[INSEGURIDAD]

Ojo por ojo y todos ciegos

América Latina es la región más violenta del planeta. El 31% del total de los homicidios cometidos en el mundo en 2010 se produjo en ella, frente al 5% en Europa.
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David Moreira, de 18 años, murió en la ciudad de Rosario el martes 25 de marzo tras la paliza que sufrió tres días antes por una horda de vecinos que lo sorprendió robándole el bolso a una mujer. Después de ese episodio, se sucedieron agresiones parecidas en Buenos Aires, La Rioja y Río Negro. Fue en ese momento cuando se encendieron las alarmas por la posibilidad de que ciudadanos enfurecidos estuvieran haciendo “justicia” por su cuenta ante la falta de respuestas frente a la escalada de criminalidad.

Aunque la experiencia indica que cuando el Estado se muestra incompetente para ejercer el legítimo monopolio de la fuerza frente al crimen el vacío resultante es cubierto por organizaciones que prestan seguridad privada, y que una de las manifestaciones de este fenómeno es la “justicia” a mano propia, debemos recordar que esto nos retrotrae, irremediablemente, a la barbarie. Algo que nos devuelve a un estado de naturaleza donde, parafraseando a Gandhi, por apelar al ojo por ojo todos quedaremos ciegos.

América Latina es la región más violenta del planeta. El 31% del total de los homicidios cometidos en el mundo en 2010 se produjo en ella, frente al 5% en Europa. La tasa de homicidios por 100 mil habitantes se disparó en los últimos años. Latinoamérica se ve asolada por delincuencia callejera, pandillas o “maras”, narcotráfico, así como por secuestros, violencia en el ámbito familiar y agresiones sexuales contra mujeres. Todas estas formas de violencia destruyen los lazos de cohesión social y aceleran el descrédito del Estado y de las fuerzas de seguridad.

La inseguridad es uno de los principales desafíos que enfrenta la mayoría de los países de la región. Abordar este tema exige analizar las características sociales latinoamericanas. Es obvio que persisten grandes desigualdades y elevados niveles de pobreza extrema en la región. Pero desigualdad y pobreza no constituyen solamente los indicadores económicos, sino también hay un conjunto de factores que restringen la conducta social del individuo, arrebatando a muchos la esperanza de ascenso social. No obstante, creer que todo violento es pobre y que el delito es un acto de justicia conduce a error. Para desmentir esta falacia basta remitirnos al ejemplo de países como la India, que a pesar de registrar altos índices de pobreza y de desigualdad, tiene una de las tasas de criminalidad más bajas del mundo.

Cuando en grandes urbes se rompen los lazos que ahorman una sociedad civil con ciudadanos y oportunidades, la tarea es restablecer esos vínculos naturales de forma que ayuden al bienestar y desarrollo de las personas. La familia, la escuela, la comunidad forman parte del sistema de legitimación de estos vínculos sociales eficaces para los ciudadanos.

No está en el ADN de ninguna región ser más violenta que otra. La certeza de las penas, es decir, la mayor impunidad que “ofrece” una sociedad a sus habitantes, la severidad de las mismas, los beneficios económicos obtenidos por cada crimen y los patrones éticos de los grupos sociales constituyen variables de una ecuación que no pueden obviarse en el correcto enfoque de la lucha legal contra el crimen.

En concreto, el fortalecimiento de la institución estatal tiene que ser un gran objetivo de los países latinoamericanos. Es responsabilidad del Estado proveer seguridad entendida como un bien público. No habrá Estado mientras no haya una buena política, ni habrá una buena política mientras no haya Estado. Y el estado de derecho sin Estado simplemente no es viable.

A pesar de los lamentables y repudiables linchamientos y venganzas que han ocurrido en Argentina, afortunadamente se está a tiempo de atajar el problema porque todavía no cabe hablar de una campaña organizada de grupos armados que actúan al margen del Estado para imponer “su” justicia como ha ocurrido otras veces en el pasado reciente latinoamericano.

En esto no se puede ser irresponsable y se debe ser categórico, por más repugnancia que nos cause el crimen, nunca puede perderse de vista que el monopolio legítimo de la fuerza por parte del Estado beneficia a todos, al ser un eficaz medio de pacificación que ha contribuido a reducir enormemente los niveles de violencia allí donde ha estado presente.

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