[JUSTICIA]

De Noriega a Portillo

El mensaje es claro, los abusos de poder, el acomodamiento de leyes, la maniobra truculenta para protegerse en la coyuntura y el robo y la corrupción pública, tarde o temprano son castigados

El regreso de Manuel Antonio Noriega a Panamá y la virtual extradición del expresidente Alfonso Portillo a Estados Unidos, resumen de alguna manera la necesidad de que la justicia internacional intervenga ante los excesos del poder en países de democracias frágiles.

Noriega, capturado por los norteamericanos, en 1989, tras la invasión al país canalero, enfrentó cargos por narcotráfico y lo que hoy sería lavado de activos. Hizo de aquel país un feudo bajo su control total y aplastó, cuantas veces quiso, todo indicio de denuncia y resistencia a su poder omnímodo.

Desapareció a cuanto opositor osó señalar sus excesos, como ocurrió con Hugo Spadafora, y a la hora de la verdad no dudó en usar como escudo a Panamá. Por eso, pasó 22 años en prisión, purgando sus delitos y sirviendo de ejemplo para que los políticos comprendieran que no existe el poder total.

En el caso de Alfonso Portillo, expresidente guatemalteco, acusado en las cortes norteamericanas de lavado de activos, está próximo a ser entregado a la justicia de ese país; desvió $70 millones del erario de un país pobre y quiso ocultar las denuncias, no asesinando gente, sino intentando provocarles la muerte política o plantado acusaciones y demandas legales de evasión de impuestos a decenas de ciudadanos y empresarios.

Los dos mandatarios, a quienes la justicia estadounidense puso y pondrá en su lugar, son ejemplos diferentes a otros de sus colegas en la región que, también, han defraudado la confianza de sus gobernados. Uno, por brutal, y otro, por astuto, pero ambos escondidos detrás de la máscara de grandes gobernantes. Cosa diferente es lo ocurrido, en Perú, con Alberto Fujimori o, en Costa Rica, con dos exmandatarios a quien la justicia de sus países supo enfrentar y castigar.

Cuando los instrumentos del poder republicano se ven acorralados por la sangre o el poder cínico, los pueblos tienden a volverse más tolerantes; admiten el abuso mas no olvidan la afrenta. Saben que en algún momento y en algún lugar existe un hálito de esperanza basado en el espíritu de una justicia que nos incumbe a todos. Los países grandes y fuertes o los pequeños, pero con esperanza no deben renunciar nunca al concepto de la justicia.

Quizá en la espera corra mucha sangre –como en el Panamá de Noriega– o corrupción y latrocinio, como en la Guatemala de Portillo. Pero hay un daño hecho y siempre debe buscarse la forma de corregirlo.

Ninguna prisión devolverá a Panamá a sus hijos predilectos caídos en la defensa de libertades que fueron violadas por Noriega; de la misma forma no habrá sentencia que devuelva a Guatemala la fe en los políticos carismáticos y habilidosos oradores, como era Portillo; su daño mayor no se mide en dinero sino en el cinismo y el abuso con que quiso manejar al país.

El mensaje es claro para quien quiera escucharlo, los abusos de poder, el acomodamiento de leyes, la maniobra truculenta para protegerse en la coyuntura y el robo y la corrupción pública, tarde o temprano son castigados, ese es el signo de los tiempos que vivimos... En buena hora.

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