[CIENCIA]

Kon-Tiki, aventura que dejó huellas

Leí el libro de Thor Heyerdahl siendo un adolescente y no sé qué me fascinó más. ¿La aventura en sí misma de cruzar el Pacífico a bordo de una balsa construida como en los tiempos en que no existían ni los barcos de hierro ni la máquina de vapor? ¿La tozudez, fe y empeño del antropólogo noruego? ¿O su hipótesis fascinante de que, en contra de todas las teorías científicas al uso, los americanos antiguos fueron los que colonizaron la Polinesia y no al revés? Así que cuando anunciaron la película me acerqué hasta el cine con una sensación ambigua y no pocas dudas: ninguna historia contada desde la pantalla puede competir con la suma de un libro más la imaginación del lector.

Si Kon-Tiki, el libro, era espléndido, Kon-Tiki, la película, no está nada mal. Pero, como cabía esperar, la necesidad de mantener un ritmo acorde con lo que exigen en estos tiempos los espectadores del cine diluye lo que fue el propósito fundamental de la obra de Heyerdahl: acumular pruebas en favor de que los incas de Tiwanaku (en lo que es hoy Bolivia), aquellos que erigieron el monolito antropomórfico dedicado al dios Kon-Tiki, habían seguido la trayectoria del sol por el cielo de levante a poniente llegando hasta las islas polinesias a bordo de embarcaciones construidas con madera de balsa.

Cuando me puse al tanto de los procedimientos y técnicas de la antropología se me hizo muy claro que Heyerdahl no podía tener razón. Pero un leve resquicio a favor de su teoría se acaba de hacer público, como refleja la revista Science, en una reunión científica que tuvo lugar en Santa Fe (California). Eske Willerslev, del Statens Naturhistoriske Museum de Copenhague (Dinamarca), un genetista especializado en DNA antiguo, presentó el material nuclear extraído de unos restos que corresponden a un niño humano de cuatro años de edad que vivió hace 24 mil años en Siberia. Y ese genoma mantiene semejanzas notables con los indígenas americanos actuales, mientras que se aleja de la población del Lejano Oriente, justo esa misma que se consideraba ancestral de los primeros pobladores de América. El niño de Mal´ta era tal vez miembro de una población que, desde el Nuevo Continente, llegó a Siberia.

De lo que no duda casi nadie es de que la ocupación definitiva de América se hizo a través del estrecho de Bering por parte de gentes que vivían en la parte más oriental de Asia. Pero, ¡ay!, yo prefiero la verdad de Heyerdahl, esa que guardaba en el corazón.

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