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[ESTUDIO CIENTÍFICO]

Percibiendo el magnetismo

La razón de que nos maravillen las brújulas naturales que poseen los animales es que nosotros no somos capaces de percibir las corrientes magnéticas. ¿O sí?

Tres investigadores del departamento de Neurobiología, en la facultad de Medicina de la universidad de Massachussets (Worcester, Estados Unidos) acaban de publicar en la revista Nature un intento de responder a esa cuestión. Como un modelo de los mecanismos que intervienen a la hora de percibir el campo magnético apunta hacia reacciones químicas en las que se encuentra implicado el citocromo CRY (una flavoproteína activa en la retina), Lauren Foley y sus dos colaboradores se plantearon introducir en las moscas de la fruta, las drosófilas tan utilizadas en los laboratorios, el gen CRY2 que, en los seres humanos, codifica esa proteína.

Las moscas transgénicas, portadoras del gen humano, fueron sometidas luego a análisis para comprobar si mantenían la sensibilidad hacia el magnetismo común en su condición no modificada. Pues bien, el resultado fue positivo: el gen humano logra, en las moscas, que éstas utilicen la luz para orientarse respecto del campo magnético terrestre. Quod erat demostrandum. En función de esas conclusiones, los autores del articulo sugieren que los estudios acerca de la percepción magnética humana, con resultados negativos por el momento, deberían replantearse. ¿O no?

Al margen de la cuidadosa técnica utilizada y del éxito al lograr transferir un gen humano a un insecto, el experimento de Foley y colaboradores indica a ciencia cierta una cosa: que la expresión del gen CRY2 en las moscas de la fruta mantiene las mismas funciones relacionadas con la fotosensibilidad que el impuesto por la selección natural en las moscas de la fruta. De hecho es esa la conclusión que sacan los científicos de la universidad de Massachussets en las conclusiones de su trabajo. Pero, como es harto sabido, la expresión de un gen depende de distintas variables: del organismo, es decir, de la especie en cuestión, de la combinación de alelos que se dé en un individuo en particular, e incluso de la edad de éste.

Ernst Mayr lo enunció hace medio siglo como “principio de la relatividad genética”. No pocas veces nos hemos llevado chascos debido a ese hecho. El descubrimiento del gen mutante ob que, en ratones, conduce hacia la obesidad mórbida, mereció la portada de Nature en 1994. Pero ningún alelo ob hace algo semejante en los humanos. Así que, por más que la nueva investigación deba ser siempre aplaudida, lo más probable es que sigamos siendo ciegos respecto del magnetismo terrestre.

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