[TRAGEDIA EN JAPÓN]

Fukushima, un año después

Lo que hace un año era el terreno en el que se elevaba uno de los lugares turísticos más populares del norte de Japón, ahora es un erial, anegado de arena y mar.

En la costa de Rikuzentakata, una población situada 500 kilómetros al noreste de Tokio que hace un año tenía unos 24 mil habitantes, se eleva un pino agonizante de 30 metros de alto. El tronco arqueado, la copa reseca, las raíces hundidas en una tierra que ahora es salada hablan de una muerte temprana. Fue el único árbol de un bosque de 70 mil que sobrevivió a la fuerza del tsunami, generado por el terremoto de magnitud 9.0 que, el 11 de marzo del año pasado, devastó la costa nororiental de Japón. La catástrofe dejó a su paso 15 mil 854 muertos y 3 mil 276 desaparecidos.

El pino solitario se ha convertido en un símbolo de esperanza para esta localidad de la prefectura de Iwate, en la que fallecieron cerca de 2 mil personas, a pesar de que sus 250 años de vida parecen haber llegado a su fin, debido a la salinización del suelo.

Lo que hace un año era el terreno en el que se elevaba uno de los lugares turísticos más populares del norte de Japón, ahora es un erial, anegado de arena y mar, del que sobresalen troncos quebrados y restos de aparejos de pesca. Junto al árbol, un edificio amarillento con el espinazo roto es lo único que resistió al embate del muro de agua. Más de 3 mil edificios fueron arrancados de cuajo o destruidos completamente.

En muchos lugares de los cientos de kilómetros de la costa de Japón destrozados por el maremoto, la masa de océano superó los 13 metros de altura (el equivalente a cuatro pisos), y en algunos puntos llegó a 30 o 40 metros. Se rompieron 45 diques y fueron dañados 78 puentes y 3 mil 918 carreteras. Aún hoy siguen desplazadas de sus hogares 343 mil personas. El Gobierno estima en 16.9 billones de yenes (206 mil millones de dólares) los daños en edificios, infraestructuras, vehículos, fábricas e instalaciones agrícolas y pesqueras, entre otros.

Son cifras cuyo verdadero significado solo se aprecia cuando uno ve los viaductos del tren segados y las vías plegadas como regaliz o cuando contempla las explanadas desnudas de viviendas en poblaciones como Rikuzentakata, Minamisanriku, Kesennuma, Onagawa y tantas otras en las que desaparecieron barrios enteros. Son inmensas superficies salpicadas tan solo por algunos esqueletos de acero y hormigón, interrumpidas por los dibujos geométricos de los cimientos sobre los que se asentaban las casas de madera que fueron arrastradas por las aguas mortales.

La costa de esta zona de Japón es de gran belleza. Colinas, pequeños fiordos y bosques frondosos acompañan una sucesión de pueblos pesqueros. Pero los malecones reventados, los bosques rotos hasta donde subió el agua y los solares vacíos torturan el recuerdo de aquella tarde mortal.

Más al sur, en Kesennuma (prefectura de Miyagi) –un importante centro de pesca de atún y tiburón–, las excavadoras trabajan en la zona industrial del puerto, que quedó destrozada. En una de las naves, un reloj está detenido en las 2:48. Tierra adentro, el Kyotoku Maru –un arrastrero de 330 toneladas– continúa varado sobre una carretera cerca de donde estuvo la estación de tren.

El maremoto, que en algunas zonas llegó a penetrar 10 kilómetros, castigó también con especial saña Minamisanriku (Miyagi), una población de 17 mil 800 habitantes de los que fallecieron cerca de 800. En el centro de su zona cero, la estructura metálica de unos 15 metros de altura de lo que fue el centro de mando para catástrofes se ha convertido en lugar de peregrinación. Junto a las vigas retorcidas ha sido levantado un altar con ofrendas, budas y flores. El 70% de las viviendas resultó destruidas. La población ha bajado a 15 mil 500 personas.

La magnitud de la tragedia humana, provocada por el peor terremoto que ha sufrido Japón en su historia, se vio eclipsada por la crisis desencadenada en la central nuclear de Fukushima 1, situada a unos 240 kilómetros al noreste de Tokio. El tsunami, de unos 14 metros de altura, dañó gravemente tres de los seis reactores de la planta, que había sido diseñada para un maremoto de un máximo de 5.7 metros. La emergencia atómica forzó la evacuación de 80 mil personas como consecuencia de las fusiones registradas en los reactores y las fugas radiactivas, que afectaron a alimentos, agua y producción agrícola y ganadera, y provocaron la huida de miles de personas de Japón. El pasado diciembre, Tepco –la compañía propietaria de la central– dijo que había colocado los reactores en parada fría, un paso imprescindible antes de continuar el largo proceso para clausurar la instalación. La zona de exclusión obligatoria es de 20 kilómetros de radio en torno a la planta.

El miedo ha hecho disminuir la población en la zona. De los 72 mil habitantes que tenía antes de la crisis Minamisoma –ciudad situada solo a 25 kilómetros de la planta–, ahora hay 43 mil. Ningún país del mundo está tan preparado como Japón para hacer frente a los terremotos. Sus edificios aguantaron los interminables minutos que duró el sismo y las numerosas réplicas que se han producido desde entonces. Pero la magnitud del tsunami superó las previsiones.

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