[POLÍTICAS]

García Linera, el Estado, y el capital

Álvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia, es definido así en Wikipedia: “Ha sido y es el miembro más aguerrido del gobierno actual (en concordancia con su corriente ideológica del llamado esencialismo dialéctico) y, en funciones de principal teórico gubernamental, ha delineado gran parte de la estrategia política del gobierno de Morales”.

Sospecho que lo del “esencialismo dialéctico” se lo podemos dejar a Les Luthiers. Más grave es la influencia política de sus ideas, que son tan disparatadas como peligrosas. Hace poco desempolvó La Razón esta declaración del señor García Linera: “Hoy el Estado es el principal generador de riqueza del país, y esa riqueza no es valorizada como capital; es redistribuida en la sociedad a través de bonos, rentas y beneficios sociales directos de la población”.

Es decir, aquí la idea central es la maldad de la propiedad del capital. No se atreve el vicepresidente a decir que hay que acabar con ella. No lo dice, pero el gobierno expropiador del compañero Evo Morales lo hace, paso a paso.

Lo que sí implica claramente la frase de García Linera es que para la población es mejor que el capital no se valorice y que la riqueza sea generada y distribuida por el Estado.

Todo lo que sabemos de la teoría y la práctica va en sentido contrario. Los Estados no son capaces con su coacción de generar riqueza ni en la cantidad ni calidad comparable a como lo hacen los ciudadanos libres con sus propiedades y sus contratos voluntarios. Lo que sí pueden hacer los Estados, en cambio, es frenar la prosperidad o incluso acabar con ella.

¿Cómo es posible que un graduado universitario con dos carreras como Álvaro García Linera no sea capaz de reconocer que su afirmación sobre la superioridad del Estado choca con innumerables experiencias de políticas ruinosas para el bienestar y redistribuciones forzadas lesivas para la justicia?

Mi conjetura es que está cegado por el más antiguo señuelo antiliberal: el odio al beneficio. Cree realmente que es mejor para el pueblo que no haya beneficios del capital, o que sean fuertemente limitados por el poder político, como si eso fuera bueno para el pueblo.

El odio al capital y a su legítimo beneficio es en realidad el odio a la propiedad privada, y en consecuencia, el odio a la libertad.

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