad. De allí las pandillas y los “colectivos” organizados enfrentándose mortalmente en defensa de territorios o zonas concretas para garantizar sus actividades y ganancias. Todo dentro de la mayor impunidad, es decir, complicidad según algunos bien informados.

El narcotráfico crece. También el consumo, especialmente entre jóvenes ricos y pobres. Desaparece el hampa común convertida en verdadero crimen organizado.

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