[NICARAGUA]

Crónicas de un funeral electoral

El 6 de noviembre pasará a la historia como un día triste del que no hay nada que celebrar, porque no gana nadie cuando falla la democracia y se pierde la confianza en el voto para elegir.

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Crónicas de un funeral electoral

Lejos de ser una “fiesta cívica”, la farsa electoral transformó las elecciones del pasado 6 de noviembre en un funeral electoral en el que se enterró la democracia en Nicaragua, que radica en la credibilidad del sistema representativo y la alternabilidad en el poder público.

No se puede congratular a Daniel Ortega por haber destruido, poco a poco, golpe a golpe, la confianza del pueblo nicaragüense en el proceso electoral representativo, transparente y libre, que es la base fundamental de la paz y la convivencia pacífica. La apatía no es presea democrática, sino la participación.

Diga lo que digan las cifras de abstención que da el Consejo Supremo Electoral, para los ojos de cualquier observador internacional este es un proceso fallido porque hubo una abstención que ronda entre el 70% y el 80%, lo que es fácilmente comprobable con la evidencia gráfica de miles de reporteros ciudadanos que, con sus celulares, tomaron fotos de unas inexistentes filas de votación, las que en 1990 y otras elecciones subsiguientes le daban la vuelta a la manzana. Solo en Corea del Norte una mentira tan grande puede ser asimilada como verdad, por el control totalitario que existe sobre la ciudadanía y los medios de comunicación.

La farsa electoral se convirtió en un verdadero plebiscito: ganó el “no” a la farsa electoral, lo que equivale a decir que ganó el “sí” a elecciones libres, transparentes y con observación nacional e internacional. No se pueden congratular Ortega ni doña Rosario de haber erosionado, poco a poco, la confianza del pueblo nicaragüense. Tarde o temprano deberán corregir el camino andado y revertir el rumbo que lleva el país que, inexorablemente, nos lleva a la confrontación.

Podrán celebrar ahora el autoengaño, pero es una victoria pírrica, ya que el poder escogió a sus adversarios. Es como al boxeador que le ponen contrincantes “de paquete” por temor a que, sorpresivamente, aparezca uno que lo pueda derrotar, como ocurrió con este mismo boxeador en la contienda de 1990.

Los resultados son tan inverosímiles como los de Corea del Norte, excepto que allá no tienen empacho en adjudicarle el 100% de los votos a Kim Jong-un y donde abstenerse, o votar “no” es considerado como un acto de traición a la patria.

Aquí aún se permite el voto por los otros candidatos de la farsa, para darle más credibilidad, y no se castiga la abstención como una traición, así que aún estamos mucho más avanzados, democráticamente hablando, que Corea del Norte.

El periodista Jan Martínez Ahrens, del prestigioso diario español El País, resume el “triunfo” de Ortega en el primer párrafo de su nota, del lunes 7 noviembre, de la siguiente manera: “No han hecho falta mítines ni debates ni tan siquiera campaña. El triunfo electoral de Daniel Ortega era tan previsible como su candidatura. Ilegalizada la única oposición real, barridos los observadores internacionales, controlados todos los resortes del poder, era imposible que el antiguo comandante sandinista perdiese los comicios de este domingo. El desenlace estaba escrito de antemano e incluso ese masivo 72% que le han otorgado las urnas, importaba poco. Lo grave, lo vital, lo único, era su continuidad. Y ese objetivo se ha logrado. Aunque a un alto coste”.

El periodista español casi acierta justamente, porque de acuerdo al conteo final del Consejo Supremo Electoral, Ortega obtuvo el 72.5% de los votos, e increíblemente los magistrados vieron participar al 68.2% de la población, algo que va en contra de todos los que tuvieron ojos para ver y cámaras para comprobar la raquítica afluencia ciudadana en las Juntas Receptoras de Votos (JRV).

A los partidos “opositores” les asignaron 27.5% de esa invisible montaña de votos, por lo que tendrán alguna representación en el Parlamento, pero mucho menos que el 40% que les otorgó Somoza al Partido Conservador zancudo de Agüero por participar en la farsa electoral de 1974 en que, también sin sorpresas, resultó reelecto.

El 6 de noviembre pasará a la historia como un día triste del que no hay nada que celebrar, porque no gana nadie en el país cuando falla la democracia y se pierde la confianza en el voto para elegir.

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