[EN LA CORTA DISTANCIA]

Lectores de mentira

En los salones literarios siempre hay señores y señoras que son lectores de mentira, pero que no están dispuestos a confesarlo, porque les da mucha vergüenza

Felipe González gozó en Europa durante una década de tan gran prestigio social, político e intelectual que todos nos creímos lo que dijo un día a la prensa: que leía todos los días más de dos horas, por la noche, en la cama, antes de dormir. Incluso Bernard Pivot, entonces en la cúspide de su talento televisivo, lo llevó a su programa Apostrophes, donde González, con su consabida maestría y labia andaluzas, dio cuenta de autores y lecturas con una asombrosa solvencia: desde la Yourcenar (y sus Memorias de Adriano) hasta Javier Marías y sus novelas inglesas. Nunca me creí del todo ese vicio lector de González, que adornaba su prestigio con una finalmente engolada y muy dudosa curiosidad intelectual.

En una visita que hicieron a San Diego, y en una reunión que tuvieron en casa del escritor norteamericano William Styron, Carlos Fuentes contó el asombro que le produjo a los presentes, entre los que se encontraba también Gabriel García Márquez, al escuchar al entonces presidente Bill Clinton recitar tiras enteras de El ruido y la furia, la novela de William Faulkner. Fuentes escribió un artículo en el que daba detalles de la reunión y del vicio de lectores que tenían todos en aquella casa de Styron, empezando por Clinton, un lector de vicio cotidiano. El cuento de Fuentes puede ser verdad, pero me da la impresión de que en ese artículo el mexicano nacido en Panamá se pasó de frenado en la más alta cilindrada, al afirmar que Clinton era, en cuanto que lector, un cuate de las grandes ligas del mundo.

En muchas ocasiones, a lo largo de mi vida, he ido por el mundo haciéndole bromas a los conocidos de primera mano. Cuando me preguntan qué novelas les recomiendo para leer siempre les digo que el Ulises de James Joyce, una novela de 1922 que algunos seguimos usando de libro de cabecera. Me mato de la risa cuando mi interlocutor, a veces, me contesta que ya lo ha leído. Pincho aquí y allá, hablo de Bloom, Dedalus y Dublín, de algunos personajes sueltos de la novela más suelta que jamás se haya escrito y, al final, me doy cuenta de que mi interlocutor no ha leído. Lo mismo ocurre con un estereotipo literario que todos parecen haber leído: el Quijote de Cervantes. Tocar bien dentro de la novela, entablar un diálogo sobre el caballero loco y notar que el hablador no tiene ni idea del Quijote es fácil.

Tengo por costumbre decir siempre la verdad y no pasar vergüenza alguna al decirla: si alguien me pregunta si he leído o no una novela o un libro cualquiera, siempre digo la verdad. si lo he leído lo digo, si no lo niego. La verdad da buen resultado hasta en este campo anecdótico. En los salones literarios a los que asistimos, pocos ya y muy desdibujados, siempre hay señores y señoras que son lectores de mentira, pero que no están dispuestos a confesarlo porque les da mucha vergüenza. Aconsejo a estos acomplejados que no tengan pena: no haber leído un libro, por muy importante que éste sea, no es ningún desdoro. Lo que es desdoro, y desdoro de verdad, es decir que se ha leído uno tal o cual libro y que finalmente se descubra que es mentira.

El escritor chileno Jorge Edwards me contó una vez que en uno de esos salones literarios, en París, en alguna reunión de embajadores culturales a la que asistió, se le pegó una señora alemana que hablaba muy bien español y que le daba la lata con La crítica de la razón pura. Ella hablaba del ensayo con aparente profundidad y parecía manejar términos y conceptos con una soltura que solo resultó, al final, puro cartón piedra. Pero la insistencia es, a veces, una virtud adorable, aunque en la mayoría de las ocasiones resulta una pesadez indescriptible. Al final de la conversación, la señora notó que Edwards se mostraba molesto por la aquella insistencia en la lectura de La crítica de la razón pura. Ella, entonces, superior y convencida de su triunfo, le preguntó por fin a Edwards si había leído el libro al que ella se estaba refiriendo. “No, señora, pero he visto la película”, le contestó el embajador y escritor chileno.

Este tipo de anécdotas es el juego preferido de los escritores que nos consideramos profesiones de la lectura. De vez en cuanto me detiene alguien en la calle y con suma impaciencia y luego de decirme que ha leído mi última novela (cosa que suele ser mentira) me espeta: “Yo, con mi vida, podría también escribir una novela...”. Y ahí no. Ahí no dejo jamás entrar al aficionado. Y siempre le contesto lo mismo: “No, señor, una cosa es soplar y otra hacer botellas”.

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