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[GOBIERNO ESPAÑOL]

Rajoy, entre el optimismo y la realidad

Los asesores del Presidente preparan el mensaje final del año buscando el equilibrio entre los datos positivos que ellos ven y la crudeza del paro.

Para un gobernante, llegar al primer año de mandato con un balance en datos clave tan desastroso como el de Mariano Rajoy no es fácil. El presidente prepara con sumo detalle su última comparecencia del año, la rueda de prensa del próximo viernes. Sus asesores y él se enfrentan a un claro dilema: asumir la realidad que sufren los ciudadanos –esto es, que los datos, en especial el de paro, son dramáticos y no van a mejorar en breve– o centrarse en los datos positivos que sí ve La Moncloa, sobre todo, la balanza comercial, la competitividad y las negociaciones en la Unión Europea (EU). Como es habitual en él, Rajoy hará probablemente una mezcla de ambas cosas.

Lo cierto es que en el entorno del Presidente, del área económica y de los ministros más influyentes se vive una especie de sensación de alivio al acabar este año. Rajoy ha logrado no pedir el rescate, las cosas en Europa están mejorando –los socios más duros parecen dispuestos a ofrecer más flexibilidad en el cumplimiento del déficit ahora que la recesión está a las puertas de los países centrales– y los problemas de Italia están devolviendo al primer plano el mayor valor del que presume Rajoy ante la alemana Angela Merkel, el francés François Hollande o el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi: la estabilidad política de su mayoría absoluta.

El Presidente dedica la mayor parte del tiempo a altas negociaciones con sus socios europeos. Vive encerrado en ese mundo, obsesionado con la prima de riesgo, y en ese campo las cosas están mejor a final de año que este verano, cuando España bordeó de nuevo el precipicio. Rajoy y los suyos no disimulan en privado el cambio de ánimo. Sin embargo, la realidad que perciben los ciudadanos, la realidad económica, está muy lejos de ese respiro que se vive en los despachos. Y los asesores del Presidente son conscientes.

Rajoy sabe, e incluso ha admitido en público, que el arranque de 2013 va a ser de nuevo durísimo, sobre todo para el empleo. Su reforma laboral no ha conseguido frenar la sangría. La escasez de financiación sigue acorralando a empresas y ciudadanos. Y es muy posible que la primera encuesta de población activa de 2013 arroje los temidos seis millones de parados. Con esa espada de Damocles encima, Rajoy y los suyos tienen mucho miedo de lanzar un mensaje demasiado optimista.

El Presidente tiene en la cartera algunos datos medianamente buenos. Pero afronta otro problema: las cosas que están mejorando lo están haciendo a fuerza de enormes sacrificios y con la construcción de una sociedad más desequilibrada. Todos los datos indican que la desigualdad está creciendo. Rajoy y su equipo económico, en privado y ante los socios de la UE y posibles inversores internacionales, presumen de una de las primeras consecuencias de la reforma laboral y del paro desbocado: los sueldos en España están bajando a toda velocidad. Ese era uno de los grandes objetivos de la reforma laboral. Los asesores de Rajoy insistían en que en 2010 y 2011, pese a la crisis, los sueldos no estaban bajando o lo hacían muy poco, y con esa idea plantearon la reforma laboral. Nadie se atrevía en público, salvo el expresidente de la patronal y hoy investigado por varios delitos Gerardo Díaz Ferrán, a pedir eso de “trabajar más y ganar menos”, pero en privado se hablaba mucho de esta cuestión en los despachos.

El término amable que utiliza el Gobierno es que el país “está ganando competitividad”. Pero lo cierto es que, políticamente, no es fácil presumir en un país con casi seis millones de parados de que las personas que sí tienen empleo están asumiendo grandes reducciones de salario. Los jóvenes que no están en el paro aceptan trabajar cada vez por menos dinero, en peores condiciones. Y eso poco a poco está atrayendo inversiones a España, y en el área económica confían en que lo siga haciendo en el futuro. Y, sobre todo, está haciendo que los productos españoles sean más baratos, lo que tira de las exportaciones, el gran dato que utiliza el Gobierno.

Pero la destrucción de empleo sigue, con lo que es difícil sacar rendimiento político a estos datos. Por eso el Presidente, que estos días descansa en Pontevedra, prepara, según fuentes gubernamentales, un discurso que será muy medido. Se concentrará en algunos datos positivos –en especial la balanza comercial y la llegada de inversiones extranjeras en el automóvil, atraídas por esa bajada de sueldos– pero siempre con la perspectiva de que hablar de “brotes verdes” o algo parecido solo puede generar frustración en cuanto llegue una nueva oleada de datos negativos o, peor, la situación se complique y le obligue a pedir el tan temido rescate.

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