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Índices de impacto

Para la inmensa mayoría de las personas, la ciencia es un ejercicio un tanto misterioso que se mide en términos de dificultad, talento, utilidad y beneficio. Para quienes se dedican de forma profesional a las actividades científicas, el criterio es otro. Es el del impacto. Cada revista que se ocupa de cualquiera de las ciencias en sus respectivos ámbitos presume del factor de impacto medido a partir del eco que tienen sus artículos.

El dictum anglosajón, común en las universidades e institutos de investigación, de publish or perish hay que traducirlo en que conviene publicar, sí, pero mejor que sea en revistas de alto factor de impacto.

Existe incluso una medida más directa del éxito científico profesional: el impacto del propio trabajo, es decir, el número de veces que un determinado texto ha sido citado en otros artículos. La revista Nature, que es la de mayor factor de impacto entre todas las generalistas en el terreno de la ciencia, ha publicado un estudio de Richard Van Noorden, Brendan Maher y Regina Nuzzo en el que se recogen cuáles son los 100 artículos más citados de todos los tiempos (por todos los tiempos cabe entender desde que fue creado el primer índice de impacto, el Science Citation Index, hace medio siglo). Si se me hubiese preguntado a mí, habría dicho que en los primeros lugares de esa lista se encontraría el trabajo de James Watson y Francis Crick que describió, en el año 1953, nada menos que la estructura y las funciones del ácido desoxirribonucleico, el DNA. Pero no. Resulta que el artículo más citado en la historia de la ciencia es el firmado por Oliver Lowry y tres de sus colaboradores que apareció en la revista Journal of Biological Chemistry en el año 1951. Ese trabajo describe una técnica para medir las proteínas mediante reactivos, y ha sido citado desde entonces nada menos que 305 mil 148 veces.

Van Noorden y colaboradores hacen hincapié en que ni la investigación de Watson y Crick ni los trabajos sobre materiales superconductores ni los que describen la expansión del universo se encuentran entre los 100 más citados. Sin embargo, en el cuarto lugar de la lista de excelencia suprema se encuentra un artículo de Fred Sanger y colaboradores acerca de la secuenciación del DNA mediante inhibidores de la terminación de cadena de la molécula. Qué paradoja: quienes dieron con la clave de la herencia genética y de la propia vida quedan ninguneados por los que ofrecen alguna técnica útil para llevar a cabo trabajos en principio rutinarios.

La moraleja es obvia: los índices de impacto solo indican eso mismo, el número de veces que ha sido citado un artículo. No reflejan más que de manera indirecta la excelencia del pensamiento, el genio y el esfuerzo de la ciencia. Pero no nos confundamos, sería absurdo descalificar la medida del impacto en función de las distorsiones que aparecen de su mano. Sucede como con la democracia: como dijo Churchill, es el peor de los sistemas de gobierno que existen siempre que descartemos todos los demás.

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