[VIOLENCIA EN EL SALVADOR]

Expertos en maquillar la realidad

Es práctica de casi todos los gobiernos ocultar los problemas del país para hacerle creer a los inversionistas y turistas que la violencia está controlada

Convencido de lo que se oye en el exterior sobre la disminución del crimen en El Salvador, por la tregua entre pandillas firmada en marzo de 2012, llegué confiado a comer pupusas en la calle, pero me preocupé cuando algunos ciudadanos me advirtieron que mi aventura podría ser peligrosa.

Es práctica de casi todos los gobiernos ocultar los problemas del país para hacerle creer a los inversionistas y turistas que la violencia está controlada.

No se escapa de esto Mauricio Funes, un mandatario aceptado por un alto porcentaje de la población. De cada 10 salvadoreños, siete aprueban su gestión. Las cifras dicen que ha sacado de la pobreza a más de 300 mil personas. Redujo los precios de los medicamentos en un 60% y ha entregado paquetes escolares a por lo menos un millón 300 mil estudiantes.

Sin embargo, uno de sus ambiciosos programas, la disminución de la violencia, no logra satisfacer a la mayoría de salvadoreños.

Visité al director del Instituto de Medicina Legal, José Miguel Fortín, un polémico siquiatra enseñado a no guardar silencio, a tal punto que fue destituido.

Fortín se niega a cambiar las cifras oficiales sobre el número de muertos y las revela con franqueza. Es sospechoso que lo echaran después de su justa rebeldía. (Demandó un amparo ante la Corte Suprema y lo ratificaron en el cargo).

Fui a la morgue para constatar la verdad. Está repleta. Las cifras son alarmantes para un país pequeño como El Salvador: en junio llegó a 222 homicidios y al cerrar esta columna, la cifra sobrepasa los 60 muertos.

Al comenzar la tregua, los jefes pandilleros recibieron del Gobierno privilegios en la cárcel, vistos como un arma de doble filo: tenían permiso de usar celular; mantenían al día su perfil de Facebook y hasta tuiteaban.

El índice de homicidios bajó a cuatro diarios. La gente pensó que ellos vigilaban y aplacaban a sus secuaces en las calles, pero lo que realmente hacían era controlar el negocio de las extorsiones, delito que aumentó.

En mayo, al asumir el nuevo ministro de Justicia, les quitó las prerrogativas y los muertos volvieron a las calles.

Un plan parecido, llamado “declaración de principios”, prometiendo cero crímenes y violencia, se firmó entre las pandillas MS y la 18, en Honduras, país con un “récord mundial de homicidios”. No quiero ser pesimista, pero hay que tener claro que estos no son “seres humanos cometiendo pequeños errores”. Son individuos sin corazón, asesinos y peligrosos, de quienes se debe dudar de su palabra.

No es una pelea entre grupos rivales de un barrio, sino una lucha feroz de la máquina de la muerte del crimen organizado, por lo tanto esas treguas son cuestionables. Hay que vigilar que no se amparen en la ley para seguir delinquiendo en las sombras.

Dudo mucho que los presidentes Mauricio Funes, de El Salvador y Porfirio Lobo, en Honduras, sean ingenuos. Es mejor que enfrenten la realidad y no manipulen las cifras con el fin de ganar popularidad abanderando una frágil paz.

Que no le mientan al pueblo, que no maquillen la verdad, porque cuando amanezca, se conocerá la cara lavada con todos sus defectos. Los salvadoreños quieren comer pupusas en la calle sin miedo. @RaulBenoit

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