[TRATAMIENTO]

Clase ´bussines´

Hace bastantes años, los suficientes como para que ni siquiera recuerde cuántos son, publiqué un artículo diciendo que montar una cárcel privada en España con clase preferente, esa misma a la que las compañías aéreas nos han acostumbrado a llamar business, era un negocio muy a tener en cuenta si se dispone de un espíritu emprendedor.

Corrían tiempos distintos a los actuales, tiempos en los que la corrupción, aun siendo evidente para un buen número de ciudadanos españoles, quedaba todavía oculta bajo el barniz de la honorabilidad. Se trata de la palabra que forma parte del tratamiento oficial de algunas de las más altas autoridades del país.

Por ejemplo, muy honorable era Jordi Pujol, y a lo mejor lo sigue siendo mientras los tribunales no decidan lo contrario. En aquellos años ni los políticos ni los financieros comparecían ante la justicia, con la excepción de Mario Conde –que se ve que no tenía la misma camaradería con quienes manejan los hilos del poder que sus colegas hoy en apuros–, pero un establecimiento penitenciario a la altura de los que cuentan con patrimonio sobrado para pagar sus lujos se me antojó como una innovación de espléndido futuro. Siempre, claro es, que fuera posible pagar por estar preso. No sucedía tal cosa, pero estamos hablando de unos tiempos en los que tampoco parecía que en España se tuviesen jamás que costear del propio bolsillo los tratamientos y las medicinas de los hospitales públicos. Qué ingenuos éramos en aquel entonces.

Holanda, que no forma parte del club de los países europeos en apuros económicos, puso a principios de este año en marcha un proyecto de ley para obligar a los reclusos a que paguen por los gastos que genera el tenerlos en la cárcel. El precio sugerido era tirando a modesto: 20 dólares al día, es decir, propio más de una pensión que de un hotel si tenemos en cuenta que se trata de pensión completa más habitación. Hasta 81 millones de dólares espera ahorrarse el Gobierno holandés si la medida sale adelante y, cosa aún más interesante, resulta que Dinamarca y Alemania, otros dos países del club de los ricos en la Unión Europea, los presos abonan su estancia en la cárcel.

Al margen de los asuntos técnicos, como el de qué pasará si un recluso no paga lo que le corresponde –porque elevar el tiempo de su condena no haría sino llover sobre mojado–, la idea de cobrarles a los presos es el primer paso hacia lo que es evidente que vendrá después: privatizar las cárceles, que el argumento de la racionalización del gasto, si sirve para los hospitales, aún habrá de servir más para las prisiones. Y es entonces cuando pienso pedir al menos la propiedad intelectual del proyecto de crear celdas adecuadas para nuestros próceres con condena firme y pocas esperanzas de lograr el indulto.

Qué duda cabe que una clase business es lo menos que se merecen los padres de la patria, acostumbrados a viajar de esa manera desde que perdieron los dientes de leche en la política para obtener el tratamiento de excelentísimo señor.

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