[VIDA MARINA]

Piratas del Caribe

Todos los aficionados a las películas de piratas saben que la forma más eficaz de engañar a sus víctimas consistía en el disimulo. Bastaba con exhibir, por ejemplo, la bandera de un rey borbón para acercarse a la presa enarbolando en el último instante la enseña negra con la calavera y las tibias cruzadas. Estoy seguro de que en Panamá, igual que en España, ese icono forma parte de la cultura popular.

Pues bien, un artículo publicado el mes pasado en la revista The American Naturalist por los biólogos William J. Resetarits Jr., de la Texas Tech University, y Christopher A. Binckley, de la Arcadia University de Glenside, Pensilvania (Estados Unidos en ambos casos), pone de manifiesto el acierto de la denominación popular de algunos peces. La perca pirata, Aphredoderus sayanus, un pez de aguas dulces y templadas de Centroamérica y Norteamérica de actividad nocturna y notables dotes para la caza de animales pequeños –el propio pez mide menos de un palmo de largo– utiliza, según han averiguado Resetarits y Binckley, un camuflaje excelente para acercarse a sus presas.

El engaño del disfraz es harto común en la naturaleza y supone uno de los más notables éxitos explicativos por parte de la teoría darwiniana de la selección natural. No hace falta ser venenoso, por ejemplo; basta con parecerlo, así que existen no pocos reptiles, insectos y anfibios que se aprovechan de las aptitudes letales de otras especies para, amparándose en un aspecto similar, defenderse de los predadores. Pero estos también cuentan con el mismo mecanismo para lograr sus propósitos. Con la particularidad, por lo que hace al Aphredoderus de que su camuflaje no es visual sino químico.

La perca pirata lleva a cabo sus correrías –metafóricas, por supuesto; lo que hace es alimentarse como cualquier otro predador– gracias al mecanismo denominado técnicamente “cripsis” –por aquello de lo críptico, supongo– pero recurriendo a un sistema generalizado de ocultamiento por medio de la modificación de sus señales químicas.

De tal suerte, los insectos y otros animales que rehúyen a los predadores identificando lo que podríamos llamar su olor quedan confundidos y se convierten en presas. Al ser entrevistado tras la aparición de su trabajo, Resetarits reconoció que hablar de olor e incluso de camuflaje es una manera superficial de plantear el fenómeno. Sus experimentos ponen de manifiesto que las carpas pirata pasan desapercibidas frente a los escarabajos acuáticos o las ranas arbóreas –sus huevos y renacuajos, vamos– pero no se conoce cuál es el mecanismo preciso de ocultamiento.

Hasta ahora la carpa pirata llamaba la atención por la postura adelantada de su ano, cerca de la barbilla. La nueva particularidad del camuflaje químico añade otro interrogante acerca de sus procesos de explotación de los recursos del medio ambiente. Para proponer que las banderas de los corsarios lleven una carpa como enseña necesitaremos antes aclararlos.

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