[VENEZUELA]

Pacífica, democrática, constitucional y electoral

La democracia es una escuela exigente. Reclama de testimonio y trabajo constante. Se niega a los extremos, es perfectible, y mal se aviene con los atajos.
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Al señalar Ramón Guillermo Aveledo, directivo de la oposición venezolana, las características de la ruta que se han trazado sus compañeros de la Mesa de la Unidad Democrática hasta doblegar, en algún momento, al régimen ilegítimo de Nicolás Maduro y su deriva despótica, sitúa en su justo contexto el dilema actual que los interpela.

La cuestión, en efecto, ha sido mal planteada hasta ahora. De donde lo corriente es fijar un parte aguas entre chavistas y antichavistas al describir a Venezuela y en su anomia como sociedad, dividida entre quienes simpatizan o no con los cubanos ocupantes de su territorio en calidad de colonizadores y no de colonos adoptados por ella, o acaso entre los “maduristas” y quienes los rechazan, incluidos algunos de los viejos chavistas.

La tragedia de la otrora patria de Simón Bolívar y su desafío democratizador discurre, como lo aprecio, por otra banda de vieja estirpe, hecha de mitos y hábitos ancestrales entre los que cuentan el célebre mito de El Dorado –la creencia, afincada desde la escuela primaria, de haber nacido los venezolanos en un suelo pródigo, bendito por Dios, en el que solo hace falta una adecuada distribución de la heredad que a todos pertenece sin brega alguna– y el ruego cotidiano por la venida de otro Mesías o salvador que los apacigüe.

En el caso de este se trata, al principio, del mismo chamán o piache, situado allí por los americanos originarios a la manera de un “resuelve” y al confiar en que solo él y nadie más –por capaz de comunicarse con el más allá y dominar los sortilegios– puede decir lo que se ha de hacer o lo que él mismo va a hacer por todos para que el destino les sea propicio; y más tarde, encuentra su horma en el césar democrático o gendarme necesario, magistralmente descrito por Laureano Vallenilla Lanz. Su epígono es el mismo Bolívar, luego José Antonio Páez, y al hacerse moderna Venezuela, es Juan Vicente Gómez, el “padre bueno y fuerte”. Todos a uno, eso sí, resumidos hoy en el fallecido Hugo Chávez Frías, por lo demás soldado patriota.

En suma, a la luz de este anti modelo, los venezolanos se dan y nos damos por servidos cuando el régimen, por oprobioso que sea, promete o anuncia que nos dará, sin hacer, pues ese es el “derecho” que tienen o tenemos como herederos de unos tesoros cuya búsqueda aciaga se cobra la vida de varias generaciones de conquistadores hispanos, y sus acompañantes indígenas y africanos.

Nos molesta, por eso, que otros conquistadores de reciente data, sin estirpe, sin someterse a la inclemencia de la selva feraz y llena de paludismo o sin escrutarla como suerte de Arcano, se lleven los proventos que no les pertenecen. De modo que, si Maduro da un golpe de timón y llena los anaqueles de los mercados, poco importará y quedará para la jerga cotidiana que lo llamen, propios o ajenos, ilegítimo, durante los próximos seis años. No por azar ha alegrado su encuentro utilitario con el empresario Lorenzo Mendoza.

He aquí, pues, por qué razón ya no nos gusta Henrique Capriles. No es –y lo creíamos– un enviado del más allá. Trabaja con tesón y es mortal. Vive animado por el ejemplo de su sacrificada abuela, quien vio rasgada su piel bajo el cilicio de los nazis. Y tiene la osadía de pedirnos, como Churchill, ¡sangre, sudor y lágrimas! No hace milagros.

Chávez, por el contrario, a quien mucho han de añorar hoy ciertos opositores, hablaba y decidía por nosotros, sin preguntar. Hasta nos leía el pensamiento. Era la encarnación del todo, un verdadero cacique que prodigaba sin perturbar, salvo a los alzaos o para pedirnos compañía en sus rezos e invocaciones interminables al sol y a la luna. Era mito y gendarme, a la vez.

El asunto viene al caso, pues para entender nuestro dilema y el de Venezuela en su conjunto cabe volver al principio. Unos hombres ilustrados, más adelantados que su época, endosando levitas, nos imaginaron como una nación de ciudadanos posible, por hacer y democrática, en 1810 y 1811; hasta que Bolívar, mantuano y heredero de españoles, los censura por considerar que en estos predios mal se pueden admitir a “filósofos por jefes, filantropía por legislación, dialéctica por táctica, y sofistas por soldados”.

A la civilidad le opone las espadas y su carácter expedito; eso sí, con un alto precio, a saber, la deuda eterna de la patria para con sus hombres de casaca, los militares. Y considera que la riqueza que se nos allega o el sosiego que se nos alcanza hasta en nuestras hamacas, es un don, una regalía, obra de valientes, no de pacíficos como el sabio José María Vargas.

La democracia, sin embargo, es una escuela exigente. Reclama de testimonio y trabajo constante. Se niega a los extremos, es perfectible, y mal se aviene con los atajos. De modo que, el asunto no se reduce a la disyuntiva de votar o no votar en el diciembre venidero, o renunciar o no al ejercicio de nuestros derechos visto que el gendarme de ocasión los sigue irrespetando. La disyuntiva –lo sugiere Aveledo– es entender o no, de una vez por todas, que decidir nos hace dignos. Lo contrario implica aceptar que los derechos son concesiones humillantes, que solo dispensan los cuarteles.

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