[GINEBRA]

Felices pactos

Hay datos sobre una vía de negociación secreta anterior a las elecciones presidenciales iraníes, que no puede gustar a quienes abominan de la moderación.

Benjamín Netanyahu dice que es un “mal acuerdo”, pero todo el mundo sabe, incluso los halcones israelíes, saudíes y estadounidenses, que es un acuerdo útil y beneficioso para todos, también para quienes lo denigran y que, por eso, es el mejor acuerdo al alcance de la mano, y por tanto un muy buen acuerdo que abre el camino al acuerdo definitivo.

La prueba de que no se sostiene la tesis de Netanyahu es que con este acuerdo se consigue pacíficamente lo que se hubiera podido conseguir, o al menos intentar, por las armas. Según los expertos, un bombardeo de las instalaciones nucleares, por preciso y bien planificado que estuviera, solo conseguiría retrasar durante unos pocos años el programa nuclear, quizás dos o tres, pero Irán volvería al poco tiempo a situarse en el actual nivel de fabricación de combustible considerado peligroso.

Pues bien, con la eliminación de parte del uranio enriquecido a más del 20%, la disminución del nivel de enriquecimiento del 20% al 5% (inocuo este último a efectos militares), la congelación del número de centrifugadoras activas y la paralización de la actividad en el reactor de plutonio de Arak, que es todo lo acordado en Ginebra en la madrugada del domingo, ya se consigue el efecto de retrasar el entero camino hacia la obtención del arma nuclear sin disparar ni un solo tiro.

Los seis meses del acuerdo provisional son buenos en sí mismos, pero lo son también porque eliminan el riesgo bélico que abriría el bombardeo contra Irán, además de constituir el camino para la neutralización definitiva con un acuerdo final, que se quiere obtener en el plazo del próximo año. Harán de escrupulosos vigilantes quienes se han opuesto hasta ahora: Israel y Arabia Saudí por razones existenciales, es decir, por pérdida de palancas geopolíticas en la región; Francia, por sus reflejos de antigua superpotencia; y los halcones del Congreso estadounidense por su permanente marcaje de los poderes presidenciales.

Pero la desconfianza servirá también para convencer a los halcones iraníes que recelan del acuerdo. Con sonrisas de satisfacción en Jerusalén, Riad y Washington le hubiera sido más difícil al presidente Hasan Rohaní vender las concesiones a los duros del régimen. No hay perdedores, aunque algunos disimulen. Las pérdidas que puedan registrar Israel e Irán, que son geopolíticas, son anteriores y se darán en cualquier caso. Habrá perdedores, todos otra vez, si no se alcanza el acuerdo definitivo en las fechas previstas, dentro de un año como más.

Este final feliz, aunque todavía provisional, tiene beneficios monetizables. Seguro que han contado los 7 mil millones de dólares en activos congelados que irán a bolsillos iraníes en las próximas semanas y el ahorro en presupuesto militar que harán Estados Unidos e Israel al excluir un ataque. Pero ha contado, ante todo, la voluntad política: de Obama y de Rohaní. Hay datos ya sobre una vía de negociación secreta anterior a las elecciones presidenciales iraníes, que no puede gustar a quienes abominan de la moderación; es decir, a los enemigos de los felices pactos en los que todos ganan porque todos ceden.

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