[CONVIVENCIA]

Política y religión

Se hacía eco la prensa española hace días de la muerte de Mostafá Bakkach, escritor, periodista y –detalle por el que es más probable que pase a la historia– fundador del primer partido español de inspiración islámica.

Bakkach estuvo el año pasado en una mesa redonda celebrada por la Universidad de las Islas Baleares, junto con dos miembros de la academia universitaria: Román Piña de esa misma universidad y Oscar Celador de la Carlos III de Madrid, discutiendo cuál puede ser hoy la viabilidad en la política española de un partido que se dice creyente, pero no católico.

En el transcurso del acto se pusieron de manifiesto cuestiones bien interesantes a la hora de plantear los problemas que implican el multiculturalismo, la inmigración y, en suma, la convivencia en mi país de tradiciones que mantienen valores éticos y ciudadanos muy diferentes.

El propósito del partido de Bakkach, publicitado en el acto al que me refiero, era el de albergar o al menos atraer el voto de cualquier español, ya fuese judío, moro o cristiano, siempre que compartiese la idea de la tolerancia como exigencia inabdicable.

Por hermoso que parezca ese propósito, los profesores Celador y Piña se encargaron de poner sobre la mesa los obstáculos y las contradicciones que implica un partido político de inspiración religiosa en la España del siglo XXI. Y, para ello, se sirvieron de un antecedente que podríamos dar por mucho más fácil y cercano a nuestros usos y costumbres: el de la Democracia Cristiana, de peso enorme en la Italia de la posguerra y fracasado por completo cuando, tras la recuperación del Estado de derecho, se dio paso a unas elecciones libres en España. Por más que quienes servían de soporte a la política de inspiración confesional vaticana eran personajes ilustres, el electorado les dio la espalda.

La interpretación más sensata del fracaso de la democracia cristiana en España apunta hacia la falta de sentido de algo así cuando se aspira a tener un Estado aconfesional. Por mucho que eso sea en realidad una utopía –y la forma gubernamental de tratar la visita del papa a Madrid lo pone bastante bien de manifiesto–, una cosa es tratar con respeto y dar, incluso, preferencia a los valores cristianos y otra muy diferente convertir esa costumbre en institución política. Pues bien, ¿qué decir si añadimos encima una tendencia religiosa que no es la católica?

La falta de madurez de un verdadero Estado laico que mida con el mismo rasero, como ordena la Constitución española, a todos los credos o al menos a los tres del libro –Judaísmo, cristianismo e islam– es patente. El paso adelante que implica el que no sea posible hoy en España un partido político de confesión cristiana también. Lo curioso de la situación a medias que vivimos es que el laicismo incipiente puede que impida un verdadero trato por igual. Si Bakkach hubiese podido acudir a las próximas elecciones legislativas del 20 de noviembre, lo habríamos podido comprobar a ciencia cierta. La muerte del instigador del partido islamista deja abierta la duda.

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