[SEMÁNTICA]

Fórmula magistral

No sé si en Panamá llamaban ustedes fórmula magistral al preparado que, en tiempos, hacían los boticarios. Hoy que solo tenemos pastillas y jarabes de marca, la expresión puede utilizarse para otra cosa. Para los hallazgos semánticos, por ejemplo. Hace unas semanas nos hablaron de la ciclogénesis explosiva que barrió la península Ibérica con amenaza de catástrofes. Luego vino el vórtice polar en los Estados Unidos, mucho más en serio. Fijémonos bien en las denominaciones: lo suyo, como se ve, es dar con una fórmula magistral que nos haga pensar en que sabemos lo que sucede e incluso que lo tenemos controlado. Las palabras deben ser lo bastante técnicas para que no hayan aparecido antes en las conversaciones de café y han de sonar de forma lo más mayestática posible. Ciclogénesis, vórtice; hace cinco siglos se habría aludido al demonio sin más y aún hay quien lo hace, pero semejante recurso no da resultados hoy empleado de esa manera tan simple, ni tampoco se quema a nadie en la hoguera –en términos textuales– porque se atreva a invocar causas próximas, científicas cabría decir. Se discute, pues, en términos empíricos pero, ¿tenemos a mano las causas de tales fenómenos?

Los Estados Unidos han pasado por la peor ola de frío en más de un siglo, que es tanto como decir desde que existen estadísticas fiables. Hoy sabemos, además, que no se trata tanto de la cifra que marcan los termómetros como del golpe helado cuyo mordisco se nota en el propio cuerpo: de la sensación térmica –otra fórmula magistral– que indica con mayor certeza lo que hay que aguantar si se sale a la calle. Hasta 60 grados bajo cero, el doble de los apreciados por los instrumentos de medida, se sentían por culpa del viento que ha barrido, de la mano del vórtice polar, las llanuras de Minesota. Con el añadido de casi dos mil vuelos cancelados en el país y las imágenes de carámbanos que adornaban las ciudades estadounidenses como si se tratase de la recreación del país de Papá Noel.

Pero todo eso pertenece al terreno de la fenomenología, como sabe cualquier filósofo. ¿No estábamos en que el calentamiento global nos conducía a tener que aceptar que el infierno ese del que nos hablaban desde los púlpitos no ya hace cinco siglos sino anteayer, como quien dice, ya ha llegado? En realidad lo que sucede es que no sabemos qué sucede; no lo bastante como para poder explicarlo en términos simples, de esos que estamos acostumbrados a manejar, y hay que inventar las fórmulas magistrales con las que se nos anima a consolarnos. Sabemos lo que sabemos; que el vórtice polar se ha desplazado hacia el sur; que la ciclogénesis explosiva –¿por qué no se le llama bomba meteorológica, como antes?– abandonó de pronto su refugio de los trópicos. Pero la pregunta es por qué suceden esas cosas y la siguiente cuestión a aclarar es en qué medida somos nosotros mismos, los occidentales primero y a continuación, ¡ay!, los países con economías emergentes, los culpables.

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