[DESPRECIO POR LA VIDA]

Juegos de vida y muerte

Es incomprensible que un país como EU, que nació libre y democrático, practique la pena de muerte. Mucho más, cuando está demostrado que no se disminuyen por ello los crímenes.

El juego tenía dos modalidades y una era más cruel que la otra. No fuimos conscientes de la crudeza mental que entrañaba hasta que los primeros atisbos de madurez se hicieron presentes tras los años de adolescencia o algún amigo dejó de dirigirnos la palabra. El entretenimiento consistía en imaginar que iban en una barca tres personas: el único que sabía remar, que era al que se le hacía la prueba, y dos amigos. En el caso, se le preguntaba, de que tuvieras que tirar al agua a alguno para aligerar la embarcación en peligro de hundimiento, ¿a quién tirarías? Y el interpelado hacía su elección. El que se salvaba respiraba con alivio, y el otro sentía nacer en él un rencor que en ocasiones terminaba con la amistad. El juego servía para determinar, con bastante morbo, el aprecio de que gozábamos, aunque a menudo lo dañaba el que no quería meterse en líos, que contestaba que lucharía hasta el final y que los tres tendrían el mismo destino.

La segunda modalidad suponía un escenario distinto: tienes en tu casa una obra de arte muy valiosa, se le decía al jugador de turno, y se declara un incendio voraz. ¿Qué salvarías si tuvieras que elegir? ¿La obra de arte o a tu mascota? Vale aclarar que el que hacía la pregunta echaba mano de sus conocimientos recientemente adquiridos en las clases de historia de arte y le ponía nombre a la obra. Unas veces era la Gioconda, otras Las tres gracias o el Nacimiento de Venus, porque tampoco es que nuestra sabiduría nos diera para mucho más, pero ahí quedaba. Solo los pedantes –o alguno que odiaba las mascotas– elegían la obra de arte. El resto optaba por la vida.

Si se nos hicieran ahora las preguntas, responderíamos sin duda que remaríamos hasta que las fuerzas nos faltaran y seguiríamos optando por el animalito de compañía. La madurez y la bondad nos impiden herir gratuitamente y ya no necesitamos juegos crueles para saber el lugar que ocupamos en el corazón del otro. En definitiva, con el tiempo nos hemos civilizado. Y eso mismo, civilización, es lo que caracteriza a los países que han abolido de sus leyes la pena de muerte. Que los criminales deben ser castigados es un hecho irrefutable, y los pueblos, para ello, tienen a su alcance un sinfín de mecanismos que no contemplan la muerte del reo como condena, sino incluso, la reeducación, aunque en muchos casos resulte utópico.

No se trata de poner la otra mejilla, sino simplemente de no asumir la misma conducta que se condena y llevada a cabo con saña: permitir que otros –como los familiares de la víctima o los del propio reo– contemplen el espectáculo no deja de ser sadismo, como sadismo eran las ejecuciones en las plazas públicas, y mantener al condenado durante cuatro horas con el catéter puesto en espera de una última decisión, como le ocurrió a Troy Davis, ejecutado en el estado de Georgia, una de las peores torturas. Resulta incomprensible que un país como Estados Unidos de América, que nació libre y democrático, conserve esa práctica. Mucho más cuando está demostrado que no se disminuyen por ello los crímenes.

El caso es que la defensa de la pena capital responde siempre a una determinada forma de ser: escasez de luces intelectuales, cortedad de visión histórica, sed de venganza, espíritu tan violento como el del asesino, y, sobre todo, falta de fe en la humanidad. No, no es que haya que tener fe en el que comete el crimen, sino en que somos capaces de dirimir nuestros asuntos de forma madura y civilizada.

En el juego de nuestra adolescencia, el que defiende la pena de muerte hubiera optado por tirar por la borda a los dos amigos para tener más posibilidades de salvarse, y se hubiera llevado bajo el brazo a la Gioconda, mientras la mascota era presa de las llamas. Tan grande es su desprecio por la vida.

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